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Mostrando entradas con la etiqueta serie del doctor Cuervo -. Mostrar todas las entradas
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nada le debo

-Hola, doctor Cuervo.
-Hola, Miguel, ¿como está?
-Aquí me ve, con las vendas. Perdí cuatro dedos de la mano derecha en la máquina delaserradero.
-¡Qué barbaridad, Miguel! ¡Cómo lo lamento!
-Me convertí en un inútil, doctor Cuervo. Era la mano que usaba para trabajar. Sólo me queda el dedo meñique.
-¡Terrible, Miguel, terrible!
-Sí, doctor. Una desgracia y no se qué hacer. No sé si usted podrá ayudarme.
-Por supuesto, Miguel. Por supuesto.
-¿Y qué puedo hacer, doctor?
-Juicio, Miguel Juicio. ¡Y lo ganará!
-¿Le parece, doctor?
-Seguro, Miguel, seguro. ¿Tiene testigos, la carpintería es de su empleador, usted tiene bienes?
-Sí, doctor.
-Seguro ganamos, Miguel. Seguro.
-¿Qué necesita, doctor?
-Sus datos completos, Miguel. Nada más y déjelo a mí.
-Doctor, con esto del accidente no tengo un peso, ¿podría prestarme algún dinero para tirar un par de meses?
-Por supuesto, Miguel. El doctor Cuervo siempre está al servicio de sus clientes.
-Gracias, doctor. Necesito unos tres mil pesos.
-Sin problema, Miguel. Fírmeme estos pagarés, déme los datos de su casa y acá tiene su plata.
-Gracias, doctor Cuervo. Le agradezco tanto.
Miguel firmó hasta el agua de los floreros y se fue con los tres mil pesos que perdió en dos noches en el casino de la esquina. Meses de hambruna y mendicación para Miguel. Hasta que llegó una optimista misiva del doctor Cuervo: ¡Ganamos Miguel ganamos! ¡Pasá por el estudio!
Se acabó la malaria, pensó Miguel. ¡Gané!.¡Lo destruí a ese turro!
A primera hora del día siguiente Miguel estaba en el estudio del doctor Cuervo que lo llamó con una sonrisa y un apretón de manos.
-¡Ganamos, amigo!
- Bien -dijo Miguel- ¿Dónde está la guita?
- Bueno, Miguel, tenemos que hacer números -dijo el doctor Cuervo-. La demanda prosperó por sesenta mil pesos. Yo te presté tres mil pesos en efectivo, que con el interés según INDEC llegan a veinte mil. De actualización por depreciación monetaria otro tanto, lo que hace cuarenta mil pesos. Mis honorarios sobre el monto del juicio son veinticinco mil, más los gastos y costas del juicio que me hago cargo yo. En suma, sólo me debés cinco mil pesos, los detalles obviémoslos.
-¿Usted dice que gané el juicio y tengo que pagarle cinco mil pesos?
-Exacto, Miguel, y esto por ser vos y yo un tipo de un honor insobornable.
Miguel se quedó pensando, inmutable, una estatua.
-Bueno -dijo Miguel-. Le agradezco, doctor Cuervo. No tengo dinero pero ¿aceptaría que le pagara con algún bien?
-Por supuesto -dijo el doctor Cuervo.
Miguel metió la mano en el bolsillo derecho de su saco- campera-sobretodo y extrajo una poderosa nueve milímetros. El doctor Cuervo se tiró bajo el escritorio.
-¿Qué hace, doc? -preguntó Miguel.
-Na...da dijo el doctor Cuervo incorporándose.
- Esta pistola es todo lo que tengo. Vale más para usted de lo que me pide, pero mucho más para mí ¡No me suicidaré! Siempre viví como águila, libre, sin sometimiento ni rencor, nunca lo aprecié. Hoy sé que puedo vivir de la mano de Dios y con mi esfuerzo y voluntad llegando al fin con dignidad. Un Cuervo siempre será un carroñero, sin ilusión ni esperanza. Lo lamento por usted, doctor Cuervo. Aquí tiene la nueve milímetros. Es suya. Sólo déme un recibo que nada le debo.

