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Mostrando entradas con la etiqueta muerte -. Mostrar todas las entradas
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el parquero

Hay jornadas que son absolutamente agotadoras, donde nos suceden mil imprevistos, cuando la mente se agota resolviendo las cuestiones más complejas, mientras el cansancio se convierte en un asunto integral y el cuerpo clama por esa cama blanda convertida en tibio y anhelado refugio.
Jorge culminó ese lunes destruido. Llegó a su departamento, se dirigió al dormitorio, se quitó la ropa -que fue a parar al destino que dispuso el azar-, se mezcló con las sábanas, tomó la autopista de los sueños y aceleró con destino a su bello mundo de ilusión.
Cuando una sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus labios, siente que alguien lo llama por su nombre a la vez que lo toca en la espalda.
-Jorge, vamos, levantate, es hora de partir.
Jorge pensó que era un pequeño escollo con el que había topado camino a sus sueños y acomodó su cabeza sobre la almohada.
-Vamos, Jorge, estoy cansado. Hay que marchar, ya se está haciendo tarde.
Ante esta nueva interpelación, Jorge se da vuelta y al hacerlo se encuentra sentado en su cama a un hombre con inmensas ojeras, la tez amarilla como si estuviese padeciendo de una pancreatitis terminal, todas las arrugas del mundo se habían apoderado de su cara.
-¿Usted quién es? -preguntó asustado Jorge.
- No empecemos con el jueguito de las preguntas! ¡Eso me pone loco! -exclama el extraño.
-¡Qué loco ni loco! Esta es mi casa y yo a usted no lo conozco. Luego usted es un extraño que entró subrepticiamente a mi hogar con la intención de robarme o quiza pretendiendo algo peor.
-Acertaste, Jorge.
-Usted va a robarme -añadió Jorge.
-No, es algo peor.
-No me diga que va a golpearme o que intentará satisfacer sus bajos instintos
-No, nada de eso.
-¿Entonces qué? -interrogó Jorge.
-Entonces dejemos este estúpido diálogo y acompañame. Soy el representante de la muerte, el Parquero que ha venido a buscarte y estoy cansadísimo.
-¡Como va a ser la el representante de la muerte! Recién cumplí veintiséis años, tengo un estado físico perfecto, acabo de hacerme un chequeo y el médico me dijo que todo estaba bien.
-Tu médico es un mentiroso o un ignorante. Acabas de sufrir un infarto masivo y tu vida fue.
-Discúlpeme, señor, con todo el respeto que me merece, a mi no me agarró nada. Compruebe mi pulso, el ritmo de mi corazón, esta vuelta carnero no la puede hacer ningún fiambre.
El Parquero lo mira detenidamente a Jorge, sorprendido por la espectacular vuelta carnero que realizó sobre la cama. Saca una libreta de apuntes, llena de nombres y fechas y pregunta.
-¿Usted es Jorge Morel?
-No, señor. Yo soy Jorge Martinez.
-¡No puede ser! ¡No puede ser! Era el último y a la cama y ¡me equivoco! -se lamentó el Parquero mientras un lagrimón se escapaba de sus ojos rojos y hundidos.
-Bueno, señor , no se ponga así, un error lo tiene cualquiera.
-No, esto no puede ser. ¡Es la quinta vez que me pasa en la semana! ¡Es el mobbing! ¡Mis jefes me están volviendo loco!
-¿Qué es eso del mobbing? -pregunta jorge.
- Hostigamiento laboral. ¡Esos avaros de los de arriba, cada vez me dan más trabajo! Suprimieron la oficina de muertes violentas y triplicaron mi responsabilidad. Todavía me quedan dos años para jubilarme.
-Mi amigo, yo creo que usted ha pasado la edad jubilatoria.
-No, los Parqueros nos jubilamos a los doscientos años y yo recién cumplí ciento noventa y ocho. ¡Ay, que cansado que estoy! ¡Encima se me pinchó una rueda del parcamovil que estacioné abajo y no tengo herramientas ni fuerzas para cambiarla.
Jorge miró piadosamente a esa masa informe, amarillenta, llena de arrugas, con pelo ralo, lloriqueando. Haciendo gala de su natural generosidad le dice:
-Mire, yo puedo irme a dormir a la casa de mi novia. Tome mi cama, descanse. Con un amigo le arreglamos la rueda del parcamovil y cuando esté repuesto vuelva a su trajín. Cuando se vaya deje las llaves debajo de la alfombra.
-¿Usted haría eso por mí? -interroga el Parquero.
-Por supuesto. Descanse. Yo me encargo de todo.
-¡No sabe cuánto le agradezco!
-No es nada, adiós y suerte -se despide Jorge.
Con su amigo Manuel cambia el neumático averiado del parcamovil, y se llega hasta la casa de su novia Julieta.
-¿Qué hacés a esta hora aquí, Jorge? ¡Son las dos de la mañana! –apunta Julieta
-Tuve un impulso irrefrenable por verte, mi amor. ¡Quiero estar con vos hasta que la muerte nos separe!
La tibia cama de Julieta y la ternura de sus besos sepultaron en el olvido al Parquero y sus amarillentas arrugas. Temprano en la mañana Jorge volvió a su departamento. Debajo de la alfombra estaba la llave. Abrió la puerta y sobre la mesa del living una nota: “Estimado Jorge: Gracias por la hospitalidad. Consulté mis anotaciones y tendrás una larga y dichosa vida. Perdón por el error. Un abrazo. El Parquero”.

violación

Juan no podía dejar de beber. Todo su objetivo en la vida era conseguir el dinero necesario para comprar la mayor cantidad de cajas de vino barato y matarse tomando. María, su mujer, lo odiaba por eso. Maldecía ese perfume a vino tinto barato que recalaba en cada rincón de la casa.
Juan se mantenía en un estado de inconciencia permanente. Así, inconciente, rodeado de cajas vacías de vino berreta, lo detuvo la policía por la denuncia de María. Su compañera afirmaba entre lágrimas que había sorprendido a Juan en la cama violando a Ana, la pequeña beba de ambos, cuya edad apenas superaba los siete meses.
En medio de la delirante confusión que invadía a Juan, no se resistió ante la brusquedad de la autoridad. Se dejó empujar, esposar, tironear, soportó algún golpe; su sueño de alcohol sólo le permitió murmurar que él no había hecho nada, comentario que no fue atendido por los uniformados que lo arrojaron al fondo del móvil.
La acción fue rápida, brusca, silenciosa. Nadie le preguntó nada a Juan, nadie le dijo nada. Simplemente lo arrancaron de la borrachera y lo acarrearon hacia la comisaría.
Ya en la alcaldía, en el barullo de la mente de Juan se destacaban agravios variados y la amenaza de padecer en un tiempo cercano todo tipo de tormentos. Le preguntaron si sabía cuál era el alto precio a pagar por haber violado a la niña. A su propia hija.
Allí Juan se inquietó y con palabras que se tropezaban alcanzó a afirmar que él no había sido, que no tenía nada que ver. Su borrosa defensa recibía como respuestas golpes y maltratos.
Del bolsillo trasero del pantalón, los agentes sacaron el documento de identidad de Juan y de allí los datos que asentaron en el libro de ingreso; trámite rápido, ansioso, que Juan tampoco entendió.
Su estancia en la mesa de entradas de la alcaldía fue fugaz. Lo alojaron con los presos duros, veteranos de la delincuencia, los que sabían qué hacer en estos casos. La vigilancia desapareció mágicamente y de inmediato dos reclusos lo tomaron a Juan, lo desnudaron y uno por uno lo violó con saña, perversamente, a la vez que era golpeado sin piedad, pateado y pisoteado por sus compañeros de cautiverio.
En el interín, el oficial a cargo acude al domicilio del Juez en turno y le comunica la novedad.
¡La puta madre! fue la expresión con la que el magistrado, doctor Perez, puso de manifiesto su disgusto por el accionar policial. ¡Son unos boludos!, gritó alteradísimo el Juez. ¡Lo van a matar! ¡Cómo van a ubicar a un borracho como Juan, imputado de la violación de su pequeña hija con los detenidos de máxima peligrosidad! ¡Todos saben lo que sucede cuando le tiran un presunto violador a los leones, y más cuando la abusada es una beba!
Perdón, doctor, se animó a decir el oficial, la violación está probada. La denuncia de María es sumamente detallada y clara, y la penetración y restos de semen fueron comprobados por los médicos forenses.
¡Probado una mierda!, gritó el Juez. María es una mentirosa patológica, mil cuernos le ha metido a Juan aprovechando su estado de inconciencia permanente por el alcohol. Puede ser cualquier cosa, concluyó el Magistrado.
¡Todos al móvil y volando a la comisaría!, ordenó el doctor Dominguez.
Mientras esto sucedían en la casa del juez, en la alcaldía los presos trababan la puerta de acceso al pasillo de la celda; entre todos levantaron el pesado cuerpo de Juan, lo ataron con una ruda cuerda sujetándolo con alambres a las rejas de un calabozo individual.
De algún lado salió una botella con nafta, el colchón fue regado generosamente, un fósforo y el tremendo dolor que le provocó el fuego dio paso a un grito desgarrador, intenso, prolongado de Juan, que en instantes dejó de ser, consumido por las llamas.
Casi en forma coincidente el Juez y la comisión policial llegaron a la comisaría. El olor a carne quemada comenzaba a invadir todos los ambientes del presidio.
¡Lo hicieron!, exclamó el doctor Pérez con voz pesada y culposa. Llegamos demasiado tarde.
Destrabaron la puerta de acceso a los calabozos y el Juez se enfrentó con el cadáver calcinado de Juan. Se sentó largo rato con las manos tomando la cabeza. Sabía que esa tragedia podría haberse evitado con un poco de diligencia. Llamó a su secretario. Le encargó que instruyera el sumario pertinente por la muerte de Juan y dispuso que María concurriera a su despacho en forma inmediata para ratificar su denuncia.
María fue encontrada en su casa haciendo el amor con Jorge, su último amante. La policía la llevó hasta el despacho del magistrado dejando a Jorge, increíblemente, en libertad de acción.
Mientras María aguardaba al magistrado, Jorge partía en un micro con destino a cualquier lado.
El doctor Dominguez le dijo a María que accediera a la oficina y se sentara frente a él.
-¿Qué pasó, María? ¿Sabés que Juan murió? ¿Que lo asesinaron en la alcaldía los propios reclusos?
María le mantuvo la mirada al Juez, dura, desafiante y luego de un instante de silencio dijo:
-Mire Señor, yo sorprendí a Jorge violando a María.
-¿Y por qué culpaste a Juan?
-Juan era una desgracia, siempre borracho, inconciente, su único interés era el alcohol. Ya estaba harta de ese perfume a vino barato que penetraba cada rincón de la casa.
-¿Y Jorge? ¿Quién es? ¿Dónde vive? -interrogó el magistrado.
-Jorge es un Jorge como tantos Jorges que hubo en mi vida. No es de acá. No sé en qué ciudad vive. No hago preguntas.
El Juez se quedó en silencio, resignado. Nunca más encontraría al autor del abuso, a ese Jorge que había violado a la hija de Juan, un Jorge sin rostro, sin huellas, sin presente ni pasado, que desapareció para siempre.

