Cada día hay algo que nos preocupa que se concrete o que jamás se realice.
Que aquello que nos inquieta se incline hacia el rincón que deseamos.
Al licenciado Miguel Rayé, ese día, la suerte lo había acompañado. Lo llamaron del taller para decirle que pasara a retirar su automóvil que le habían chocado la semana anterior.
Fue a buscarlo con ansiedad y lágrimas de emoción aparecieron al ver a su chiche terapéutico en condiciones aun mejores que cuando lo retiró nuevecito al salir virginal de la agencia. Lo abrazó, lo acarició y se sorprendió cuando le dijeron que no debía nada, que el seguro se había hecho cargo de todo.
Se subió, colocó sus manos en el volante con cuidado, puso marcha atrás, suavemente lo sacó del taller y con una amplia sonrisa puso rumbo a la clínica. Al llegar lo colocó en un garaje a cielo abierto que había contratado, cerró con llave, se aseguró varias veces que estuvieran las cuatro puertas en igual condición y feliz llegó a su consultorio.
Sorprendida la secretaria por el buen ánimo del licenciado, le llevó las fichas de los pacientes. Leyó por arriba el nombre del primero: Jorge Carilindo. La ayudante se marcha y Rayé sale a la puerta del consultorio y llama: ¡Carilindo!, ¡Jorge Carilindo!
-Ya foy, licenciado -dijo Jorge, mientras la "efe" se le escapaba entre sus dientes ausentes.
-Siéntese en el sillón contra la ventana, por favor -indicó Rayé mientras se apretaba las fosas nasales para intentar disminuir el olor nauseabundo que portaba Carilindo. Rayé se sentó lo más lejos posible de la humanidad de Carilindo. En su mano derecha la habitual lapicera había sido reemplazada por un desodorante de ambientes que utilizaría todo lo necesario.
-Bueno, Jorge, dígame qué le sucede.
-Mire, licenciado, mi froblema es el seso.
-Y si, por eso viene a verme a mí, algún problema mental.
-No el seso, la mujere.
-Ah. ¿Y qué le pasa con las mujeres? ¡Qué olor inmundo! ¡No me va a alcanzar el desodorante!
-No me las puedo sacar de encima. Me vuelven loco. ¡Soy un ojeto sesual!
-¡Un objeto sexual con esa trucha y ese olor a patas! ¡Déjese de pavadas, Carilindo!
Abochornado por las expresiones de Rayé, Carilindo, que era feo como una noche borrascosa en altamar, se ruborizó y tímidamente dijo:
-No, licenciado. Es verdad. No sé decir que no y el seso me está matando.
-¿Cómo lo va a estar matando? ¿Cuántas relaciones amorosas tiene por día?
-Entre diez y once por día -dijo Carilindo.
-¿Y a usted qué le parece mi querido Carilindo? ¡Lávese las patas la próxima vez que venga, Jorge! ¡Se me está acabando el desodorante!
-Y quizás porque estoy exageradamente dotado.
-¿Mire usted? ¿Y cuánto?
-¿Cuánto que?
-¿Cuánto mide su pene?
- Ocho o nueve centímetros, más o menos.
-¿Y eso es bien dotado? ¡Eso es una mierda!! ¡Esto es estar bien dotado! -gritó Rayé, tomándose groseramente sus genitales.
-No, bien dotado porque mis parientes en España me dejaron una gran fortuna que yo le digo la gran dote.
-¡Ah, canchero el ogro patasucia! -exclamó sacado Rayé.
-No, siempre digo así -afirmó Carilindo, nuevamente ruborizado.
-Está bien, discúlpeme -dijo Rayé más calmado.
-¿Y qué puedo hacer, licenciado? -preguntó Carilindo.
Rayé dejó el desodorante después de vaciarlo en su integridad, se quedó un largo tiempo mirando el techo y gritó ¡Eureka! Enfrentando a Carilindo, le preguntó:
-Dígame, Jorge ¿cundo usted tiene sexo se baña?
-Sí, siempre y me pongo colonia. De esa rica, dulzona.
-¡Aj! Hay gustos para todos.
-Bueno, desde ahora cuando vaya a hacer el amor no se bañe, venga con el aroma a Riachuelo con que hoy asistió acá. ¿Me entiende?
-Sí, licenciado. Le entiendo.
-Haga como siempre y veame en quince días.
-Gracias licenciado -dijo Carilindo y salió.
Cuando pasó por el escritorio de la secretaria, desde el consultorio Rayé gritó: ¡Con la consulta cobrale el desodorante! ¡Me bajó un tubo completo!
A los quince días, Carilindo estaba en el consultorio.
-¿Y, Carilindo? ¿Cómo le fué con el tratamiento?
-Usted es un mago. Solamente
-Yo no hago milagros, Carilindo, ¡pero un olor a patas insoportable hace huir a la dama más obstinada! ¡No se olvide, Carilindo, no se olvide!
-No, doctor. Nunca más me lavo las patas, salvo cuando venga a verlo.
-¡Eso Carilindo, eso!