por ambición

Alicia estaba quebrada por su adicción al juego. Las maquinitas eran más fuertes que su voluntad y a pesar de la suma importante que le enviaba puntualmente su ex esposo, Juan, y la ayuda de algún hijo ya a mitad de me,s tenía que andar pidiendo fiado en los comercios del barrio pues el monedero vacío, ausente de cualquier residuo dinerario, era inapelable.
Ya había vendido hasta el agua de los floreros y los floreros también. Comenzó a pensar que la cuota de Juan era escasa y que por eso no le alcanzaba. Un par de amigas ladinas y envidiosas alimentaron esta intención de Alicia y allí marchó ella, con más dudas que certezas, hacia el estudio del doctor Cuervo. Su intención era pedir un aumento de la cuota alimentaria.
Sorprendentemente, la sala de espera del estudio del doctor Cuervo estaba vacía. Alicia aparecía como única víctima a la vista y rápidamente el secretario del letrado la hizo pasar, sin titubear.
-¡Hola, mi querida Alicia! -exclamó el doctor Cuervo.
-Y..bien, doctor -contestó tímidamente Alicia.
-Qué gusto verla, sus hijos, todos bien seguro -añadió Cuervo-. ¿En qué puedo ayudarla, mi querida amiga?
-Mire, Juan me pasa alimentos pero no me alcanza, doctor.
-Llega un momento en que nada es suficiente. ¡Esta maldita inflación!
-Eso, doctor. La inflación, eso.
-Y usted pretende un aumento en la cuota, ¿no? -preguntó el Dr. Cuervo.
-Sí, doctor, si se puede.
-¿Cómo no se va a poder? Mi querida Alicia, usted merece lo mejor y lo tendrá. No lo dude.
-¿Y cuánto puedo pedir, doctor?
-Mire, Alicia, usted tiene el legítimo derecho que le aguardan la doctrina y urisprudencia, además de la ley, de mantener el mismo nivel de vida que disfrutaba cuando estaba unida en matrimonio con Juan.
-¿Y cuánto es eso? -pregunta Alicia.
-¿Cuánto le pasa Juan?
-Tres mil pesos, doctor. Además paga los impuestos y el seguro del auto.
-Alicia, no dude que a usted le corresponde no menos de un veinte por ciento más.
-¿Y eso cuánto es doctor?
-Mil pesos más, Alicia. Esto es cuatro mil pesos por mes.
-¿Y cuánto me cobra usted, doctor?
-Nada, Alicia. Esto es gratis, gentileza del doctor Cuervo. Espéreme un segundo que me firma el escrito y nos vemos.
En minutos el escrito de aumento de cuota alimentaria estuvo listo. Alicia lo firmó y marchó sin culpa a jugar veinte pesos que le había pedido a un verdulero amigo para pagar la luz que no debía.
El doctor Cuervo era eficiente en su trabajo. En un abrir y cerrar de ojos, Juan se encontró con una demanda que debía contestar por aumento de los alimentos. Contrató al doctor Carancho.
-No se preocupe, mi amigo -le dijo Carancho a Juan-. En diez días está todo resuelto. Pase mañana a firmar la contestación.
-¿No hay una audiencia antes, doctor Carancho, para ver si podemos arreglarnos?
-Sí, pero la obviaremos. En esto hay que ser firme. Usted no debe nada.
Siguieron los trámites, testigos, informes de salarios de Juan, asistente social, etcéteras. Los abogados alegaron y el expediente estuvo listo para dictar sentencia. La jueza se pronunció en favor de Alicia fijándole una cuota de cuatro mil pesos por mes, con más la de cien mil pesos en concepto de alimentos atrasados y setecientos mil pesos en concepto de intereses y actualización monetaria sobre el capital debido. Fijó en doscientos mil pesos los honorarios del doctor Cuervo y cien mil los correspondientes al doctor Carancho.
Esa tarde, Alicia acudió llorando al estudio del doctor Cuervo que la hizo pasar de inmediato para no atemorizar a las otras víctimas que aguardaban en la sala de espera.
-¡Ganamos Alicia! ¡La felicito!
-¿Qué me felicita, doctor, cómo va a pagar Juan los trescientos mil pesos de honorarios con los intereses y no sé qué más?
-Mi querida Alicia, ese es problema de él, no suyo. Disfrute de su crédito.
-Pero doctor, Juan no gana esa plata, tiene un salario de seis mil pesos y me daba la mitad a mí. De bueno que era nomás.
-Pero tiene su casa, Alicia, y ya estamos iniciando lo trámites de remate, dice el doctor Cuervo.
-Pero doctor, ¡la mitad de esa casa es mía y era la herencia para nuestros hijos!
-¡Ah, Alicia! Ese no es mi problema. Yo y el doctor Carancho hicimos nuestro trabajo con profesionalidad y eficiencia y obviamente debemos cobrar.
-Pero, doctor, Juan y yo nos quedamos sin nada. Era lo único que le dejábamos a nuestros hijos.
-Alicia, no trate de hacerme sentir culpable. Usted me encargó un trabajo y lo hice a conciencia, sus dificultades no puede cargarlas en mi cuenta. Es injusto. ¡Sumamente injusto!
-Pero, doctor… ¡Usted y Carancho son dos turros! ¡Ustedes sabían!
-No insulte, Alicia. ¡Retírese! Resuelva sus problemas familiares con otro letrado. ¡Ni se le ocurra acudir a mi asesoramiento! ¡No pise más este estudio! ¡Nos vemos en el acto del remate! ¡Y no golpee la puerta al salir, que va a romper los vidrioooos!