accidente

Juan Carlos era un exitoso empresario gastronómico. A sus treinta y tres años había logrado una sólida posición económica y, lo más importante, junto con Mariana, su esposa y Julia su pequeña hija de tres años, conformaban una magnífica familia.
Se sentía un tipo afortunado. Todo lo conseguido había sido fruto de su esfuerzo personal. Mucho trabajo y el apoyo incondicional de Mariana.
A pesar de la juventud, tanto Juan Carlos como Mariana tenían todo el tiempo del mundo para dedicarlo al ocio, a viajar, a practicar deportes. Así Juan Carlos pasaba gran parte de su tiempo en las canchas de golf, mientras que Mariana -luego de intentar seguir a su esposo en el mismo deporte- desistió y comenzó a tomar clases de tenis.
En verdad Mariana se había entusiasmado con el deporte blanco. En realidad su apuesto profesor era un estímulo importante para este súbito berretín tenístico.
Jorge, el profesor, tenía toda la pinta del mundo. Por supuesto no tenía horarios disponibles, ni de mañana, ni de tarde como tampoco por las noches. Luego de muchos ruegos, Mariana consiguió un par de horas y la mejor atención. En poco tiempo era ostensible que Mariana moría por su profe. Sonrisas, gestos, indirectas, llegaron a destino y Jorge la invitó a cenar.
Mariana aceptó sin vacilar. Una excusa cualquiera a Juan Carlos, que jamás dudaría de su esposa, y una noche de buena comida, mejor bebida y el comienzo de un romance peligroso para ambos.
Los encuentros de Jorge y Mariana se hicieron cada vez más frecuentes aunque nunca lograron despertar sospecha alguna de Juan Carlos.
Una tarde, Juan Carlos llega temprano a la inmensa casona de la familia y al dejar la campera en uno de los sillones del living se topa con el celular de Mariana.
Lo toma, aprieta la tecla de mensajes recibidos y allí se encuentra con infinidad de recados de Juan Carlos que dejaba al desnudo el desliz de su esposa, el apasionado romance que vivía con su profesor. Pulsa la tecla de mensajes enviados y en ellos Mariana destacaba las dotes de gran amante de Juan Carlos, el sentido que había encontrado su vida luego de tanto aburrimiento con su esposo, de tanta ausencia de sexo, de caricias del amor que ahora había encontrado en una cancha de tenis.
Juan Carlos no podía creerlo, jamás habría sospechado una infidelidad de Mariana. Se sintió abrumado, gritó un insulto en el mismo momento que Mariana abría la puerta de entrada. Se alejó de Mariana y le preguntó sobre su romance, los mensajes, el profesor de tenis, el engaño.
Mariana reaccionó furiosa. ¡Quién mierda sos vos para revisar mis cosas!, gritó. Se acercó a Juan Carlos y poniéndose cara a cara exclamó ¡No tenés ningún derecho a vigilarme!
El cachetazo de Juan Carlos no se hizo esperar. La fuerza de la bofeteada empujó a Mariana que llega a tocar el piso con sus rodillas, trata de erguirse y al hacerlo se engancha con la alfombra y cae pesadamente sin poder realizar ningún movimiento defensivo. De suelo la levanta Juan Carlos, tomándola con fuerza de los cabellos y golpea su cabeza contra el muro de hierro macizo que rodeaba el hogar mientras el atizador cae sobre la sangre que había comenzado a fluir de la profunda herida que había quebrado la frente de Mariana de manera fatal, irreversible. La muerte había dicho presente.
Juan Carlos se sentó en silencio. Se serenó, tomo el teléfono y llamó a su abogado y amigo de la infancia, Ricardo. Ricardo Albano.
-Hola, Ricardo, habla Juan Carlos.
-¡Hola Juanca! ¿Cómo anda todo?
-Mal, Ricardo, muy mal. Mariana se mató.
-¡Qué! ¿Qué pasó?
-Vení que te cuento.
-¡Ya voy, Juanca, no toques nada!
A los diez minutos Ricardo llega a la casa de Juan Carlos, quien le cuenta paso a paso lo sucedido.
-Mirá, Juan Carlos, tenés que convencerte de que esto fue un accidente. Vos le diste el cachetazo, ella se tambaleó, enganchó su pie en la alfombra y cayó sobre el muro de hierro rompiéndose la cabeza sin que vos pudieras hacer nada para auxiliarla ¿Estamos, Juanca?
-Estamos, Richard.
-Imaginate la escena en tu mente un y otra vez, y finalmente será verdad.
-Así lo haré, Richard.
El día de la audiencia del debate, Ricardo aconsejó a Juan Carlos que se prestara ampliamente a la declaración indagatoria del Tribunal, obviando naturalmente su intervención fatal. Sólo debía declarar la imagen tan ensayada y bien aprendida de la accidental caída de Mariana.
Así lo hizo Juan Carlos, que contó detalladamente el cuento que le había enseñado su abogado.
Luego Ricardo presentó peritos médicos especializados en la materia. Ambos coincidieron en remarcar que la muerte se produjo por el impacto del cráneo al golpear contra el macizo hierro que rodeaba el hogar. Que no existía en el lugar del hecho ningún rastro de violencia, que se había tratado de un desafortunado accidente.
A continuación declaró un experto policial que se encargó del reconocimiento del lugar, señalando dos elementos de importancia. Primero exhibió fotos de la alfombra donde podía verse el lugar donde se engancha el zapato de Mariana dando lugar a su caída y luego imágenes del atizador, remarcando que no se había encontrado huella digital alguna, que debía registrarse necesariamente si alguien hubiera golpeado a Mariana, concluyendo finalmente que todo no fue más que un desgraciado accidente.
Cerrada la etapa de prueba, se le otorga la palabra al Fiscal. Luego de pensar unos minutos, de mirar algún punto perdido, e intimado por el Tribunal, el representante del Ministerio Público afirma que de las expresiones de Juan Carlos, las constancias de la causa, las periciales producidas en la audiencia, aparecía claro que no existía hecho ilícito alguno que reprochar al imputado Juan Carlos Gutiérrez. Que el suceso había sido un penoso accidente y que por ello se abstenía de acusar.
Concedida la palabra al Defensor, éste coincidió con el Fiscal y reclamó al Tribunal que se absolviera libremente a su cliente.
El tribunal se retiró a deliberar unos minutos. En instantes estaban nuevamente en sus bancas, al tiempo que el Presidente del Cuerpo anunciaba la absolución del imputado Juan Carlos Gutiérrez por el delito de Homicidio calificado por el vínculo por el que había sido requerido.
Juan Carlos y Ricardo se abrazaron largamente.

golpes de muerte (caso judicial con dos finales)