¡Sos un genio, Rayé! ¡Sos un genio!, seguía repitiendo eufórico Rayé, al fin del pesado día de trabajo, mientras se subía a su auto recién reparado, lo ponía en marcha y tomaba rumbo a la casa de su amante.
cuestión de aroma
ojo por ojo
La propaganda televisiva lo había atrapado. Un cero kilómetro por un ínfimo anticipo y cincuenta cuotas con un interés bajísimo. Tan deseado el automóvil nuevo, sin que nadie lo haya tocado antes, el gran berretín del licenciado Miguel Rayé.
Al día siguiente fue a ver a su mejor amigo Ricardo Mauro y le pidió el favor que lo comprara a su nombre. Se estaba divorciando y quería evitar problemas con su esposa.
Necesitaba regalarse algo y para él, ese pequeño automóvil full llenaba todas sus expectativas. Su amigo no tuvo inconvenientes en adquirirlo a su nombre. Fue a la agencia con él, pagó el anticipo y la primera cuota; la entrega fue inmediata. Auto mediano, cuatro puertas, negro hermoso.
Agradeció a su amigo y fue con su chiche terapéutico a buscar a su mamá. La vieja aplaudió a rabiar para el contento de Miguel, aunque en realidad le parecía un bicho bolita con ruedas. Su progenitora lo felicitó, dieron una vuelta, Miguel la retornó a su casa y fue a su departamento para entrevistar al administrador: quería alquilar una cochera.
Jorge, el administrador, se alegró con la alegría de Miguel, pero le anunció que por veinte días todas las cocheras estarían ocupadas. Que le reservaría una perpetua a la primera vacante y que por el momento dejara estacionado el auto junto al cordón de la vereda. Era un lugar seguro y tranquilo donde nunca pasaba nada.
Con alguna inquietud, Miguel aceptó. Dejó su cero kilómetro estacionado frente a la entrada del edificio previo, pasarle una franela en todo su aspecto exterior que lo dejó brillante, una maravilla. Probó el cierre de las cerraduras una y otra vez y cuando se dio por satisfecho se fue a su departamento.
Le costó dormirse. No podía creer que por primera vez en su vida disfrutaría de un cero kilómetro. Paulatinamente el sueño lo fue venciendo hasta que un ruido intenso en la calle lo despertó.
Se levantó y con horror vio que un auto estaba incrustado en el suyo. Se puso una bata y en pantuflas bajó gritando ¡No puede ser! ¡No puede ser! Al abrir la puerta del edificio se dio cuenta que sí podía ser.
-¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -gritaba Miguel.
-Nada, viejo -lo encaró un gigante totalmente borracho-, se me escapó el volante y justo estaba tu auto. Es un bollito nada más, que te garúe finito -dijo el orangután con apariencia humana y luego de liberar su auto del vehículo de Rayé dio marcha atrás y aceleró sin rubor, desapareciendo en la negra noche.
Miguel comprobó los daños del vehículo. Apenas tocó el paragolpes delantero se cayó integro. El capot era un enorme volcán, el paragolpes trasero siguió la suerte del delantero y las ópticas eran un montón de cristales rotos que vestían la acera.
-¡No! ¡No! y ¡No! Era mi auto cero kilómetro -gritaba Rayé enloquecido.
La gente pasaba y lo miraba llorar desconsoladamente. Su lamentable figura llamaba más la atención que su auto nuevo destartalado.
Rayé se vistió y con los papeles del auto fue a la compañía de seguros. Eran las cuatro de la mañana; se sentó en el frío umbral de entrada y a las ocho lo despertó el primer empleado en llegar a su trabajo.
Se entrevistó con el gerente, que se encargó en explicarle que debía llevar dos presupuestos, fotos del los daños sufridos, denuncia policial y que volviera con toda esa papelería.
-¡Esto es un bochorno! ¡Me aseguré para que me pagaran si chocaba y todo tengo que hacerlo yo!
-Es la ley, amigo. Es la ley -afirmó severamente el gerente.
Muerto de frío, pasó todo el día reuniendo la documentación pedida. Al anochecer llegó a su casa descompensado y con los ojos rojos de tanto llorar y lamentarse.
Se acostó vestido en la cama y apenas despertó fue a la compañía de seguros.
-Aquí traigo todo lo que me pidieron. ¿Cuándo vengo a cobrar?
-No, amigo, eso lleva tiempo, inspectores, ver actuaciones policiales y esperar la autorización de la compañía para iniciar los arreglos.
-¡Quééééé! -exclamó Rayé con esa voz aflautada que le salía cuando se sacaba-. ¡Yo quiero que me lo arreglen ya!
-Primero las formas, mi amigo, primero las formas -dijo el gerente sin inmutarse
-¿Y cuándo vengo?.
-Y… dentro de diez días -le apuntó un empleado de la agencia.
-¿Diezzzzzz días? ¡Esto es una estafa!
-Mire -dijo el gerente agresivamente, ostentando sus poderosos bíceps- dentro de diez día y se va de acá ¡Ya!
-¡Ladrones! ¡Estafadores! ¡Ya me vengaré! -gritó Rayé.
A los diez días estaba en la oficina del seguro. Apenas entró, el gerente lo tomó de un brazo y sin dejarlo decir palabra lo llevó a su oficina.
-Mire, lo traje de una a mi oficina pues tengo que anunciarle que el individuo que chocó su automóvil estaba en estado de ebriedad, había cometido un robo y el auto que conducía lo había sustraído. En esos casos la cobertura no rige.