desliz

En un momento, todas las miradas se dirigieron hacia la puerta de entrada del estudio del doctor Cuervo. Imponente, sin prejuicios ni pudor, portando una pollera supermini, una blusa que llevaba prendido solamente los botones necesarios, luciendo unos pequeños zapatos que resaltaban los larguísimos tacos agujas absolutamente rubia, de ojos insolentemente enormes y celestes como el cielo, la muchacha bellísima se desplazó con una cadencia rítmica y sin apuro hasta la mesa de entrada de la oficina.
Con cara de imbécil paralizado, el secretario no dejaba de mirar los atributos de muchacha. El silencio se rompió cuando, con una sonrisa, la recién llegada hizo sonar insistentemente el timbre colocado sobre el mostrador para reclamar atención.
-Ya...ya voy -dijo Javier, el secretario del doctor Cuervo, mientras en el apuro por atender a la hermosa enganchó con su pie derecho la silla que cayó sonoramente, a la vez que al sacarlo se enganchaba con la alfombra dándose un golpazo de aquellos en toda su cara contra el piso. Se levantó dolorido y maltrecho y con una sonrisa enfrentó a la autora de tanto revuelo, quien adelantándose a cualquier pregunta del secretario, le dijo, sobrándolo:
-¿Qué te pasa, querido? ¿Te pasaste con la dosis o tenés algún problema neurológico?
-No...no, no es nada -dijo Javier-. ¿Qué desea, señorita?
-Mire, yo deseaba ver al doctor Cuervo. Pero si hay muchos clientes me voy -apuntó la rubia.
-Le ruego que aguarde un minuto por favor, ya le aviso al doctor –dijo el secretario e ingresó agitado a la oficina del doctor Cuervo. La conmoción que le había provocado la rubia apenas le permitía hablar.
-¿Qué te pasa Javier? ¿Te sentís mal? ¿Me viene a inspeccionar la comisión de ética? ¡Eso, me ha denunciado algún cliente ingrato y vienen a buscar mugre! -especuló el doctor Cuervo.
-¡Ay, doctor....Ay! -dijo el secretario emocionado.
-¿Ay qué? ¡Decíme de una vez que pasa! -clamó Cuervo.
-Doctor, un ángel lo aguarda en la sala de espera. La mujer más bella y seductora que he visto en mi vida. No puede dejar de atenderla, sería casi un pecado mortal. Tiene que ser ¡ya! o se marcha. No puede permitirse eso.
-¿Para tanto, ché?
-Para tanto, doctor. Se lo juro por mis hijos que algún día ayudaré a concebir.
-Bueno, te creo, hacéla pasar y después veo.
La rubia entró al despacho del doctor Cuervo sacando pecho y todo el pecado en la mirada. Cuervo se conmovió más que Javier. La rubia se sentó en el sillón que enfrentaba al doctor y comentó:
-Aquí todos son retardados. Tanto les cuesta hablar. Para hacerla corta soy Susy y vengo a consultarlo porque quiero separarme del pesado de mi marido.
-Perdón señorita. Los problemas, los clientes, uno siempre con la cabeza en otro lado. Pero ya estoy con usted. ¿Así que usted quiere divorciarse de su marido?
-Ya se lo dije. Pero quiero que ese abusador me pierda a mí y a todos sus bienes.
-Así será, señorita, no lo dude -afirmó Cuervo.
-Estoy cansada de tener que andar levantándome tipos para tener un poco de sexo porque el imbécil ni me toca.
-Estoy de acuerdo. Una dama bella como usted no puede sufrir semejante desprecio.