Javier entró a la casa molesto. Cerró la puerta con violencia, su madre no mereció ni un saludo. La odiaba intensamente desde el mismo momento en que le había hecho saber que era hijo adoptivo, que carecía de datos sobre su madre biológica. Había dejado pasar dieciocho años para decírselo.
Se encerró en su habitación, abrió la heladera que había instalado como mobiliario para llenarla de cervezas. Una cama, un pequeño guardarropas y una mesa completaban el vestuario del dormitorio.
En instantes, dos botellas de un litro quedaron ausentes de su rubio y espumante contenido; tomó dos pastillas de su droga predilecta, la que le transformaba esa vida triste y sin sentido en un paraíso indescriptible, el bajón era bravo pero valía la pena.
Se acostó en la cama mientras abría otra botella. Los efectos del estupefaciente mágico empezaron a hacer efecto. Entró en un estado de euforia y agitación, la realidad dejaba de ser. Volvió al salón de entrada a la casa y empezó a gritar por su madre ¡Vieja!, ¡Vieja! ¡Vení que necesito plata! ¿Donde la escondés? ¡Tengo que salir!
La madre se refugió en su dormitorio. Javier tomó una vieja hornalla de cocina que estaba sobre la mesada y la estrelló contra el piso. La hornalla se rompió en siete pedazos, los tomó uno a uno, los guardó en los bolsillos, abrió la puerta de la habitación y enfrentándose a su madre comenzó a gritar:
-¡Dame la plata, vieja de mierda! ¡O me das la guita o te mato! –siguió amenazando enloquecido, mientras lanzaba contra la cabeza de Virginia los trozos de hierro de la hornalla. Dos de los proyectiles dieron en la cabeza y el cuerpo de la mujer, que con sus sesenta y cuatro años mal llevados no podía oponer ninguna resistencia. Con el puño Javier le golpeó la cara a su madre sin dejar de reclamar el dinero. Allí Virginia exclamó ¡Basta Javier! ¡Basta!
La respuesta de su hijo fue tomarla del cuello, levantarla y llevarla arrastrando contra el piso. Allí volvió a sujetarla del cuello y golpeó con fuerza su cabeza y su cuerpo contra la pared que se salpicó de sangre. La soltó y su madre cayó pesadamente al suelo. Miró hacia el marco de la puerta que daba al pasillo, la parte superior del tirante estaba a punto de desprenderse, lo sacó de un tirón en el justo momento que Virginia trataba de sentarse en el piso. Apenas lo logró, Javier le aplicó un violento golpe sobre la frente provocándoles dos heridas enormes y un estado de inconsciencia que no lo conmovió.
Se levantó, fue a la heladera, tomó dos cervezas mas sobre el piso, se estiró y quedó profundamente dormido.
Al despertar, su madre seguía inconsciente en el mismo lugar en que había recibido el tremendo golpe con la madera. Se asustó. Llamó a una ambulancia, ayudó a acomodar a Virginia en la camilla, dijo a los médicos que no recordaba nada, que no sabía que había pasado. A los cuatro días, el hematoma que generó el traumatismo de cráneo producido
por el golpe con el tirante determinó la muerte de Virginia.
En el juicio, Javier repitió que no recordaba nada, que re quería a su madre, que tenía problemas con la droga, que su madre era alcohólica, que él no le había pegado.
El perito bioquímico señaló que había manchas de sangre en la ropa de Javier, en los siete trozos de la hornalla, en el tirante que por la fuerza del impacto se había roto en tres pedazos.
El perito criminalístico señaló que había sangre en las paredes y el piso del primer salón, en una de las piezas, en el marco de puerta que daba al pasillo, que la lucha se había dado en el ambiente señalado en primer término.
Los médicos afirmaron que el tirante era idóneo para producir las dos lesiones que presentaba Virginia en la frente, de nueve y once centímetros respectivamente, y el traumatismo de cráneo, sosteniendo que si bien no podían decir con exactitud la mecánica del hecho, esto es si había sido un golpe o una caída violenta, era indudable que el impacto tuvo una fuerza excepcional al provocar el traumatismo de cráneo en la víctima y la rotura del tirante.
Finalmente la vecina de la casa lindera a la de los sucesos dijo que había escuchado un golpe en la pared y la expresión ¡Basta Javier!
Con los elementos de prueba indicados, el Fiscal imputó el delito de homicidio calificado por el vínculo y pidió se aplicara al imputado la pena de reclusión perpetua.
El defensor afirmó que no había ninguna prueba directa ni de la autoría ni de la materialidad del hecho. Salvo una testigo ocasional nadie escuchó nada. Agregó que la víctima era alcohólica como su cliente, y que como sucede en los estados de ebriedad agudos, alcoholizada cayó sobre el tirante golpeando con la fuerza suficiente para sufrir las heridas que la llevaron a la muerte. Que las ropas de Javier estaban manchadas con sangre porque había ayudado a acomodar a su madre en la camilla y que los destrozos en la casa fueron consecuencia de un acto de furia posterior de su defendido por la bronca que le había causado lo sucedido a su madre. Así al volver a la casa había roto todo el mobiliario.

Condena:
Al tiempo de decidir, los jueces afirmaron que el caso se resolvía por aplicación de un silogismo lógico. Si Javier y Virginia eran las únicas personas que ocupaban la casa donde ocurrieron los hechos la madrugada en que Virginia aparece con gravísimas
lesiones que la llevan a la muerte; si el perito criminalístico afirmaba que las manchas de sangre en las paredes y el piso del primer ambiente de la casa mostraban que allí tuvo lugar la lucha que culminó con las heridas de Virginia; se concluye que en la lucha únicamente se involucraron Javier y Virginia, siendo el primero de los nombrados el que le causó a su madre la graves heridas que determinaron su deceso.
Por ello, por las manchas de sangre en su ropa, el peritaje bioquímico, por las manchas de sangre que aparecieron en cada objeto y en toda la casa entre otros elementos cargosos, no había duda de que Javier fue el autor de la muerte de su madre, calificando el hecho como homicidio calificado por el vínculo y aplicando a Javier la pena de reclusión perpetua.
Hoy, y para el resto de su vida, Javier pasa sus días en la Penitenciaría local. Jamás mostró algún signo de arrepentimiento.

Absolución:
Al tiempo de decidir, los jueces afirmaron que no había prueba suficiente que demostrara sin duda que hubiera ocurrido un delito y menos aún que Javier hubiera sido su autor. Que cualquier posibilidad podía darse como verdadera y por ende, no pudiendo determinar con certeza si la señora Virginia fue victima de su condición de alcohólica y se produjo las lesiones al caer violentamente sobre una superficie idónea para producir la heridas que sufrió, u ocurrió otra cosa, se inclinaron por absolver a Javier por el delito de homicidio calificado por el vínculo en razón de mediar orfandad probatoria.
Una vez en libertad, un amigo de Javier lo ayudó a salir del país y así desapareció para siempre, aprovechando en plenitud las fallas de un fallo que nunca debió ser.

derechos y humanos

A la luz amarillenta del farol de la esquina, vimos con mi hermano Miguel cómo tres tipos fornidos estaban moliendo a palos a un flaco. Corrimos a rescatarlo. Al querer intervenir, un cuarto personaje que se bajó de un Falcon verde estacionado al lado del cordón de la vereda, nos amenazó con un revolver: ¡No se metan! ¡No les interesa!
Así fuimos espectadores de una feroz paliza. La víctima, Nora o Gabriel; el que se pintaba los labios con rouge rojo brillante, se colocaba pestañas postizas larguísimas, polleras bien cortas, medias de red, cartera rosa, zapatos de taco aguja del mismo color y se paraba en la esquina de Rodríguez Peña y Luro aguardando en las sombras a su justo cliente.
Era el diferente del barrio.
Buen tipo, querido por los vecinos, servicial, siempre dispuesto a dar una mano, tirarle unos pesos a los abuelos del departamento de al lado, siempre tan necesitados, siempre tan abandonados. Cada tarde les llevaba facturas y, entre mate y mate, mil carcajadas generadas por el decir atrevido y bromista de Gabriel.
Cuando los violentos decidieron que ya era suficiente, el que nos apuntaba con el arma, dirigiéndose al cuerpo inmóvil de Gabriel gritó ¡Ya no joderás más, marica de mierda! Subieron al auto y partieron velozmente. En el cristal trasero lucía un cartel que rezaba: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
Nos abalanzamos sobre Gabriel. Estaba inconsciente. La cara destrozada, la ropa desgarrada, podían verse varias fracturas expuestas en la clavícula, la rodilla derecha, el brazo izquierdo.
Llamamos al hospital desde el teléfono de casa. El médico que llegó con la ambulancia nos dijo que estaba muy grave. Lo acompañamos; directo al quirófano. Esperamos con Miguel. Mucho tiempo, demasiado.
Al abrirse la puerta, el cirujano se dirige a nosotros diciendo que no pudieron salvarlo, que Gabriel había muerto. Miguel comenzó a llorar desconsoladamente, como nunca lo había visto llorar en mi vida. Repetía ¿por qué?, una y otra vez y desde el fondo de las entrañas le salió un franco y absoluto ¡HIJOS DE PUTA!, que retumbó en todo el edificio.
Sabía que Miguel quería mucho a Gabriel. Eran muy amigos desde siempre, pero no imaginaba que ese cariño fuera tan intenso. Sin hablar una palabra llegamos a casa. Miguel se encerró en su habitación un par de días y no salió hasta el lunes a la mañana.
Como cada día laborable, desayunó un poco de café, hizo un comentario trivial e, impecable con la pinta de siempre, se fue a trabajar.
Durante unos días no dejé de pensar en la reacción de Miguel respecto a la muerte de Nora. Exagerada, sin duda; sin sentido ni explicación cierta. El tiempo fue haciendo su trabajo y mi inquietud se transformó en olvido.
Una noche pasé por un moderno pub -recién inaugurado- en Gascón al mil cuatrocientos y a través de un amplio ventanal vi a Miguel charlando con otro hombre en la barra, en el justo momento que el extraño acariciaba su cuello con ostensible ternura.
Ahí comprendí. De curioso me escondí tras un frondoso árbol y esperé que Miguel se retirara del boliche. Lo hizo en compañía del extraño. A media cuadra se unieron en un abrazo y un beso intenso, prolongado.
No lo podía creer. Miguel. Mi hermano pintón, apetecido por miles de mujeres hermosas, era gay. Me costó unos días mirar a Miguel a los ojos. No sabía cómo tratarlo. Finalmente me decidí y hablamos. Le conté lo que había visto y mi confusión.
-¡Ay, mi prejuicioso hermanito! -exclamó sonriendo Miguel-. Sí, soy gay. No es un delito ni una enfermedad fatal. Simplemente soy un hombre al que le gustan los hombres, eso es todo.
-¿Y no tenès miedo de que te suceda lo de Gabriel? –pregunté-. Vos sabés los malos tiempos que vivimos, la fuerza del poder como única razón, que el gobierno se la ha jurado a los gay entre otras minorías, que si te sorprenden no tendrán piedad.
Gabriel añadió que asumía riesgos por los malditos prejuicios; la agresividad de la gente que ejercía su eterna frustración insultándolo, golpeándolo, marginándolo, pero que se la bancaba: siempre hay que pagar un precio por una pizca de placer.
Acto seguido me abrazó, me conminó a no que dejara de preocuparme agregando que todo estaba bien, que confiara en él, que era más que precavido.
A partir de ese día fuimos más compinches, más hermanos, más amigos. Quizás porque compartíamos silenciosamente el secreto de Miguel.
Una jornada, volviendo del trabajo, turno nocturno, bajé del colectivo y emprendí tres largas cuadras hasta casa. Había caminado cincuenta metros cuando tres disparos secos, contundentes, rompieron el silencio de la noche. Corrí hacia la esquina desde donde habían provenido los inconfundibles sonidos del disparo de potentes armas de fuego. Dos tipos se alejaban en un Falcon verde de líneas modernas, que milagrosamente conseguí que no me atropellara. Llevaba las ventanillas bajas y sus ocupantes me gritaron: ¡Se lo merecía, era un puto de mierda! En el cristal trasero se distinguía la consigna: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
En el piso, un hombre en medio de un charco de sangre que se iba agrandando a
medida que me acercaba. Llegué a su lado, comprobé que no tenía pulso, estaba boca abajo. Lo di vuelta y los ojos enormes y azules de Miguel, inertes, me dijeron que todo había terminado.
Desde el alma el insulto ¡HIJOS DE PUTA! Se partió el corazón, el llanto se hizo incontenible, el dolor insoportable. Traté de tranquilizarme. Con cuidado acomodé su ropa, saqué de sus bolsillos la billetera y la agenda personal.
En un instante estacionó al lado del cadáver de Miguel un Falcon verde. Me levanté con furia. Un gigante me paró de un solo golpe en el pecho; lo acompañaba su gemelo, ambos con pelo corto, tipo militar, ambos con anteojos negros. Se identificaron como policías, me preguntaron si sabía qué había sucedido.
-Era mi hermano -les dije-, apenas bajé del colectivo que me traía del trabajo escuché tres disparos, corrí y me topé con el cuerpo de mi hermano en un charco de sangre.
-Está bien, nos hacemos cargo. Ya viene el móvil para llevar el cadáver y hacer la autopsia. Que la familia pase mañana a primera hora a retirar el cuerpo.
Me quedé acariciando la cabeza de Miguel sin poder dejar de llorar. Llegó el
móvil. Allí recordé que ese día, once de febrero de mil novecientos setenta y tres, Miguel, mi hermano cumplía treinta y tres años de edad. Me quedé mirando la ambulancia que transportaba el cadáver de mi hermano hasta que desapareció de mi vista.
En el cristal trasero lucía la inscripción que rezaba: “Los argentinos somos derechos y humanos”