-¿No me van a pagaaaaar? -grita enloquecido Rayé.
-¡No, la compañía no le va a pagar!
Sin decir palabra, Rayé levanta la silla en la que está sentado y la estrella contra la mampara que dividía la oficina del gerente de los empleados, patea las macetas que ornamentaban el lugar, rompe los vidrios de entrada del local a piedrazos, se tira al suelo mientras ya el Gerente había llamado a la policía.
En el suelo Rayé gritaba, en pleno desatino:
-¡No, no, hijos de puta! ¡Perdí a mi auto! Me la van a pagar.
En instantes entró la policía y personal de la división psiquiatría. A duras penas lograron sujetarlo, mientras Rayé arañaba a todo el que podía. Lo llevaron a una celda acolchada sujetado con una camisa de fuerza.
En ningún momento, aún dentro de la celda, Rayé dejó de llorar y putear universalmente.
omisión
El Tribunal de Ética del Colegio de Psicólogos estaba atosigado con denuncias de pacientes y colegas que afectaban al licenciado Miguel Rayé. Para los pacientes era un profesional irrespetuoso, de mal carácter, que no cumplía con el deber del debido respeto para con quien acudía a consultarlo por alguna patología. Para sus colegas estaba totalmente desquiciado y clamaban por una junta psiquiátrica que lo alejara del ejercicio efectivo de la profesión.
Rayé hacía caso omiso a la repetidas citaciones del Tribunal de Ética. Él continuaba trabajando a full y las convocatorias a dar cuenta de sus actos tenían como único destino el cesto de papeles más cercano.
A la novena vez se le hizo saber que si no concurría a la audiencia fijada se le suspendería automáticamente la matrícula. Eso ya era algo serio y decidió asistir, obviamente de mala gana y dispuesto a hacer valer su punto de vista.
Ya en la audiencia se explayó con amplitud. Señaló que los pacientes acudían a verlo por problemas que no tenían que ver con ninguna patología que fuera objeto de la psicología, ya que la mayoría de los asuntos eran problemas de familia o personales que mostraban un conflicto social o personal y no una enfermedad que afectara la psiquis del paciente.
En cuanto a sus colegas, los tildó de envidiosos. Les molestaba que fuese el profesional que más facturaba y que sus terapias rápidas tuvieran en su mayoría un resultado positivo.
Los miembros del Tribunal de Ética se vieron sorprendidos por la coherencia y solidez de la exposición de Rayé. Y luego de un intercambio de opiniones con el licenciado, le aconsejaron que hablara menos sin hacer valer su punto de vista respecto de la solución del caso sino que apreciara primordialmente aquello que fuese más aconsejable de acuerdo a la personalidad y manera del paciente aunque él fuera partidario de otra solución.
Enfadado, como siempre, Rayé salió de la audiencia dando un portazo y minimizando las recomendaciones impartidas por los integrantes del tribunal.
-¡Son un montón de imbéciles que se reúnen a jugar al póker todas las tardes en lugar de ejercer la profesión! ¡No tienen autoridad moral o profesional para aconsejarme nada! -gritó Rayé en la cara de la secretaria del Colegio de Psicólogos, quien, asustada, se refugió en el primer rinconcito que encontró.
Al llegar a la clínica se había calmado. La audiencia con sus éticos colegas era historia y ahora se dedicaría de lleno a sus pacientes. Tomó las fichas de las personas que concurrirían a su consultorio ese día y llamó al primero de ellos.
-¡Medroso! ¡Carlos Medroso!
-Sí, licenciado -respondió el señor Medroso ingresando al consultorio de Rayé.
-Siéntese, Carlos. Elija el sillón que más le guste.
Mientras Medroso elegía el sillón, Rayé pensó llevar a la práctica esa aburrida manera de hacer terapia de sus colegas y que le fuera recomendada por el tribunal ético. Escucharía y se limitaría a realizar algunas observaciones.
-Listo, doctor -dijo Medroso, como a punto a iniciar una competencia de cien metros llanos.
-Bueno, Carlos, cuénteme qué le sucede.
-Mire, licenciado, tengo miedo a las alturas. Vértigo. Cuando estoy en cualquier lugar elevado me mareo, siento temor a caerme e incluso tengo como un impulso a tirarme. Como ya está por empezar la temporada de esquí vine a verlo, ya que subirme a las sillas que llevan a la cima del cerro me provocan pánico. Es todo un trauma, un deseo frustrado, es un enorme placer desplazarme por la nieve, pero cuando estoy en la silla que me lleva a la cima cierro los ojos. No sé porque será.
-¡Ahá! ¿Y a usted qué le parece?
-¿Qué me parece qué? -contestó Medroso desorientado como Adán en el día de la madre.
-¿Qué va a ser? ¿Qué va a ser? -exclamó Rayé-. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué, le tiene miedo a las arañas? ¡No, Medroso, estamos hablando de que le tiene miedo a las alturas! Luego, le pregunto: ¿qué le parece a usted el motivo, la causa de ese miedo?
-Y... no sé, licenciado. Vine a verlo para que Ud. me lo diga.