-Aviso, para que no haya cuestiones, que no tengo un peso para pagarle la consulta, sellado, trámites, ni nada.
-Quizás podamos arreglar con un adelanto en especies -dijo con su mejor cara
de baboso calentón el doctor Cuervo.
-¿Usted dice que vayamos a algún telo y formalice el primer pago?
-No lo podría haber dicho mejor -sostuvo el doctor Cuervo mientras una sustancia espesa le salía por los ojos y la cara había tomado un color fuego, difícil de describir con exactitud.
-Hecho -dijo Susy-. Pero tiene que ser ya. Podemos ir a casa. El tarambana de mi marido no viene en tres días.
El doctor postergó todas sus citas, invitó a Susy a pasar al garage, la invitó a subir a su Mercedes Benz deportivo recién comprado y en minutos estuvieron en la casa de Susy. Un bello lugar, confortable.
-Nos pegamos una ducha y vamos por el primer pago.
Después de una ducha accedieron al dormitorio. Una cama inmensa, una habitación absolutamente espejada. En las paredes, el techo, la puerta de entrada, todo era un espejo de alta calidad que devolvía la espectacular figura de Susy y la ridícula y deformada figura del doctor Cuervo, con sus patitas de tero, el abdomen prominente, nada que tuviera alguna similitud con un ser humano.
Mirándolo, sin poder dejar de reír, Susy le dijo al doctor Cuervo:
-No te preocupes. Ya estoy acostumbrada a despojos como vos.
Sin una palabra más, Susy se arrojó sobre el asustado doctor Cuervo e intentó dar cumplimiento al primer pago del contrato pero fue imposible.
-Paciencia, mi querido Cuervito, paciencia. Ya será -dijo Susy sin poder evitar una sonora carcajada.
En eso estaban cuando se escucha un auto que frena frente a la casa de Susy. Alguien abre la puerta de la casa, coincidente con el grito de Susy
-¡Mi marido!, ándate por la puerta de atrás. Así como estás, yo escondo la ropa.
Cuervo sale desnudo por la puerta lateral, alcanza el garaje, arranca su silencioso Mercedes Benz y llega hasta su casa. Ingresa por la puerta trasera, se dirige a los vestidores cuando se encienden todas las luces, mientras en el medio del comedor, destilando furia, su esposa, con una ostensible intención asesina, arma en mano, lo intima a dejar la casa como vino al mundo.
-Pero, Gloria, querida, esto no es lo que vos pensás.
-Sí lo es. O te vas antes de que cuente hasta tres o disparo.
-No Glor..
-Uno.
-Te ju...
- Dos.
Sabiendo que Gloria no podía controlar sus impulsos, abrió la puerta y se refugió en su lujoso Mercedes.
-Todo por un desliz. Un miserable desliz, ¡Que falta de equilibrio! ¡De compresión! -gritó Cuervo antes de quedarse dormido. Al despertar, Gloria como cada día le llevaba el desayuno a la cama.
-Hola, mi Cuervito preferido. ¿Qué soñabas anoche que no dejaste de saltar, gritar y patear?
Una pesadilla. Todo el drama no había sido más que una maldita pesadilla, pensó Cuervo y dijo:
-Nada, mi amor. Ya sabés cómo es este trabajo. Siempre preocupado por mis clientes, las complicaciones, las injusticias. ¡Bueh!, es la lucha. ¡Es el precio que tengo que pagar por ser el defensor de las causas perdidas! ¡Por poner cuerpo y alma en pro del derecho y la justicia!
-Si, querido -respondió una sumisa Gloria.