más allá de la muerte

Juan tenía la mirada fija en la pantalla de la computadora. En su departamento, con ropa informal, la cara ausente de la mañanera afeitada y la mente ganada por la nostalgia.
Sesenta y tres años; escribir era su ligero contacto con esa realidad hostil, dura, difícil. Plena de gente que apenas conocía, que nada sabía de su historia.
Añoraba sus raíces, el hogar donde creció y que hoy era una montaña de escombros insolentes por la avaricia y la perversidad de un par de ambiciosas sin piedad. A sus amigos, sus queridos amigos que se fueron con tanta urgencia de la vida. Que se adelantaron a partir con una prisa inusitada. Alberto, Ricardo, Luis, tantos.
Pensando en ellos y su brutal soledad, Juan comenzó a llorar intensamente, como si nunca lo hubiera hecho. En un instante su llanto fue interrumpido por un murmullo de voces que provenían del living. Acudió a ver qué sucedía y la consternación, el asombro, lo paralizó.
Sentado en los sillones que vestían el ambiente, sus viejos amigos Alberto, Ricardo y Luis charlaban animadamente. Confundido, Juan se mezcló con ellos. El abrazo no se hizo esperar. Lágrimas de emoción y alegría, el buen humor de antes, las bromas de siempre, el cariño en cada gesto.
Juan se serenó y dijo:
-¿Qué hacen acá? ¡Ustedes están muertos!
- Sí, es cierto, pero es una situación especial y La Parca nos encomendó una misión importante -dijo Alberto, que se hizo el vocero del grupo.
-Esto no es verdad. Se trata de un sueño. No se vuelve de la muerte.
-Lo que decís es cierto salvo que ocurra una situación de emergencia, en ese caso se resuelve una excepción a la regla del eterno descanso, que deja de ser por unos instantes -señaló Alberto.
-¿Cuál es esa emergencia? -preguntó Juan.
-Tu decisión de suicidarte esta noche, querido amigo -contestó Alberto.
-E…so no es cierto -respondió Juan titubeando.
Alberto se levanta del sillón, se dirige a un pequeño escritorio apoyado sobre la pared, abre un cajón del que saca un reluciente revólver y una caja de balas a la vez que pregunta:
-¿Y esto qué es, Juan? ¿Para qué compraste el arma y las municiones?
-¡Estoy desesperado, amigos! ¡No puedo más! La soledad, la falta de trabajo serio, la pérdida definitiva de la familia, la muerte prematura de mis mejores amigos entre otras tantas contingencias adversas me han derrotado. Quiero dejar este mundo hostil e ingrato, ansío reunirme con ustedes.
-¡No te reunirás con nosotros! -exclama Alberto, agregando-: revolver y municiones quedan secuestrados en este acto por tus amigos. Te aguardan sucesos de enorme relevancia en el futuro inmediato. En ellos no sólo estarás involucrado, sino que serás el principal protagonista. No se puede interrumpir el curso natural de aconteceres importantes. Nadie muere ni puede dar por terminada su vida suicidándose antes de cumplir el objetivo para el que fue destinado desde el momento de la concepción en el seno materno. El tuyo está pendiente. Te queda un largo y dichoso camino que recorrer.
-Pero ustedes están afirmando una fantasía. De este ahora, donde no tengo relación con nadie, salvo el inmenso amor que me regala Mónica y que no merezco, en que la soledad es mi única compañía. El trabajo es un simple pasatiempo sin trascendencia del que no puede derivarse ningún futuro auspicioso. Por eso afirmo que lo dicho es una expresión de deseo de mis buenos amigos y nada más.
-Juan -dijo Alberto-, estamos autorizados para mostrarte una foto de un instante de tu futuro para que lo creas. Aquí está, mirala.
Juan tomo la fotografía que le mostraba Alberto y en ella aparecía rodeando con su brazo el hombro de la morocha de ojos verdes que siempre estaba presente acompañando su crónica tristeza con un pequeño en sus brazos.
-¿Quién es el niño en brazos de Mónica? -pregunta Juan.
-Tu hijo, mi querido amigo -apunta Alberto-. El pequeño que engendrará tu amada de ojos verdes.
-No puede ser -sostuvo Juan-. Mónica no desea tener hijos.
-Lo tendrá con vos, serás un gran escritor y te distinguirán con honores.
-Bueno muchachos, me convencieron. Hoy nace el nuevo Juan. Pelearé para que sus deseos se hagan realidad. ¡Festejemos por este regalo de esperanza y optimismo! -remarcó Juan.
Acto seguido se hizo de cuatro vasos y una botella de buen whisky para concretar el festejo prometido. Al regresar los sillones estaban vacíos. Fue un sueño, un maldito sueño. Me habré dormido en el sillón como siempre y en la siesta de rigor me sorprendieron mis queridos amigos que marcharon tan temprano y con los cuales me uniré sin más dilaciones, se dijo Juan a si mismo.
En un momento se dirigió al escritorio. El arma y las balas ya no estaban. Un papel firmado por Alberto le informaba que el revolver y las municiones habían sido secuestradas. Abrió el segundo cajón que lucía el mueble y en él se destacaba una foto en que se veía sonriente con el brazo rodeando a Mónica y un pequeño niño en sus brazos.
Juan tomó la fotografía, se recostó en el sillón del living y no dejó de mirarla hasta que se durmió profundamente. En el sueño sus tres amigos Alberto, Ricardo y Luis, sentados en tres cómodas nubes intensamente blancas, lo saludaban haciendo el gesto del abrazo, que traduce el cariño sin límites ni fronteras, el que se mantiene más allá de la muerte.