-¡Carlos! ¡AAAAAYYYY Carlos! Usted es el que tiene miedo a las alturas, ¡el que se hace caquita en la silla que lo lleva a la cumbre del cerro! A mí me encanta pasear en los medios de elevación, disfruto la vista desde las alturas. ¡Usted es el cagón! ¿Ahora dígame, sencillamente, por qué usted piensa que le pasa eso?
Aterrado, hecho un bollo en el sillón ante los gritos y las expresiones de Rayé, Medroso atinó a decir.
-En verdad, licenciado, no sé cuál es el motivo. ¡Se lo juro por mi madre! ¡Ayúdeme, déme una pista!
-A ver, Carlos -continuó Rayé, bajando la voz-. Intentemos. ¿Su madre cuando era chico lo obligó a tirarse en paracaídas?
-No, licenciado.
-¿En su juventud, para ganarse a una bella mocosa, se subió cancheramente a la montaña rusa y bajó vomitando?
-No, licenciado.
-¿En su edad madura tuvo que trabajar limpiando vidrios en un piso veinte desde el lado de afuera?
-No, licenciado.
-Medroso, me parece que usted no tiene vértigo, ni nada por el estilo. Es un simple caprichoso que quiere molestar a los demás haciéndose la víctima. ¡Ay, tengo miedo a caerme! ¡Ay, tengo miedo a tirarme! ¡Ay, tengo miedo a marearme! Usted es un mañoso, Medroso.
-No licenciado, es verdad.
-Mire si tiene vértigo hay una sola manera de curarlo. Enfréntese a él. Ve el edificio que está justo del otro lado de la calle. Súbase a la terraza y en el borde, mirando hacia abajo. Al principio le va a costar, pero de a poco le va a gustar y las sillas que lo llevan a la cima van a ser cómodas como el sillón de su casa.
-Bueno, licenciado, lo intentaré. Usted ya me atendió una vez y me fue bien. Ahora sucederá lo mismo.
-Vaya que yo de aquí lo miro -dijo Rayé.
Medroso salió, pagó y partió hacia el edificio indicado. Rayé se tomó un café antes de atender al otro paciente. En el interín, la secretaria le apunta que había quedado en el casillero la primera ficha de Medroso.
-A ver, a ver -dijo Rayé tomando la ficha.
Pega un grito. No podía creer lo que leía resaltado con verde y escrito con su propia mano. CARLOS MEDROSO PACIENTE CON GRAVES TENDENCIAS SUICIDAS.
-¡Se tira! -gritó, mientras salía corriendo a detener a Medroso y se insultaba a sí mismo y a la secretaria por la negligencia. Justo se había trabado el ascensor. Bajó los diecisiete pisos haciendo un record mundial en descensos. Llegó a la calle. Miró hacia el techo del edificio y allí vio vacilante a Medroso. Le gritó, hizo señas, logró que lo mirara. Extendió el brazo queriendo expresar que aguardara.
Tarde. En una palomita perfecta Carlos Medroso se arrojo al vacío y su cuerpo se estrelló sobre el duro piso de cemento de
Cayó a centímetros de Rayé, la sangre de Medroso se impregnó irreverente en el blanco guardapolvo del licenciado.
- ¡Estas terapias de enfrentar el riesgo son tremendamente selectivas! -comentó doctrinariamente ante un par de individuos que lo reconocieron-. Carlos no quería escaparle al temor a la altura, deseaba escaparle a la vida. ¡Nunca hay que esconderle nada al terapeuta o podemos toparnos con desgracias como éstas!
Eso afirmó Rayé naturalmente, mientras terminaba de masticar el último pedazo de la primer ficha que su negligente soberbia había pasado por alto.
equilibrio
El licenciado Miguel Rayé llegó a su consultorio. Obsesivo compulsivo, comprobó que los diez lápices de distinto colores estuvieran acomodados en el orden pertinente, todos del mismo largo e idéntico grosor; el libro de visitas debía estar colocado con la base a la misma altura de los lápices; la agenda diez centímetros más arriba, hecho comprobado diariamente y en forma personal con una pequeña regla de plástico. El grabador en el centro exacto de la mesa ratona, las cortinas transparentes se cambiaban cada día, el dedo sobre la biblioteca comprobaba la ausencia de algún vestigio de polvillo o alguna pelusa arriesgada que era aplastada sin compasión en el supuesto de comprobarse tal anomalía.
Hecha la inspección de rutina, llamó a su primer paciente.
-¡Señor Juan Elmanso!
-Sí, doctor, aquí estoy -contestó Elmanso mientras accedía al santuario de Miguel.
-Mucho gusto, Juan, soy el licenciado Miguel Rayé. Siéntese.
-Gracias, licenciado -dijo Juan y eligió un sillón particularmente pequeño ubicado en un rincón.
-Acérquese si quiere, Juan -invitó Miguel.
-Gracias, licenciado, acá estoy bien.
-¡Acérquese le digo! ¿No ve que el grabador está muy lejos?
-¡Es su problema! ¡Yo acá estoy cómodo y no me voy a mover!
-Mire, Juan, yo no puedo echar al paciente que vino a buscar un alivio a sus aflicciones pero le ordeno: ¡acérquese que necesito grabar la sesión!