carroña

Graciela no podía soportar más el ambiente de trabajo hostil, pero lo necesitaba. Debía tolerar el abuso del patrón, el maltrato de sus compañeros y todo lo que fuera porque cubrir la renta de la vivienda y la comida de cada día no le permitía superar la humillación.
El lunes, fichando la tarjeta, el patrón pasó y le tocó el trasero con una sonrisa de ¡Hago lo que quiero! ¡Jodete soy tu dueño!
Punto final, Graciela, pegó media vuelta y sentenció ¡esto se acabó! Preguntó a amigos qué podía hacer. El noventa por ciento decía que se arrepintiera, que volviera, que tenía un buen salario y que los abogados eran todos tiburones carnívoros.
No se conformó, estaba dispuesta a hacer pagar al desgraciado tanto desprecio. Un conocido de la familia le recomendó al doctor Cuervo. Afirmó con convicción que el letrado lograría hace justicia en su caso.
Graciela fue al estudio del Dr. Cuervo. Se enfrentó en la sala de espera con sillas ocupadas con gente mirando al suelo. Cuando dijeron su nombre, Graciela accedió a la oficina del doctor Cuervo.
-Hola, Graciela. Dígame -dijo él.
-Mire, doctor, yo trabajé por años con Vitorio. No tengo recibos pero sí una multitud de testigos.
-Suficiente, Graciela, suficiente. Dígame ¿qué se le debe?
-Y, enero, febrero y unos días de marzo.
-Usted trabajaba como...
-Moza, doctor Cuervo. Yo era moza en dos turnos.
-Bueno, Graciela, mándele a Vitorio este telegrama intimándole al pago en veinticuatro horas de lo adeudado y esperemos.
-Bueno, doctor Cuervo.
Pasaron cuarenta y ocho horas sin respuesta y Graciela volvió al estudio.
-Sí, Graciela. Dígame.
-Nada, doctor. Nada, silencio absoluto.
-Bueno, Graciela, envíe este telegrama: "Ante silencio, considérome despedida. Accionaré judicialmente”. En setenta y dos horas dígame si tiene respuesta.
-Bueno, doctor.
Al día siguiente de la última consulta de Graciela, Don Vitorio, su patrón, que era un buen tipo y no quería problemas, se presentó en el estudio de Cuervo para llegar a un acuerdo amigable.
-Mire, doctor Cuervo. No tengo problemas en arreglar. Mi empresa está quebrando y Graciela es una buena mujer. Lleguemos a un acuerdo. Dos mil pesos en efectivo y mil pesos de sus honorarios.
-Consultaré a mi cliente, don Vitorio. Deje su teléfono al secretario y le diré.
A las setenta y dos horas volvió Graciela.
-No tuve respuesta –dijo- ¿Usted sabe algo? No tengo un peso.
-No. Nada. Hay que iniciar el juicio. ¡YA!
-¿Y cuánto me debe? -preguntó Graciela.
- Entre deudas de días de trabajo, indemnización por despido, preaviso, vacaciones y aguinaldo proporcional, calcúlele unos treinta mil pesos.
-¿Tanto? El señor Vitorio no tiene esa plata.
-Sí, tanto, y el Sr. Vitorio tiene esa plata.
Al día siguiente, acudió el Sr. Vitorio al estudio del doctor Cuervo.
-¿Hay algún acuerdo? -preguntó.
-Ninguno, Vitorio. Ninguno. Graciela es implacable. Ni se dignó a pasar por el estudio. Lo lamento pero iremos a juicio.
A la semana, el juicio de Graciela por despido, preaviso y vacaciones, por un monto de cincuenta mil pesos, estaba iniciado. Don Vitorio, al recibir la demanda dijo ¡No puede ser! Y fue a ver a una abogada recomendada que le aconsejó pelear.
Vitorio y Graciela pelearon. Ganó Graciela. Se estableció a su favor un monto de mil quinientos pesos. A su abogado le regularon diez mil pesos y a la abogada de Vitorio cinco mil, con más las costas del juicio a cargo de este último. Ni Graciela ni Vitorio entendían. Pero era así. Por derecha, ley de honorarios mediante, las partes debían pagar y elegir entre opciones: aprender de la experiencia con prudencia, o la cárcel por no reprimir los impulsos.
La carroña es el alimento de los cuervos.