duda razonable

Mariela vivía con su compañero y el pequeño hijo de ambos en un milagro de tierra fértil en medio del desierto. El lugar le había permitido armarse una precaria vivienda con unas pocas chapas y, lo más importante, una austera granja donde media docena de gallinas, una vaca que cumplía su misión a pesar de los años y la alimentación escasa, y una huerta nutrida, siempre verde gracias al agua que le proveía el canalito que a fuerza de pico y pala había logrado hacer de un lánguido arroyo que pasaba a poco más de un kilómetro.
Trabajo desde temprano para Mariela, sin quejas hasta casi entrada la noche.
El lado gris de su vida era su compañero, Jorge, alcohólico crónico, violador y golpeador sin límites.
Mil veces Mariela fue a la comisaría del pueblo llena de golpes, con huesos quebrados, ultrajada, a denunciar el maltrato de Jorge. Ninguna respuesta, a más denuncias más tremenda era la agresión.
Una noche Jorge llegó pasado de borracho. Le pegó a Mariela hasta cansarse, la violó mal, terminando su tarea rompiéndole una botella de vino vacía en la cabeza.
Riéndose de semejante desatino se tiró en la cama y se durmió en un momento.
Mariela se dijo que era la última vez. Fue a la parte trasera de la casa, se aseguró que la escopeta de dos caños estuviera cargada, se acercó al cuerpo de Jorge, apoyó la escopeta en su cara y sin decir una palabra disparó. El rostro de su compañero se hizo mil pedazos que se desperdigaron por toda la vivienda.
Dejó la escopeta, tomó a su hijo y caminando fue hasta la comisaría del pueblo. Al llegar el agente de turno le preguntó que estaba haciendo por ahí a esa hora.
-El Jorge está muerto -dijo Mariela.
Nadie logró que explicara lo sucedido. Una comisión policial se acercó a su casa. Se encontraron con el cuerpo de Jorge tendido en la cama; su rostro había desaparecido.
En pocas horas llegaron al lugar el juez penal, el secretario, el defensor y el fiscal.
Todos sabían del permanente maltrato de Jorge, de la impotencia de no haber podido proteger a Mariela, de la negativa de ella negativa a dejar su huerta y sus animalitos, de sus inútiles denuncias siempre demasiado tarde, siempre demasiado lejos. Sabían del sadismo de Jorge.
El Juez le tomó declaración a Mariela en presencia del Fiscal y el Defensor; el secretario anotaría lo que ella dijera.
-¿Qué pasó, Mariela? -le preguntó el Juez.
-Usted sabe, señor, el Jorge me pegaba mucho, me hacía de todo, hasta le pegaba al chico. Esta noche con el golpe de la botella algo se rompió en mi cabeza y le pegué con la escopeta.
-¿Está segura, Mariela, de que fue así? -interrogó el Juez.
-Y...sí señor -contestó Mariela confundida.
-¿No será que al Jorge, jugando con la escopeta, se le escapó un tiro en la cara?
-Y...no sé -dijo Mariela titubeando.
-¿Usted estaba conciente m'hija?
-Más o menos, no veía bien por la sangre y el botellazo, me pegaba contra las chapas.
-Es decir que no estaba consciente.
-Y...creo que no.
-O sea que no puede asegurar certeramente que pasó.
-Y...no sé, señor. Realmente no sé, estaba muy golpeada, como ciega.
- El disparo pudo haber sido un accidente.
-No sé, señor.
Dirigiéndose al Fiscal el Juez dice:
-Yo creo, señor Fiscal, que existe una duda razonable sobre la autoría del hecho. Quizás el occiso pudo haber accionado el arma y sin darse cuenta apretó el disparador cuando los dos caños estaban sobre su cara.
-Me parece la hipótesis más adecuada -dijo inmutable el Fiscal.
-¿Y usted qué opina? -preguntó el Juez al Defensor.
-Coincido con Su Señoría y el señor Fiscal. Claramente estamos bajo un lamentable accidente.
-Bueno -dijo el Juez-. Ya escuchó, señor Secretario. Consigne en el acta que constituidos en el lugar del hecho el Juez actuante, el señor Fiscal y el Defensor, se comprobó la muerte de Jorge Gutiérrez a consecuencia de un hecho accidental al accionar el occiso, en estado de ebriedad, el disparador del arma larga que manipulaba a consecuencia de lo cual se produjeron heridas mortales en el rostro. No se necesitan fotos. Acá no hay delito alguno, ha sido una muerte accidental. ¿Va a presentar algún tipo de recurso la fiscalía?
-No, doctor. Esta fiscalía no presentará recurso alguno. Ha sido un lamentable accidente.
-¿Y la defensa?
-Absolutamente de acuerdo, doctor, fue una autoagresión accidental provocada -sin duda- por el estado de ebriedad del occiso traducida en su torpeza al manejar el arma.
Acto seguido, los funcionarios judiciales firmaron el acta y le informaron a Mariela que la justicia no pudo determinar que ella fuera autora de alguna acción reprochable mientras en la camioneta policial, guardando las formas de estilo, marcharon los restos del finadito Jorge rumbo a la autopsia y posterior entierro en el cementerio municipal.
Mariela siguió su vida con su hijo, espantó a cualquier hombre que quiso acercarse y su gris realidad se convirtió en un pasar laborioso y apacible.

un poco de paz

-¿Usted por qué me mira?
-Yo no lo miro.
-¡Sí me mira! ¿Le debo algo?
-Señor, le digo que no lo miro.
-Sí señor me estaba mirando. Lo mandaron a vigilarme.
-Sólo estaba pensando. Tengo muchos problemas.
-Está mintiendo. Usted me miraba insistentemente.
-Está delirando. Estoy tratando de encontrar un poco de paz.
-No es así. Me miraba tratando de provocarme. Seguro que es un sicario enviado por la loca de mi ex mujer.
-Cállese la boca por favor. Está diciendo tonterías. Paz, sólo quiero una pizca de paz, de silencio.
-Usted no quiere paz, usted me está persiguiendo.
-Señor, no sé quien es usted ni me interesa. Cierre su boca y no me haga enojar, no me altere o esto termina mal.
-Si no me miraba a mí miraba a mi novia. Se la quería levantar.
-No me interesa su novia. ¡No me gustan las mujeres!
-¡No mienta! Su mirada era toda impudicia y grosería cuando mi novia se levantó para comprar una revista.
-Usted es un loco para internar. No sabe lo que dice ni con quién se mete. ¡Le exijo mutismo absoluto, ni una palabra más, basta, stop!
-¡Qué mutismo absoluto! ¡Qué stop! Un mirón de cuarta no me va a hacer callar.
-¡Sí te vas a callar a partir de este mismo momento! ¡Es tu última oportunidad!
-¡Que última oportunidad! ¡Vos necesitás una buena paliza que te ponga en el justo lugar y eso es lo que vas a recibir!
Luego del agresivo discurso, el interpelante se abalanzó sobre el interpelado para concretar su violenta promesa. Con un pase de torero el interpelado hizo que el intemperante pasara de largo, al tiempo que su mano derecha volaba bajo el saco extrayendo un arma relevante. El sonido del disparo coincidió con el orificio sangrante que se dibujó entre los ojos del interpelante.
-Tenías razón, soy un sicario, pero hoy era mi día libre. ¡No hay caso! ¡Imposible conseguir una pizca de paz en este mundo violento y hostil!

sólo mis sueños

Cuando niño escuché a mi abuela comentar a mi madre que María, la vecina, había muerto de tristeza. La frase hizo nido en mi mente. No podía entender que alguien dejase este mundo por estar triste, por una pena.
A pesar de mi corta edad, mi curiosidad era enorme y así me enteré que María no había soportado la muerte repentina de su esposo Juan. Reconozco que la muerte de Juan también me había conmovido. Un tipo simpático, joven, lleno de vida, siempre en su bicicleta, de saludo fácil y mano generosa. Un día llegó en su bici transpirado, mucha fiebre, el médico dijo neumonía. En poco tiempo, Juan murió.
El alma de María se fue con él. No salió de la casa, se negó a comer, no se levantó más de la cama y a los veinte días falleció de tristeza según el médico, la chusma del barrio y el contundente diagnóstico de mi abuela.
Transcurrido el tiempo aprendí que la tristeza es la causa de la depresión y que la depresión algunas veces te mata cuando es intensa. Cuando el asunto es irremediable y no se puede reparar ni suplir, cuando te encuentra vulnerable, cuando se hace trizas el corazón, cuando la injusticia, cuando la opresión, cuando el desinterés, cuando nadie te piensa. Empieza silenciosamente, casi no te das cuenta.
Un día decidís no hacer la caminata diaria, al otro faltás con cualquier excusa al trabajo, el día siguiente postergás ese escrito impostergable, decidís no cenar, te vas a dormir apenas llegás del trabajo, no te reunís con los amigos, no llamás, te dejan de llamar, un par de mates es suficiente, te encerrás, no mirás televisión, el sol deja de brillar, el cielo siempre gris, las nubes, nada tiene sentido, no encontrás ni un por qué ni un para qué. Así, lenta pero inexorablemente, te vas dejando, abandonás cosas y personas y un día sin más te perdés. La vida no es fácil sin duda, pero para algunos se torna terrible, insoportable, intolerable, un tormento. El vacío invade todas las cosas, la soledad, el silencio.
Así me sucedió a mí, Oscar. No te lo puedo contar porque ya no hablo. Lo pienso mientras mis ojos seguramente tristes te miran y mis oídos escuchan tu voz que pregunta, las palabras de aliento que agradezco profundamente pero que ya no sirven; llegaron demasiado tarde, son -como decimos los abogados- extemporáneas.
Te llama la atención mi extrema delgadez, Oscar. Nada del otro mundo. No puedo comer. Al principio me llenaba enseguida y dejaba la mitad de lo que me habían servido. La omisión fue en aumento hasta que rechacé el más pequeño bocado. Ahí comenzaron con el suero, vitaminas inyectables, etcétera.
Ya no me levanté de la cama. ¿Que me pasó?, preguntás. Perdí interés, se fue la voluntad, no encontré motivos, se extraviaron los incentivos, pensé que ya había hecho todo, para qué seguir con la rutina, con el esfuerzo, si ya lo hecho era más que suficiente.
¿Si sufro? No, Oscar, para nada. Estoy bien. Quizás este asunto de vivir nunca fue para mi. ¿Te acordás de lo que dijo Woody Allen, que vivir no es para cualquiera? Bueno, tiene razón, vivir no es para mí ¿Si duermo bien? Espectacularmente, Oscar. Mis sueños son fantásticos, maravillosos, ellos sí valen la pena.
¿Qué es lo que deseo? Que se acabe el sufrimiento. Dejar este mundo hostil. Sólo mis sueños me acompañarán. Sólo mis sueños.