-Licenciado, reitero que no me acerco nada. Soy Elmanso hasta que me buscan y me encuentran así que ¡termínela!
-¿Pero usted qué se cree? ¿Que puede hacer lo que quiere en mi consultorio? Si le digo que se acerque, ¡usted se acerca!
-Y si yo le digo que no me busque, no lo haga. ¡Juro que me va a encontrar!
-Mire, Juan ¡o se acerca o se va!
-Ni me acerco ni me voy. Pagué esa truchada de los cincuenta pesos por izquierda con la que curran al Instituto y a los pacientes y no me voy hasta tener mi sesión.
Miguel buscó como loco dinero en los bolsillos del pantalón, del saco, y no encontró un solo peso. Encima de tener que soportar las impertinencias de Juan, comprobó que había perdido la billetera. Abrió la puerta del consultorio y comenzó a los gritos a llamar a su secretaria.
-¡Adriana! ¡Adriaaaana! ¡Alcánceme del cajón del dinero cincuenta pesos, por favor!
-Si, licenciado, enseguida -dijo Adriana. Tomó los cincuenta pesos, levantó la vista sorprendida por la cara roja de ira de Miguel y al hacerlo su zapato se engancho con la alfombra cayendo de bruces al suelo.
-¡La nariz! -gritaba Adriana-. ¡Me rompí la nariiiz!
Tal diagnostico parecía certero. Su pequeño y perfecto apéndice nasal aparecía sangrando profusamente y, con orientación Sur-Norte, unos milímetros corrido del eje originario.
-¡La alfombra! ¡La alfombra está llena de sangre! -gritaba el licenciado con un sospechoso matiz de dama en pleno ataque de histeria-. ¡La sangre no sale! –seguía gritando cada vez más amanerado y lloriqueando comenzó a lamentarse- ¡Era nueva! ¡Recién la pusieron hoy!
Miguel se dio vuelta con furia, se introdujo en el consultorio y tomando a Juan del cuello de la camisa, con un tono de voz cada vez más agudo, estridente, gritaba:
-¡Por tu culpa desgraciado! ¡Todo por tu culpa! ¡Andate de acá!
Miguel hizo el intento para levantar a Juan pero solo fue eso, un intento que se vio frustrado por un fornido cuerpo armado en tardes y tardes de hombrear bolsas. Viendo que su esfuerzo era inútil. Con voz casi de niña malcriada, con el dedo apuntando la puerta de consultorio comenzó a amenazar:
-¡Juan, andate de acá o llamo a la policía! ¡Andate de una vez negro groncho!
Juan se levantó, se sacó la campera del sindicato de camioneros que revestía su espalda, lo tomó a Miguel del cuello y lo llevó en vilo hasta el escritorio de la secretaria. Lo sentó en una de las puntas del mueble y su puño derecho impactó pleno, absoluto, sobre la tez de Miguel mientras la sangre salpicaba alfombra, paredes, escritorio. Un par de dientes volaban hacia algún rincón de la recepción. Knock Out, estado de inconciencia largo y profundo.
El gigante Juan tomó la campera del sillón mientras explicaba a los pacientes cuando se retiraba:
-Le dije al licenciado yo soy Elmanso hasta que me buscan y cuando me encuentran, me ciego. No puedo reprimir el impulso. Por eso venía a consultarlo. ¡Será otra vez! -dijo, mientras no pudo retener una cruel sonrisa de sus labios.
Desmayado, desparramado en el suelo, Miguel fue rápidamente atendido. Se comprobó fractura de los huesos propios de la nariz y del maxilar superior. Interrogado por Raúl, un colega de la clínica, acerca de por qué no había optado por acercar el grabador a Juan, Miguel, con voz aflautada, adoptando gestos y posturas poco, poco...masculinas, digamos, repitió una y otra vez:
-¡Ni loco! ¡Ni loco! El grabador estaba en el centro justo de la mesa ratona, en el lugar que le correspondía, como los lápices, el cuaderno y la agenda y ¡nadie! ¿me entendés? ¡nadie! lo iba a mover de ahí, ni un milímetro fuera de su lugar. ¡A veces hay que jugarse por mantener el equilibrio!, ¡Sin concesiones y a cualquier frecio! -mientras una efe se escapaba por el espacio de los dientes faltantes.
bipolar
El licenciado Miguel Rayé estaba enfurecido. El más prestigioso psiquiatra de la ciudad capital, Jorge Deltomate, le había diagnosticado con una suficiencia llena de soberbia insoportable que padecía de trastorno bipolar.
La discusión después de la doctoral afirmación no tuvo desperdicio.
-¡Esa es una afirmación sin fundamento! -gritó enfurecido Miguel.
-Esa es una falta de respeto a mi trayectoria y a mi prestigio que no le voy a tolerar. Usted es un bipolar grave. No puede estar atendiendo pacientes. Debe hacer un tratamiento con un profesional especialista en el tema y tomar los medicamentos que le consigne en la receta, en la forma y tiempo indicados. Y quiero verlo en diez días o haré la denuncia pertinente en el Colegio de Psicólogos.
-Usted no me va a hacer ninguna denuncia. Yo lo demandaré por acoso profesional, abuso y mala praxis.