punto y aparte

Como siempre, la mesa de entrada del estudio del doctor Cuervo estaba atestada de victimas. Entre ellas se destacaba una morocha de ojos verdes, delgada, que no podía dejar de chusmear con sus compañeras del rebaño.
En un instante se abrió la puerta de la oficina del doctor Cuervo y una rubia apetecible lo saludó con un beso más que afectuoso mientras se despedía con un "Nos vemos mañana, bonito. Sé puntual" y, girando sus taquitos con una habilidad envidiable para mantener el equilibrio, encaró la salida haciendo gala de un andar provocativo que destacaba sus atributos.
Desde la puerta del despacho, el doctor Cuervo dijo "Vení Mónica" y la morochita nerviosa y charlatana se levantó.
-¡Mónica! -exclamó Cuervo- ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?
-Y ¿vio doctor?, la vida tantas vueltas, tanta injusticia.
-Eso Mónica, tanta Injusticia. Injusticia que el doctor Cuervo combate día a día. A pesar de las malas lenguas, de las injurias. Pero el doctor Cuervo no sólo es un hombre de honor sino que además sus anchas espaldas soportan la carga más pesada.
-Lo sé, doctor, usted es la imagen de la justicia. Yo lo sueño a veces con los ojos vendados, la balanza en una mano y la espada en la otra.
-No, Mónica, esa es mi socia. Es otra cosa lo quiero decir. Yo soy abogado. Estoy de este lado del mostrador, del otro está mi socia permanente, la Justicia que usted tan bien representa en sus sueños. Yo, como riguroso hombre de derecho, sólo soy su auxiliar.
-¡Ah! -exclamó Mónica- yo siempre tonta y lerda para entender.
-Bueno, Mónica, a lo nuestro. Dígame.
-Doctor -comenzó solemne y formal Mónica-, yo quiero hacer un juicio laboral.
-¡Mire usted, Mónica!. ¿Y contra quién?
-Contra el doctor Punto.
-¡No me diga! ¡Qué placer!... digo… ¡Cuente conmigo, Mónica!, déme los detalles.
-Ay, doctor Cuervo. Soy una abusada. El doctor Punto es un miserable y pensar que me dijo que me amaba.
- Pero usted no puede trabajar para un abogado como Punto si usted es empleada judicial.
-No, doctor Cuervo. Mi demanda es por el trabajo que hago para sus sitios de Internet. Yo soy la webmaster y hasta el momento, después de cinco largos y agotadores años de trabajo constante y sacrificado, no me ha pagado un solo peso.
-Eso no puede ser, mi querida Mónica, nadie trabaja gratis.
-Es lo que yo digo, mi querido doctor Cuervo, y por eso quiero mi plata. El precio de mi trabajo.
-¡Qué bien lo ha definido, Mónica! Esa es la remuneración que reclama. ¡El precio de su digno trabajo!
-Eso, doctor Cuervo. Eso.
-¿Y qué se le debe concretamente, Mónica?
-Doctor Cuervo, yo soy una verdadera esclava. No tengo sábados, domingos, feriados, vacaciones, ni la siesta puedo dormir. Siempre la compu y esos malditos sitios que no sirven para nada. Sólo para romperme la espalda.
-¿Y usted reclamó el pago de lo que se le adeuda, Mónica?
-Mil veces, doctor, y siempre mañana, no me alcanza la plata, después lo vemos, no tengo tiempo ahora. Excusas y más excusas.
-¡Esto se acabó, Mónica! -afirmó enojado el doctor Cuervo, golpeando la mesa con el puño-. Usted cobrará hasta el último peso.
-¡Ojala, doctor! Si Alá así lo quiere.
-¿Usted no era evangélica, Mónica? -interrogó el Dr. Cuervo.
-Sí, sólo le definí mi deseo, doctor Cuervo. Además "era", usted lo ha dicho.
-Ah, bueno, ¡Aquí se acabó su esclavitud! ¡Y percibirá una jugosa indemnización por sus penurias, no tanto como mis honorarios, pero jugosa al fin!
-¿Qué dijo de los honorarios?
-No, que Ud. cobrará sus indemnización y yo mis honorarios de ley.
-¡Ah! -volvió a apuntar Mónica, a la vez que interrogaba- ¿Y cuánto cobraría, doctor?
-Y, su sueldo debería ser de cinco mil pesos, por 24 meses allí ya tiene setenta mil pesos de haberes, más indemnización por despido y preaviso serían cuarenta mil, más vacaciones y aguinaldo unos setenta, rubros que se me escapan treinta mil, horas extras quinientos mil pesos y, calcúlele...un millón de pesos, Mónica.
-¿Tanto? ¡Voy a ser millonaria!
- Mire, Mónica, que mis honorarios son el veinte por ciento de lo que cobre.
-¡Sí, sí, doctor! -balbuceó conforme y emocionada Mónica.
-Ahora me firma este podercito y yo me encargo del Ministerio de Trabajo.
-¿Eso es todo, doctor?
-No, Mónica. Tiene que ir al Correo y mandarle al doctor Punto el siguiente telegrama: "Intimo plazo 48 horas pague en Estudio doctor Cuervo la suma de un -01- millón de pesos que usted me debe por haberes adeudados, indemnización despido y preaviso, vacaciones, aguinaldo, y horas extras bajo apercibimiento de iniciar acciones legales. Colaciónese. Mónica Locateli”.
-¡Ya mismo, doctor, ya mismo! -dijo eufórica Mónica, mientras al levantarse se enganchaba con la alfombra, tiraba la silla y derribaba el cenicero.
-Tranquila, Mónica, tranquila, je,je,je - afirmó Cuervo.
-Con este juicio y el de la ex mujer, el doctor Punto va a quedar en la lona -comentó Mónica.
-Si. Digamos que mi estimado colega dejara de ser. Será el doctor Punto y Aparte, je,je,je -culminó con su gracia natural el doctor Cuervo.