sin límites

Juan se despertó con una franca sonrisa. Se levantó de un salto, abrió las ventanas y un cielo celeste sin nubes coincidió con su estado de ánimo.
Se miró al espejo en voz alta y se dijo "Feliz cumple, Juan, hoy será un gran día". Se afeitó con cuidado, se duchó disfrutando de la lluvia tibia, se secó, eligió la mejor ropa deportiva que tenía y satisfecho con su apariencia salió de su casa, se subió al auto recién comprado y puso rumbo al aeropuerto.
Hoy, después de dos semanas de nostálgica espera, su esposa Graciela y su hijo Miguel, de apenas seis años, retornaban de la corta visita a la familia de su mujer que residía en Madrid.
El auto se llenó de música romántica tarareada por Juan. Llegando a la estación aérea apreció un movimiento inusual que en un primer momento le pareció curioso y que empezó a preocuparlo. Un cordón policial no dejaba estacionar hasta quinientos metros antes de llegar al aeropuerto.
La ansiedad se instaló en el ánimo de Juan. A la distancia podía apreciar una columna de humo, a medida que se acercaba a la estación aérea los malos pensamientos se acrecentaban. Al llegar, el presagio pesimista se transformó en una amarga realidad. El avión Madrid - Buenos Aires, por motivos ignorados se había estrellado a pocos metros de la pista de aterrizaje. No había sobrevivientes.
A partir de ese día Juan dejó de ser. No podría resignarse nunca a la terminante
ausencia de su esposa Graciela y su hijo Miguel. Se olvidó del trabajo, los amigos, la familia, los paseos. Todo el día junto a las tumbas de Graciela y Miguel. En una semana había envejecido, dejó de hablar y los ojos rojos indicaban que el llanto no lo abandonaba.
Tuvo una leve mejoría al décimo día, cuando empezó a soñar con ellos. Paseaba de la mano con Graciela por la plaza de siempre, mientras Miguel se encargaba de un inmenso paquete de pochoclos, la calesita, las primeras gambetas del mocoso, una maravilla.
Por la mañana, la dura realidad lo llevaba al llanto a la depresión. Con barba de varios días, sin bañarse, compraba toneladas de flores con las que llenaba el frío mármol de las tumbas de su esposa e hijos. Junto a ellas permanecía hasta el anochecer.
Cuando volvía a la casa, se metía vestido en la cama y apuraba el sueño que compartía con Graciela, Miguel y los lugares donde el amor de ese trío fantástico había sido ilusión y verdad.
Paulatinamente, sus sueños pasaron a ser el espacio de tiempo diario de mayor trascendencia en la vida de Juan. Decididamente no soportaba más la diaria realidad.
Una noche, antes de que el sueño se desvaneciera, les planteó su deseo de acompañarlos, de marchar con ellos. Gloria y Miguel prometieron que lo consultarían con las autoridades del mundo de las almas nobles.
Pasaron varios sueños y la respuesta de Gloria y Miguel siempre era igual: que no tenían noticias, que no les habían contestado el reclamo.
Una noche, su esposa y su hijo llegaron a su fantasía con una sonrisa.
- Te aceptaron -le dijo Graciela a Juan-, nos están esperando.
Juan, emocionado, abrazó a su esposa e hijo.
-¿Y cómo llegaré al paraíso? ¿Cómo accederé al mundo de las almas nobles?
-Te acompañaremos. Partiremos desde la ventana del living. Volando llegaremos al destino final.
Acto seguido se toman de la mano. Juan en el medio, a la diestra Graciela, a la izquierda Miguel. Desde la vereda que enfrentaba la casa de Juan, un vecino lo vió parado en
la ventana y comenzó a gritar:
-¡No te tires, Juan! ¡No te tires!
Pero Juan no escuchaba nada. Estaba fuertemente tomado de las manos de Graciela y de Miguel.
-¡A volar! -exclamaron Graciela y Miguel.
-¡A volar! -gritó Juan.
Y se lanzaron.
El vecino jura y rejura que Juan se arrojó, pero que en lugar de caer comenzó a volar; lo siguió con la mirada hasta que se perdió mezclándose entre las estrellas.
Juan, desde ese momento, fue ausencia. Nada se supo de él, se desvaneció de manera inexplicable para la razón.
En el mismo momento en que por televisión un especialista en fenómenos incomprensibles se explayaba sobre Juan y su misteriosa experiencia, en algún lugar del mundo de las almas nobles, sobre un verde césped, bajo un techo de cielo intensamente celeste, con un lago manso rodeado de montañas plena de pinos, el trío invencible festejaba el milagro de estar juntos, el glorioso triunfo del amor sin límites.

ojos verdes

He conocido infinidad de actores y sé que todos son muy supersticiosos, pero ninguno como Marcelo Fermín Ordoñez. La manía se había instalado en él desde pequeño. Así, siendo un niño se negaba a ir a la escuela si no le daba tres besos en la mejilla a su madre; la leche la bebía sujetando el vaso con la mano izquierda, no obstante ser diestro, y en exactamente cinco tragos. Las dos caricias al lomo del gato eran de rigor como así también salir de la casa con el pie izquierdo.
En la adolescencia, se encerraba los días jueves. Era el justo medio y no llevaría a ningún lado la mala suerte que ello determinaba. Antes de emprender cualquier actividad daba cinco vueltas a la manzana y su cabeza debía lucir siempre prolijamente rapada. En su juventud, a causa de la superstición, cada mañana, fuera verano o invierno, colocaba sus pies en un recipiente con agua helada durante cinco minutos. Sus camisas siempre eran blancas; el cabello peinado con fijador cambiando cada jornada la ubicación de la raya: hoy del lado derecho mañana le tocaba al izquierdo.
Cuando decidió enfrentar su vocación de actor en forma profesional, los ritos se hicieron múltiples y sofisticados. Dar cinco vueltas a la manzana donde estaba ubicado el teatro antes de ingresar al mismo, su camarín debía estar pintado íntegramente de color verde claro, esperanza y suerte; los espejos y maquillajes se ubicaban en el lateral derecho, orientado hacia el este, lo que lo alejaba de cualquier desgracia.
Además, bajo el vestuario de ocasión se colocaba una remera granate que lo acompañaba desde su primera función y le había asegurado una trayectoria plagada de triunfos. Antes de salir a escena comía un pequeño bocado de queso gruyere con medio vaso de Newen, un vino patagónico que le sirvieron en medio de una gira por el sur que venía desastrosa y que partir de ese momento se transformó en extraordinaria.
Antes de salir del camarín se sentaba en el suelo con las rodillas cruzadas y para sí recitaba un incomprensible trabalenguas de la abundancia, que le había enseñado un chamán en Machu Pichu.
Previo a acceder al escenario, tres besos en la mejilla de la secretaria le garantizaban los aplausos que premiarían su actuación.
Todos sus ritos y cábalas tenían para Marcelo enorme importancia ya que le otorgaban la fe necesaria para enfrentar al público con firmeza, sin temores, desarrollando y culminando su labor exitosamente. De todos modos, no eran determinantes como para llegar a interrumpir una función; esta se llevaba a cabo aun habiendo olvidado la camiseta granate o sin los besos a su secretaria.
No obstante, todos esos ritos carecían de relevancia si la butaca siete de la primera fila no estaba ocupada cada noche por su amada esposa Julia. Ella era la esencia de su seguridad, de su fuerza, del pleno desarrollo en el escenario de su formidable talento de actor.
En cada función, su mirada buscaba los verdes ojos de Julia, su sonrisa, su gesto de apoyo, de aprobación. Al culminar la obra, al tiempo del saludo de agradecimiento y despedida, Marcelo le arrojaba a Julia un ramo de rosas rojas en muestra de su inmenso amor y de gratitud por su presencia. Julia, el gran amor de su vida.
Hoy, después de treinta y tantos años de matrimonio y una hija de veinte años llamada Silvia (vivo retrato de Julia en su juventud), seguía queriéndola como un adolescente. La cena íntima después del teatro era la gran fiesta cotidiana. Los dos solos, en el mismo restaurante de siempre, de tenue luz, en ese rincón del local convertido en perpetuo refugio de los amantes.
Para Julia, la actuación de Marcelo siempre había sido perfecta, genial, suprema demostración de un talento sin duda incomparable.
A Marcelo le daban gusto los elogios de Julia. No leía las críticas a su trabajo. Si Julia decía que su actuación había sido espléndida, eso era todo lo que necesitaba saber. Una noche, caminando hacia el restaurante, Julia se desvaneció. La llevaron al hospital, donde luego de una serie de estudios quedó internada para lograr un diagnóstico preciso.
Durante toda la semana que Julia estuvo reponiéndose, las funciones se suspendieron por primera vez. Marcelo no podía actuar sin su presencia. No era una mera superstición: era el enorme amor que los unía y que lo determinó a cuidarla celosamente hasta que le dieron el alta.
A pesar de su precaria salud, Julia siguió asistiendo al teatro. Cada noche, todas las noches. Así hasta que los médicos se lo prohibieron. Debía limitar las salidas, hacer reposo, evitar excesos.
Julia fue desmejorando rápidamente. Marcelo siguió actuando. Necesitaba el dinero para hacer frente a los gastos del tratamiento de Julia. No obstante los mil cuidados, el desenlace fatal apareció inevitable.
Casi en el final, Julia le hizo prometer a Marcelo que seguiría actuando aunque ella ya no estuviera. Sería un homenaje a tantos años de entrañable amor. Una fría madrugada de un triste invierno, Julia murió y con ella el alma de Marcelo.
Siguió actuando como se lo había prometido a Julia pero había perdido las fuerzas.
Se lo comentó a Silvia, le señaló que a pesar de intentarlo no podía brindar más de lo que tenía. Y desde que Julia se había marchado su interior estaba vacío, no tenía nada para dar. Continuó a pesar de todo, pero su corazón estaba hecho trizas. Presentía que todo acabaría pronto. Su fin sería sobre el escenario.
Una noche salió hacer su trabajo; como siempre, su mirada se dirigió a la séptima butaca de la primera fila. Allí se encontró con unos ojos verdes brillantes, llenos de vida, una sonrisa franca y un gesto de apoyo. Se conmovió, su corazón se puso a mil, casi cae, lo sostuvieron. Volvió a mirar y con alegría reconoció a su hija Silvia que lo saludaba.
A partir de ese momento Marcelo volvió al éxito. El talentoso actor se había recuperado y retornaba con todas las ganas, con todas las fuerzas.
Como su madre, cada noche, todas las noches, Silvia acompañó a su padre desde la butaca siete de la primera fila.