-¡Mirá, mocoso imberbe! ¡Respeta las canas y mi experiencia! No tenés ningún derecho a gritarme, menos en mi consultorio.
-Yo soy el gil que te pago una fortuna para que me digas cualquier cosa.
-¿Por qué soy bipolar? A ver, ¿por qué?
-Porque sí.
-Porque sí es la respuesta de los que no saben.
-Porque sos un desequilibrado. Lo estás demostrando en este momento, no podés manejar la ira, los impulsos. Sos un lobo con piel de oveja.
-Eso no es un diagnóstico, es una tontería sin sentido.
-Bueno, andate, te regalo la consulta, no te conozco ni me conocés. Pero de onda te doy dos consejos. Buscate un buen profesional y no atiendas más a ningún paciente.
-Y vos cerrá este aguantadero de locos -exclamó Miguel, cerrando la puerta en las narices de Deltomate.
Hablando solo, sacando toda la bronca, llegó a la clínica donde atendía un par de días por semana. Apenas instalado en el consultorio, mientras acomodaba los lápices y el cuaderno de citas, ingresó la secretaria con cuatro fichas correspondientes a los pacientes del día.
-¡Hola Miguel! ¿Cómo andás, bombón? -lo saludó con el atrevimiento acostumbrado Marisa, la secretaria.
-¡Bien, linda! ¿Alguna novedad?
-Mirá, Miguel, atendé primero al señor Juan Esquina que está muy pasado.
-OK, dulce. No te olvides: esta noche cena íntima y pasión de las buenas.
-Jamás lo olvidaría querido. Never.
-!Esquiiina! ¿Señor Esquiiiina!
-Si, doctor, Esquina. Mucho gusto.
-Mucho gusto, Miguel, siéntese, por favor.
-Gracias, licenciado.
-¡Muy bien, señor Esquina! ¡Muy bien! Licenciado, no doctor ¡Licenciado!
-exclamaba algo excitado Miguel.
-Si, eso. Licenciado, je,je,je, ratifico -dijo de manera extraña Esquina.
-¿Y qué lo trae por aquí, mi querido amigo? -preguntó Miguel.
-Me estoy volviendo loco, licenciado, se lo juro. Estoy enloqueciendo.
-Exagera, Esquina, exagera. ¿Por qué dice que se está volviendo loco?
-Quiero volar, licenciado. Siento el impulso irrefrenable de volar.
-¿Qué tiene eso de raro? Yo recién vengo de volar. Bajé del avión hará unas seis horas.
-No, doctor, yo quiero volar tirándome de la ventana, o de la terraza del edificio de departamento en que vivo.
-¡Ah mi querido Esquina! Volar es espectacular. Yo soy paracaidista. No hay nada como sentir la fuerza del viento en la cara, abrir las manos y moverlas como si fuera un pájaro, la sensación de libertad.
-¿Vio, doctor? Eso quiero sentir. El aire en la cara, la libertad, aletear como los pájaros.
-Venga, Esquina, acérquese -dijo Miguel mientras abría de par en par el amplio ventanal del séptimo piso del edificio donde se ubicaba el consultorio-. Póngase a mi lado, medio zapato en el aire, aspire fuerte, a todo pulmón, sienta la libertad, aletee como las palomas. Quédese un rato mientras voy a buscar dos cafés.
Al rato. Miguel Rayé llega con los dos cafés. Esquina ya no estaba. Espantado corre a la ventana, mira hacia abajo y sostenido del toldo del piso sexto, Esquina gritando.
-¡Bárbaro, licenciado! ¡Lo logré! ¡Usted es un genio! ¡Volé! ¡Al fin voléééé!
Mientras los bomberos lo desprendían del toldo y los enfermeros del psiquiátrico le colocaban a Esquina un chaleco de fuerza reforzado, este no dejaba de gritar.
-¡Volé! ¡Volé! ¡Soy el hombre pájaro! ¡Lástima que quedé atrapado en el toldo!
En el ínterin Miguel Rayé, sin gestos en su rostro daba una clase magistral a sus pacientes y a la apetecible secretaria.
-Estas psicosis delirantes son un verdadero desafío reservado para profesionales audaces como yo. Esquina sólo necesitaba una oportunidad.
El Licenciado Miguel Rayé le mostró que su aspiración de volar debía dejar de ser una frustración sin fin sino la consagración de la libertad. Esquina será un hombre feliz para siempre. Su gran ilusión se hizo realidad. Esa es la función del terapeuta. ¡Que sus pacientes sean hombres libres y felices! ¡¡¡Vamos Miguel todavía!!!
apostolado
El licenciado Miguel Rayé estaba sentado en el escritorio de su consultorio, con la vista perdida y la mente complicada con las secuelas del aún reciente divorcio, cuando su secretaria golpea a la puerta y le anuncia que Raquel, la paciente de las dieciocho horas había llegado. Casi sorprendido por la irrupción de su ayudante dijo:
-Hágala pasar, Susana, y alcánceme la ficha de Raquel.
La imponente figura de Raquel conmovió a Miguel. Su mínima pollera y su generoso escote apenas resguardaban el cuerpo de la mujer.
-Siéntese, Raquel -dijo Miguel con el estupor marcado en la cara mientras pensaba: esta mujer no existe, es la hermosa imagen de un buen sueño.