todo el tiempo del mundo

Las deudas de juego habían llevado a Valeria a la ruina. No era mucho, moneditas. Moneditas que no pudo reunir para devolver a tiempo y allí estaba, sentada en la sala de espera del estudio jurídico del Dr. Cuervo, buscando una pizca de compasión.
-Pase, Valeria -dijo el Dr. Cuervo.
-¡Voy, doctor! -fue la ahogada exclamación de Valeria.
-¿Que la trae por aquí? -preguntó con una sonrisa insolente el doctor Cuervo.
-Usted sabe, doctor. El juego, ese maldito juego. Los prestamistas que me cobraron intereses usurarios. Esa enorme deuda que usted me reclama y yo no puedo pagar.
-Error, Valeria, error. Yo no le reclamo nada. Son mis clientes, que exigen el pago de lo que usted les debe a ellos.
-Pero yo no debo la enormidad de dinero que dice la intimación.
-Y, Valeria, usted sabe. Intereses. Honorarios. Indexación. Gastos. Todo suma, mi querida Valeria, todo suma mi querida amiga -comentó el doctor Cuervo con su sonrisa burlona.
-Bueno, doctor Cuervo, yo quiero pagarle pero como pueda. Hágame un plan y yo le voy pagando por mes cuando cobro la jubilación.
-Imposible, Valeria. Imposible. Mis clientes están insoportablemente ansiosos.
-No mienta, doctor Cuervo. Yo fui a hablar con ellos y me dijeron que si usted aceptaba, ellos no tenían problemas en que pagara como pudiera.
-Bueno, Valeria. Ellos me deben mucho dinero y me pagaron con deudas, entre ellas la suya.
-Entonces es usted, doctor Cuervo, el que no me quiere ayudar.
-No es que no la quiera ayudar, Valeria, es que no puedo. Si hago una excepción con usted tendría que hacerlo con todos.
-¡Pero doctor, me va a tener que rematar la casa! ¡Sólo tengo mi jubilación!
-Valeria, me duele. Se me rompe el corazón, pero no queda otra.
-Mire, doctor Cuervo, no le va a resultar fácil, voy a ir al juzgado, a la defensoría, hablaré con el intendente, con políticos. Le va a llevar tiempo.
-Vaya, Valeria, vaya. Y no se preocupe, yo tengo todo el tiempo del mundo.
Valeria se fue con los ojos rojos del llanto. ¡Estos cuervos no tienen alma!, gritó al pasar por la concurrida sala de espera. Con un portazo abandonó el lugar.
El doctor Cuervo siguió atendiendo víctimas hasta tarde. Al concluir se limpió la sangre; su sonrisa burlona apareció natural pensando que al día siguiente comenzaban unas merecidas vacaciones. Europa lo esperaba junto a su esposa y sus hijas.
Subió a su BMW cero kilómetro., aceleró rumbo a su mansión en el más exclusivo barrio privado de la ciudad, llegó, franqueó la barrera de entrada y arribando a su residencia un fuerte dolor en el pecho lo dejó sin aliento. Estacionó junto a la vereda. Descendió del automóvil como pudo y alcanzó la puerta de entrada a su domicilio. Se recostó en la pared de la casa tratando de reponerse cuando de la nada apareció justo a su lado una bellísima mujer que con voz agria y sin vueltas le dijo:
-Vamos, Cuervo, es el final. El dolor del pecho es porque el corazón se le hizo pedazos.
-¿Y vos quién sos? -interrogó el doctor. Cuervo con la poca arrogancia que le quedaba.
-Soy la Muerte. ¿Quién otra? Y esta vez el bobo se destrozó en serio. Yo no miento como hacen otros -comentó casi con enojo La Parca.
Cuervo se dio cuenta de que era verdad. Que partía de este mundo irremediablemente y gritó desesperado.
-¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Soy inmortal!
-Nadie es inmortal, querido -apuntó la Parca- un victimario como vos lo debería saber.
-Está bien -dijo Cuervo resignado-, te pido un favor: antes de llevarme dejame que me despida de mi mujer y mis hijas.
-Haga Cuervo, haga. ¡Tengo todo el tiempo del mundo!

volver al nido

Mara y Juan Carlos se amaron desde muy jóvenes, casi niños. De familias muy humildes, Mara vivía con sus padres en una casa de de cinco metros por cinco metros con una letrina a treinta pasos fuera de la vivienda y Juan Carlos en una casa chorizo junto con sus padres, tíos y abuelos.

Con el tiempo Juan Carlos consiguió, por mérito, sendas becas para poder estudiar en la mejor escuela media y superior mientras que Mara culminó sus estudios primarios y luego trabajó en su casa ayudando a sus padres.

Tal como lo había prometido, en la misma semana en que recibió el título de abogado Juan Carlos contrajo matrimonio con Mara.

De la unión nacieron tres niños y Juan Carlos trabajó duramente para proveer lo necesario para la subsistencia familiar.

La exigencia le acarreó graves consecuencia físicas. Se quedó ciego y contrajo estrés crónico. Al borde del caos concursó para un cargo en una provincia lejana que ganó y con el tiempo las cosas mejoraron en lo económico pues rápidamente Juan Carlos fue reconocido por su inteligencia y laboriosidad.

Mara se fue distanciando afectivamente de su esposo. Se hizo adicta aljuego, abandonó a Juan Carlos y al poco tiempo la pareja se divorció.

Las necesidades de dinero del ludópata son infinitas y a pesar de contar Mara con dos inmuebles, más otro que compartía con su esposo, gozar gozaba de una excelente cuota alimentaria y no tener ninguna necesidad insatisfecha, los reclamos de efectivo nunca cesaron.

Vendió, sorprendiendo la buena fe de Juan Carlos, el inmueble más valioso de la pareja. Nunca se supo cuál fue el precio, sólo que la totalidad del importe pagado fue a parar a la casa de juego del pueblo. Vendió alhajas, pidió préstamos, hizo trizas un par de plazo fijos y en la alocada búsqueda de dinero contante y sonante acudió al estudio del doctor Cuervo.

Al hacerla entrar en su despacho, el Dr. Cuervo sonriente apretó su mano y le dijo

- ¡Cómo anda, Mara! ¡Mi clienta favorita! Siéntese, por favor.

- Hola, doctor. Aquí estoy, buscando su ayuda

- Dígame, mi amiga, ¿en qué le puedo ayudar?