fantasmitas de la guarda

Mario llegó molido del trabajo. Abrió la heladera, el olor denso de comestibles de todo tipo y de cualquier tiempo lo mareó. La cerró, se repuso, volvió a abrirla y a duras penas rescató de esa especie de morgue alimenticia un churrasco de aspecto dudoso y un huevo que según la caja que lo contenía había vencido hacía una semana.
Una caja de vino tinto (una manera de decir) acompañaría su cena. La llamó “churrasco completo a la red wine”. El olor nauseabundo de la comida y el sabor agrio del vino le daban a su juicio un toque exótico a la cena. En instantes el plato limpio y el vaso sin restos de red wine abrían la puerta a un sueño pesado y con reproches.
Así fue, le costó dormirse, cuando lo logró fue despertado irreverentemente por sonoros ronquidos. Pensó que debía ser más cuidadoso en su comida nocturna no podía ser que las secuelas de su intoxicación de cada noche lo llevara a ese punto. Volvió a sus sueños terribles y nuevamente el sonido incesante de los ronquidos. Ahí cayó en la cuenta de que su menjunje no era el responsable de sus dificultades; en efecto, a su lado durmiendo plácida y profundamente una bellísima morocha vestida como dios la trajo al mundo, de piel mate y un cuerpo de aquellos.
Se asombró, se excitó, le murmuró al oído:
-¿Quién sos?
La morocha infartarte abrió sus ojos verdes como el mar y un susurro seductor le dijo:
-Hola, amorcito. Soy Solange.
Amorcito, Solange. Mario además de no entender nada caminaba por las paredes.
-¿Y qué hacés aquí, Solange?
-Soy tu fantasmita de la guarda, bombón.
-Discúlpeme, señorita -dijo Mario- ¿Cual es su función?
-Que estés acompañado, papito. Que no duermas solito.
-¿Ese combo que incluye? -preguntó Mario.
-¡Lo que quieras! -exclamó Solange ya despabilada.
-¿Podemos...esteee...vos sabes...tener algo...me entendés?
-¡Vos querés sexo! -exclamó entusiasmada Solange.
-Bueno, sí -afirmó casi con vergüenza Mario.
- Por supuesto, bonito, pero mis jefes me pidieron que te dijera que el sexo te iba a salir algo caro.
-¿Cuánto? ¡Pago lo que sea! -ratificó canchero Mario.
-No sé, cosita. Mis jefes te dirán.
-Bueno, cualquiera sea el precio siempre será barato. ¡No sabes cuánto tiempo! ¡Y sos tan linda!
-Y vos también querido -dijo Solange mientras besaba a Mario con pasión.
Mario se estremeció, acarició la suave piel de Solange y el amor reinó toda la noche en plenitud.
Casi llegando la mañana, Mario se despertó. Miró a su lado y Solange no estaba. Sobre la almohada una nota que decía: “Fué una gran noche, suerte, Solange”.
-¡Vamos todavía! -gritó-. Le plantearé a sus jefes que la destinen como mi fantasmita de la guarda perpetua.
Esa noche nuevamente volvió del trabajo muerto. En la puerta los esperaba un individuo luciendo un impecable traje de marca relevante, camisa blanca de seda igual que la corbata y un portafolio en la mano derecha.
-Buenas Noches, soy Carlos. Lo estaba esperando.
-Buenas noches -contestó Mario-. Usted dirá.
-Mejor charlemos dentro de la casa -dijo Carlos.
-Adelante, amigo. Siéntese en el sillón que le guste y en seguida estaré con usted.
Luego de deshacerse del saco y lavarse cuidadosamente las manos, Mario le pregunta a Carlos sobre el motivo de la visita.
-Anoche tuvo la visita de Solange, ¿la recuerda?
-¡Cómo olvidarla! ¡Una mujer maravillosa!
-Bueno, yo represento a la compañía en que trabaja Solange, "Fantasmitas de la guarda".
-¡Ah, si! ¡Fantástico, Solange me avisó que usted vendría! ¡Desde ya deseo suscribirme!
-Bueno, esto va a resultar sencillo. Un servicio como el de anoche tiene un costo de dos mil dólares mensuales, pagaderos de uno al cinco de cada mes, garantizándole un fantasmita distinto cada noche.
-¡Me parece justo! -exclamó Mario-. ¡Firmemos el contrato y comenzamos desde esta misma noche!
-¡Como usted diga, Mario! El cliente decide el principio y el fin del contrato. De todas maneras, como la compañía cuida al cliente, apreciando que usted tiene sesenta y tres años de edad y que utiliza sin reparos la pastilla celeste, le aconsejo que suscriba el servicio que le brinda dos fantasmitas por semana y que es mucho más económico.
-De ninguna manera, mi salud es irreprochable y la pastillita celeste no me afecta de manera alguna -reclamó Mario-. Por eso, hagamos el contrato más oneroso, de una fantasmita todas las noches de la semana. Necesito mucho resguardo.
-Usted sabe y decide -respondió Carlos mientras suscribía el contrato con Mario y este abonaba los primeros dos mil dólares.
Esa noche lo despertó suavemente Mariela, una rubia espectacular que lo mantuvo despierto hasta el amanecer.
El contrato se cumplía rigurosamente y las fantasmitas de la guarda eran bellísimas, pero el vendedor tenía razón. A Mario la edad le jugaba en contra. La pasión de las fantasmitas y la falta de descanso adecuado fueron minando su salud.
A pesar de ello se negaba rotundamente a racionalizar el servicio y continuó con el convenio sin cambios. Solange era su fantasmita preferida. Una hermosa toda pasión.
Mario planeó una noche especial con la bella. En esa ocasión no puso límites a la pastilla celeste; el mejor champagne y todo el amor.
Cuando Solange marchó, Mario la acompañó hasta la puerta de entrada. Volvió a la cama y se acostó con una amplia sonrisa de satisfacción en los labios, sin hacer caso al intenso dolor en su pecho que ponía de manifiesto que su corazón, hecho trizas por el amoroso trajín, dejaba de ser.

milagro

Vergara era un excelente fiscal. Aguerrido, obstinado, insistente, honesto, perseverante. Los juicios que investigaba no prescribían. Todos terminaban con una decisión de condena o absolución.
Tenaz. El funcionario necesario en toda Administración de Justicia con pretensiones de funcionar correctamente. Si bien no se había especializado en una materia en particular, ya que desde siempre había trabajado en todos los fueros, tenía particular inclinación a trabajar a fondo los delitos relacionados con el engaño, con el ardid, con la estafa.
No podía soportar que la gente común fuera víctima de los vivillos de costumbre que se aprovechaban de la buena fe de los demás, de su desesperación, de su angustia, de sus amarguras, de sus duelos.
Por eso, su animosidad para con Olivera era manifiesta. Todos sabían que era su “presa”. Que toda la vida había buscado -sin éxito- prueba suficiente para procesarlo.
Olivera era un individuo especial. Se dedicaba a conectar a los vivos con sus queridos muertos. Los hacía hablar con ellos. Nada secreto, oculto. Lo publicitaba por radio, televisión, avisos clasificados en diarios locales y nacionales, gran difusión.
Vergara había iniciado mil causas por estafa cuando conseguía a alguna persona que consideraba que Olivera había abusado de su confianza, pero siempre con resultado negativo.
En el desarrollo del juicio, los testigos citados declaraban sin dudar que habían contratado con Olivera hablar con sus muertos, que habían pagado por ello y que efectivamente habían hablado.
Vergara allanó varias veces el local donde se llevaban a cabo los encuentros. Nunca encontró nada raro. Ningún cable, ningún audífono, ninguna cámara oculta, sólo un par de sillas y una mesa y un gran banco que hacia de sala de espera.
Su mayor enojo era que su mujer creía fervientemente en Olivera. Lo visitaba al menos una vez por semana y según la versión de su esposa había logrado hablar con su hijo adolescente muerto en un accidente a los dieciséis años, con sus padres fallecidos ambos a los ochenta años de edad e incluso con su tan querido abuelo Nicolás.
Era un tema que no podía hablarse en la mesa. Sus hijos Analía y Rubén no sólo estaban de acuerdo con su madre sino que también eran clientes de Olivera.
Según ellos hablaban con su hermano, sus abuelos muertos y también con Juan y Ricardo, dos amigos de ambos que fallecieron trágicamente en un accidente de tránsito.
En la pequeña ciudad en que vivían, Olivera era casi un dios. Era solicitado a toda hora; él respondía sin reparos y aliviaba al que lo reclamaba. Una pequeña minoría entre los que se encontraba Vergara creía que era un chanta.
En una oportunidad visitó al fiscal un viejo amigo llamado Miguel, que no creía ni en sí mismo y le propuso que se ofreciera como cliente con una pequeña cámara oculta con voz que llevaría en su portafolio. Su amigo aceptó, convino una entrevista y se encontró con Olivera.
Para demostrar el engaño, dijo que estaba interesado en hablar con su hermano Omar, quien había muerto hacía un par de años de una enfermedad incurable. En verdad Miguel no había tenido ningún hermano y si lo conectaba, si le hacía escuchar alguna voz, Vergara habría probado el engaño.
El día de la cita, Miguel y Olivera se sentaron frente a frente. Olivera invocó al supuesto hermano de Miguel; nadie contestó. Con severidad, Olivera le dijo que era una farsa. Que no tenía ningún hermano y que se retirara.
Vergara no desistió, fue a visitar a una vieja amiga que vivía en un pueblo vecino y que le debía unos favores. Hizo un trato similar que el que había realizado con Miguel y así María, su amiga, fue a ver a Olivera para que la conectara con su hermana Antonia.
María tampoco había tenido hermanos. Sentada frente a Olivera este invocó a Antonia y una voz de mujer dijo ¡Hola María como estás, soy Julia! María se desmayó.
Al reponerse reconoció que había tenido una hermana llamada Julia en la otra punta del país. Hermana a la que la celaba y a la que, siendo muy pequeña, a los tres años, arrojó a un río caudaloso. Nada más se supo de ella. El tiempo pasó. Todos pensaron que se había escapado, que la habían raptado, mil supuestos. Ahora el hecho terrible revivía. No habría condena alguna pues el hecho había prescripto, habían pasado sesenta años, mas María enloqueció sin remedio.
Vergara quiso visitar a María en el manicomio. No lo reconoció, venía perturbado, demasiado ligero para su estado anímico, no pudo dominar el automóvil en que viajaba. Varios vuelcos, el fin la muerte del riguroso fiscal.
Por sus calidades humanas su destino fue el cielo. Llegó a la hora de almorzar. Lo pusieron en la mesa de los novatos. No podía creer que estuviera muerto. Pensaba en su amada esposa, en la soledad en que la había dejado cuando escucha que llaman ¡Juan Vergara! ¡Juan Vergara!. Soy yo, responde atropelladamente.
El ángel que lo reclamaba le dice: ¡Cabina cinco! ¡Lo llama Olivera, su esposa quiere hablar con usted!

las manos en los bolsillos

En repudio a la violencia y en homenaje a Galar Epulef.