-Hola¿Usted es el licenciado Miguel Rayé? –preguntó ella mientras, al quitarse los anteojos negros dos brillantes ojos de gata, verde pálido, contrastaban con el rojo intenso de sus labios y el largo cabello del color de la noche.
-Sí....si., yo soy el licenciado Rayé. ¿En qué puedo servirla?
-Mirá, Miguel. El problema es que estoy solita y no puedo dormir, toda la noche dando vueltas.
-Bueno, no creo que esa soledad dure mucho tiempo -apuntó Miguel con una sonrisa.
-Yo creo que sí va a durar. Hace tres días que se fue Daniel y nadie se acercó ni a preguntarme la hora.
-Bueno, supongo que Daniel sería su pareja y tres días de aislamiento, de estar a solas con uno mismo, siempre vienen bien.
-No, Miguel, yo siempre estoy acompañada. Daniel era mi pareja cuarenta y tres desde que comencé a compartir la vida con mis novios.
-¡Cuarenta y tres! -exclamó Miguel asombrado- ¿Y qué edad tiene, Raquel?
-Veintitrés. Miguel. Soy una anciana de veintitrés años. ¡Qué rápido pasa la vida! Cuando quiera acordarme estaré en un geriátrico.
-Raquel, apenas es una niña inconstante -dijo Miguel.
-Qué dulce, Miguel. Me dijiste niña -añadió susurrando mimosamente Raquel.
-Es una expresión que no tuvo otra intención que remarcar que sos muy joven y también que son demasiados hombres por tu corta vida.
-Sos un dulce, Miguel. Un amor total -sostuvo Raquel.
Miguel quería salir de esa incómoda situación de seducción en que lo colocaba Raquel, pero no sabía cómo.
-¿Y por qué tantos hombres? -preguntó Miguel.
-¡Porque me gustan! ¡Adoro a los hombres lánguidos, de ojos claros, pelo como el trigo! ¡Así como vos!
Aquí Miguel estuvo a punto de volcar. Insistió que era un sueño. Ese minón celestial no podía estar ahí tratando de levantárselo.
-¿Y cuál sería, para usted, la solución al problema? ¿Qué le parece?
-Que un hombre lánguido, de pelo de trigo y ojos claros, amable como vos, me invite a tomar una copa y vivamos juntos en mi departamento hasta el fin.
-¿Hasta el fin de la vida? -interrogó Miguel.
-¡No, dulce! Hasta el fin de mi paciencia. Hasta que mi corazón – tan voluble - diga basta -dijo Raquel mientras se inclinaba a dejar la ceniza del cigarrillo haciendo ostentación delante de la cara de Miguel de ese par de temibles atributos en los que se habían posado los ojos de Miquel desde el primer momento.
-¡Ah! -dijo Miguel en estado de trance, sin poder pronunciar una sola palabra más. Raquel se levantó haciendo un espectacular descruce de piernas que llevó a Miguel al borde del infarto y se sentó su lado.
-¿Qué le pasa a mi dulce bichito de luz? ¿Los ratones le comieron la lengua? -preguntó felina Raquel, a la vez que le acariciaba la nuca a Miguel y apoyaba el pronunciado con su poderoso contenido, que contactaba la humanidad del terapeuta.
Miguel se fue corriendo mientras Raquel fue aumentando su ataque.
-Mire, Raquel, yo soy su psicólogo y esto está muy mal. Usted no puede acariciarme y acercar su cuerpo al mío -argumentó Miguel sin mucha convicción.
-¿Y tampoco puedo besarte? -inquirió Raquel en el mismo momento que sus labios rompían la boca de Miguel.
-Bueno -dijo Miguel-, a veces suceden hechos y circunstancias imprevistas que quiebran el esquema de la terapia. Esta es una de esas circunstancias imprevisibles. Y, bueno, veremos si podemos solucionar tu problema.
-¡Sí, mi dulce! ¡Solucioname el problema!
¿La copa previa es necesaria en todos los casos? -preguntó Miguel.
-No, mi amor. Podemos ir directamente al departamento.
-Ahá -dijo Miguel.
Con un murmullo cómplice le pidió a Raquel que se arreglara, se dirigió a la puerta del consultorio y llamó a su secretaria y le anunció:
-Susana, cancele todas las entrevistas de hoy. Es una emergencia. Tengo que hacerme cargo de la patología de Raquel en forma inmediata. ¡Este trabajo es un apostolado Susana! ¡Un impiadoso apostolado! –afirmó Miguel en voz alta mientras era arrastrado por Raquel hacia la puerta del ascensor.
la salida
Miguel era un buen psicólogo, concentrado, estudioso, honesto, rápido para dar con la causa del conflicto que atormentaba a sus pacientes, de terapias rápidas y eficaces.
No obstante ello, su impaciencia y la incontinencia verbal, agresiva, odiosa, insoportable con los tipos que por algún motivo le molestaban, eran graves fallas que no lograba resolver.
Muchos pacientes perdió por el mal genio y, a pesar de su excelencia profesional, su futuro en tal sentido no era auspicioso.