- Mire, doctor, mi ex marido, Juan Carlos, nos hace pasar hambre a mí y a mis chicos. También usa los mejores bienes y a mí me dejó dos casas que no valen nada.

- Eso tiene solución, mi amiga. El Dr. Cuervo siempre tiene la justa solución para sus clientes.

- ¿Y que se puede hacer, doctor?

- Mire, Mara, ya mismo le hago preparar un escrito pidiendo aumento de cuota alimentaria y división de bienes. En poco tiempo se habrá olvidado del problema. Suministre los datos a mi secretario y yo la llamo.

Mara aguardó en la sala de espera una hora aproximadamente. Vió que el

empleado le llevó los escritos al Dr. Cuervo, que la llamó inmediatamente.

- Bueno, Mara, ya está todo listo. Se hace un pedido que triplica su cuota alimentaria por usted y sus hijos y se pide que los mejores bienes queden en su poder. Ya verá que con mis influencias su deseo se hará realidad.

- Le aviso, doctor, que mis nenes no trabajan y que tienen treinta y cuatro y treinta y seis años.-

- No se preocupe Mara, es un detalle. Además la nueva cuota alimentaria será descontada directamente de la cuenta de su ex esposo a la de del casin... digo a la suya.

- Maravilloso, doctor. ¿Le parece que se hará?

- Sin duda, Mara, sin duda. Mis contactos son infalibles. ¡El doctor Cuervo nunca perdió un juicio!

Notificado de la demanda, Juan Carlos la contestó con muchas dudas. Sabía que el doctor Cuervo no perdía un juicio, que sus contactos y las jugosas comisiones que entregaba eran la causa de sus buenos resultados. Aún así lo hizo, lamentando que se utilizara a una mujer enferma para ganar honorarios sin fundamento y poniendo de manifiesto la pena que le causaba que cuestiones personales tan duras fueran ventiladas en un proceso judicial.

Por supuesto, el doctor Cuervo ganó el juicio ampliamente. Las dos mejores casas se inscribieron a nombre de Mara y el 30% del sueldo de Juan Carlos fue a dar a la cuenta de su ex esposa.

El doctor Cuervo la cito a Mara para comunicarle el resultado. Mara, radiante, abrazó al Dr. Cuervo luego de insultar a su ex esposo.

-Bueno, Mara, usted consiguió lo suyo y mis honorarios son... nada. Una bagatela. Según la ley me debe ciento veinte mil pesos. Lo demás es suyo.

- ¡Cómo que le debo! Si perdió Juan Carlos.

- Él ya me pagó. Vendió las casas que le atribuyeron y creo que se mudó al exterior.

- ¿Y porque tengo que pagarle yo?

- Por el acuerdo, Mara, por el acuerdo.

- ¿Qué acuerdo?

- El que firmó junto con la demanda, mi querida amiga.

- ¡Pero usted no me dijo...!

- Siempre hay que leer lo que se firma, Marita.

- ¿Y cómo le pago?

- Con la casa más chica. Ya tengo preparados los papeles.

- Bueno, por lo menos me queda la casa grande y la cuota del 30% descontado directamente.

- Nada más y nada menos, ratificó Cuervo.

Mara volvió a su casa, les comunicó a su madre y a sus hijos que en la semana debían mudarse a la casa grande. Ya instalados, fue a percibir la primer cuota de su cuenta ¡Ocho mil pesos todos juntos! Ansiosa, se dirigió al casino. En un par de horas no quedaba nada, ruleta y maquinitas se habían quedado con todo el dinero. Fue a pedir prestado una y otra vez durante todo el mes. Ya no estaba Juan Carlos para pedirle que le girara de urgencia.

A fin de mes tenía una deuda de cincuenta mil más intereses con los prestamistas. La vivienda se fue como pago a sus acreedores. Con su madre y los dos hijos en la calle, acudió nuevamente al Dr. Cuervo.

- ¡Ay, doctor -gritaba Mara- me quedé sin nada y de la cuota alimentaria me descuentan más de la mitad para pagar pequeños prestamos, y la cobertura de salud!

- Y, alquile algo -le dijo el Dr. Cuervo.

- ¡No puedo! -exclamó ella entre llantos-. Nadie me sale de garante, no consigo quién me preste y todo es carísimo.

- Mire, Mara. ¡El doctor Cuervo es solidario con sus clientes! ¿Cuánta plata le queda por mes?

- Y, tres mil pesos más o menos -murmuró Mara.

- Bueno, por mil pesos le alquilo una residencia sin garantía alguna.

-¡Usted es un santo, Doctor!

En un momento, el doctor Cuervo llevó a Mara a su nueva residencia. Era antes de entrar al pueblo. Un largo descampado con una casilla de chapa al fondo de cinco metros cuadrados. La letrina a sólo treinta pasos de la casa.