Lo sabía, se analizaba, trataba de superar el problema. Había cambiado varios colegas. Inevitablemente era rechazado a la segunda entrevista sin ninguna diplomacia. Aunque todos le habían dado el mismo consejo: que cambiara de trabajo. Era demasiado explosivo y un día terminaría mal.
No obstante todo ello, Miguel seguía adelante. Atendía todos los días en su consultorio particular y, cuando lograba que su paciente no huyera, había tenido éxitos notables.
Ese jueves, Miguel llegó al consultorio molesto, inquieto, su peor genio se ponía de manifiesto.
Recibió las fichas de los pacientes diarios de manos de su secretaria a la que sin motivo alguno conmovió con una mirada de asesino serial. Las 17 horas era el momento para los gritos:
-¡Bobín! ¡Pablo Bobín! ¡Bobííííín! -gritaba enloquecido mientras su paciente trataba de hacerlo callar, mostrándole que allí estaba.
-Aquí estoy, doctor, soy Bobín.
-¡Licenciado, Bobín! ¡Licenciado! ¡No lo olvide, Bobin!
-Sí, doctor...digo… licenciado.
-¡Pase, Bobín! ¡Siéntese, Bobín!
-Sí, sí, sí doc… licenciado.
-¿Qué le pasa, mi buen Bobín? ¿Qué diablos le pasa?
-Y, mire... No sé, en verdad no sé.
-¡Cómo que no sabe! ¡Cómo que no sabe! ¡Vino porque no tenía a quién molestar a las cinco de la tarde y me eligió a mí!
- No, licenciado, no. Yo estoy muy triste.
-¡Miren al señor! ¡Está muy triste! ¡Pedazo de....grandulón! ¿No le parece que ya está mayorcito para andar llorando por los rincones?
-No, doc… licenciado. Estoy triste de acá, del pecho. Se me caen las lágrimas, no me quiero levantar por las mañanas.
-¿Sabe, Bobín? ¡Usted me tiene de acaaaaa! -grita Miguel mientras groseramente toma con las dos manos sus genitales-, porque gimotea, hace pucheros ¡Y no me dice nada!
- Sí le dije, licenciado. Estoy triste, amargado, no quiero vivir más, me voy a matar.
-¡Buena idea! ¡Buena idea! -repite Miguel.
-¿Buena idea que me mate? -pregunta Bobin.
-Y, es una salida. La muerte a veces es una buena salida cuando la angustia y el sufrimiento son insoportables.
-Y yo ya lo intenté. Pero me arrepentí porque para los católicos como soy yo, es un pecado mortal.
-¡Pecado mortal, pecado mortal! ¡Eso es cosa de chicos! Cuentos del catecismo. Usted ya es un hombre grande, Bobín.
-Pero quizás pueda llegar a una solución sin partir de este mundo. Quizás pueda quebrar esta soledad insoportable.
-No creo. Usted ya es viejo, feo, desagradable. No creo.
-No soy tan viejo. Tengo cuarenta y cinco años.
-¿Cuarenta y cinco años? ¡Está hecho, mierda Bobín! ¡Yo no le daba menos de setenta!
-Y, la vida dura. Siempre en el mar. Ninguna alegría.
-Ninguna alegría significa que nunca estuvo con una mujer.
-No, nunca. He intentado pero él no quiere saber nada
-¿Quién es él?
-Él -dice Bobín señalando su pene.
-¡Ahh, impotente también! Viejo, feo, desagradable e ¡impotente! Lo lamento, Bobín, no tiene cura. Definitivamente yo no puedo ayudarlo.
-Entonces sólo me queda matarme.
-Y sí, Bobín. Sólo eso. Para qué quiere seguir en esa vida de mierda. Mátese. Hágame caso.
-¿Cómo hago? -pregunta Bobín.
-¿Cómo que cómo hace? ¡Usted es un total imbécil! Qué se yo. ¡Tírese debajo del primer colectivo que pase!
-Bueno, licenciado, gracias por todo. ¿Cuánto le debo?
-Mi secretaria le cobra. Un gusto, Bobín. ¡Pérez! ¡Jorge Pérez!
-Sí, soy Pérez.
-Pase, siéntese y espéreme un momento. Enseguida vuelvo.
Miguel va a la cocina, se sirve un café cuando un ruido de frenadas y un impacto contra el edificio conmueven a los pacientes y a la secretaria, que corren hacia la calle. Un grito agudo y sostenido de la ayudante del psicólogo era la ruidosa y elocuente demostración de espanto de la bella empleada al ver al pobre Bobín sin vida, atrapado entre el muro del edificio y el frente del colectivo 155.
-¡Se mató! ¡Se mató! ¡Se mató su paciente doctor! -entra gritando la secretaria.
-¡Licenciado!, señorita. ¡Licenciado! –le corrige Miguel con gesto severo, a la vez que, con la mirada perdida afirma doliente-: Lamentable, realmente lamentable, el pobre Bobín padecía de una severa depresión. A veces los mejores esfuerzos profesionales se topan con los peores fracasos.
Cierra la puerta del consultorio y dirigiéndose a su paciente, inmutable dice:
- Bueno. Dígame, Pérez, ¿En qué puedo ayudarlo?
(Cuento publicado en El Legendario de la ciudad de San Martin de los Andes)