La violencia no es sino una expresión del miedo. (Arturo Graf).

Fue tan intenso dolor
solamente porque sí
brutalidad contra ti
alevosía y rigor

Silencio fue tu respuesta
las manos en los bolsillos
tantos golpes de los pillos
tu vida era la apuesta

Cobardes te la quitaron
no supieron de piedad
de sangre la realidad
huyeron, te abandonaron

Triunfo de la violencia
como suele suceder
Justicia que no ha de ser
impudicia e insolencia

manía (*)

Juan estaba pasando por un mal momento. Problemas económicos y familiares, esa maldita depresión que se hacía presente cuando más necesitaba de su voluntad y la mente de fiscal implacable que lo atormentaba, eran una mezcla explosiva y peligrosa que podía estallar en cualquier momento.
La alta temperatura de ese mes de febrero, que se había instalado sin intención de partir, tampoco ayudaba a mejorar la situación. Se sentía inquieto, molesto, sin paz.
Volviendo del trabajo decidió sentarse en una de las mesas del bar de siempre, en la vereda, con una fresca brisa que le dio alivio a tanta incomodidad.
Se pidió una cerveza bien fría y entonces... ¡qué mujer! ¡En su vida había estado tan cerca de la belleza perfecta!
Alta, rubia, ojos de cielo, cintura inexistente, cadera gloriosa, y una blusa seductora que se abre generosa cuando la hermosa se acerca a la cara de Juan, le pide fuego, mientras su mano derecha lo acaricia suavemente y con un ¡chau bonito!, se aleja despacio, marcando insinuante la cadencia de su andar.
Juan se olvidó por un momento de todos los problemas, se levantó de la mesa apresurado, la alcanzó y los piropos más galantes tuvieron la respuesta esperada.
-¡Qué cosas lindas que decís, bonito! -dijo la dama.
-Nunca tan merecidas -dijo Juan con convicción-. Mi nombre es Juan, ¿y el tuyo?
-Me llamo Manía, bonito. Detrás de esa puerta está mi casa y si gustás pasá, tomamos un trago y hablamos un rato.
-¡Por supuesto que quiero! -exclamó Juan entusiasmado.
La casa era acogedora, plena de tibieza. Música romántica, un whisky generoso y Juan atosigó a manía con los detalles de su vida.
-Suficiente, bonito. Basta de palabras. Llegó el momento de las sombras, el silencio y el amor -dijo Manía, mientras uno a uno desprendía los botones de su blusa.
El dormitorio fue el próximo paso y la pasión alentó las sensaciones, anuló la razón y el amor fue. Por la mañana. Juan se levantó presuroso: debía llegar a tiempo al trabajo, no podía perderlo.
-Chau, Manía. Juro que llevaré este milagro en mi corazón para siempre. Espero que nos volvamos a ver.
-No lo dudes, bonito -dijo Manía mientras sus labios rojos dejaban su marca en el cuello de Juan.
-¡Espectacular, espectacular! -murmuraba Juan mientras caminaba a paso rápido. Llegó a horario al trabajo, suspiró aliviado y después una dura y pesada jornada de una rutinaria labor que odiaba con todo el alma. Al tiempo de salir del yugo, un dolor intenso atravesó su pecho. Cayó como un títere al que le cortaron el hilo. Ambulancia, hospital, terapia intensiva.
No tardaron en llegar sus hijos, la bruja de su esposa, el pedófilo de su cuñado. Todos los buitres presentes, mirándolo con un gesto que a Juan le parecía burlón, como alegrándose de que partiera de este mundo por ese débil corazón que a ritmo lerdo anunciaba el final.
Súbitamente, Juan apreció que la sala se llenaba de luz y en medio de todos, Manía, desnuda, absolutamente desnuda que se sentaba en su cama. Los demás no la advertían, sólo Juan.
-Hola, bonito -dijo Manía.
-Hola, preciosa. Qué sorpresa, jamás pensé que volverá a verte –dijo Juan con un suave y esforzado susurro.
-Siempre cumplo mis promesas -dijo Manía.
En un instante su cuerpo desnudo fue uno con el de Juan. La boca de grana de Manía besó con pasión los labios grises de Juan, lo amó y su cuerpo fue introduciéndose lentamente en el de Juan. Al fin de la fusión el corazón de Juan dejó de latir.


(*) Manía es la diosa etrusca de la muerte

solitario

-Hola, solitario.
-Hola.
-¿No sientes miedo tan lejos del mundo?
-No, siento placer.
-¿Qué te hace sentir placer?
-Justamente la soledad, el río, el ruido del agua al caer en cascada, la espuma blanca.
-A mí me parece aburrido.
-Nada de aburrido. Es bello. El ruido del agua es una suave melodía, armoniosa, coherente. Ayer, hoy, mañana y siempre la misma caída, la misma espuma blanca, el mismo sonido.
-¿No te gustan los cambios?
-La vida cambia demasiado. Tan efímera, un vuelo de mariposa y en el ínterin todo sucede.
-¿Y eso no te divierte?
-Me abruma la rapidez del transcurrir vital, desde el primer llanto hasta la muerte. Esta caída de agua y este río, están y estarán para siempre. Eran una realidad cuando nací y lo seguirán siendo el día que me vaya de este mundo. Tan obstinados, tan insistentes, tan fieles.
- Eso es cierto.
-Mirá al cielo. Ante de llegar a él te encantarás con árboles de todas las formas y matices. Natura se viste de mil tonos de verde, amarillo, ocres. Y esa pared de inmutable piedra que desafìa al sol.
-En verdad, es imponente.
-Fìjate a la derecha: el lago azul, la cordillera, las cumbres nevadas.
-Una maravilla.
-Y a la izquierda, ¿qué ves?
-Una cascada más grande, un viejo puente de madera, pájaros.
-Pájaros majestosos. Libremente majestuosos.
-Buen lugar, solitario.
-¿Buen lugar para qué?
-Para que mueras, Solitario. Enemigos poderosos acortan la vida.
-Todos morimos algún día.
-Este es tu día, solitario. Lo lamento.
El sonido del agua al caer escondió el ruido del disparo. La blanca espuma se tiñó de rojo.

seme fiel y cuidame al perro

El matrimonio de Jorge y Susana fue celebrado -como se dice- con todos los chiches. Jorge tenía un buen trabajo, lejos de la gran ciudad, en una importante empresa dedicada a la actividad minera; Susana había sido contratado para un cargo de maestra titular en la escuela del pueblo. Una maravilla. Se amaron intensamente durante los dos primeros años de unión conyugal, aunque a pesar de que lo intentaban día a día, hasta quedar exhaustos, ese primer hijo tan deseado no llegaba.
Decidieron efectuar una consulta médica en la ciudad capital de la provincia para tratar de hallar el motivo del fracaso. No solamente consultaron al médico elegido en un primer momento sino a casi todos los profesionales de la especialidad que atendían en la gran urbe local, accediendo incluso a un par de eminentes doctores de la ciudad de Buenos Aires, concretando la pareja hasta el estudio más impensado.
El resultado fue decepcionante, abrumador y terminante. Jorge padecía de un tumor maligno que impedía absolutamente la procreación y su vida estaba limitada a unos pocos meses.
El compañerismo y el amor de la pareja se intensificaron en el tiempo que tardó Jorge hasta llegar a la muerte. El último pedido -casi un ruego- de Jorge a Susana fue el siguiente:
-Susy, sólo te pido un par de cosas: séme fiel y cuidá del perro –se refería a Walter, el perro del padre de Jorge, cuya custodia le fue encargada por el progenitor a su único hijo. Era un legado sagrado que no podía ser obviado.
-No lo dudes mi amor, te lo juro, pero no vas a morir, yo lo impediré -dijo entre lágrimas Susana.
Al día siguiente inhumaron los restos de Jorge que fueron cremados y arrojados en el mar, tal como fue su deseo.
Susana lloró intensamente a Jorge, cuidó de Walter como si fuera su hijo, no salió más a la calle.
Así, paulatinamente, el encierro, la falta de aire fresco, de cielos celestes, de paseos por el lago, de charla con amigos, de la intención de algún amor con pretensiones, la fueron tornando en una sombra. En un par de meses había adelgazado diez kilogramos.
Desapareció el deseo de comer, de reír, de hacer. Su actividad se limitaba a alimentar a Walter que cada día estaba más lozano, rozagante, pleno de vida.
Una tarde pasó por el espejo del living en ropa interior y se asustó. Era un cadáver. Apenas cuarenta y cinco kilogramos para su metro setenta y cinco de altura. Se detuvo a observar detenidamente su cara: ojeras hasta el piso, demacrada, pálida; frente suyo la ventana le mostraba la vitalidad de Walter y la manifiesta injusticia de la imposición de Jorge apareció con claridad en su mente.
Era una estupidez que ella estuviera perdiendo su joven vida mientras que el perro disfrutaba de todos los beneficios e incluso le gruñía y más de una vez intentó morderla al darle el alimento.
-Esto se acabó -exclamó Susana- a partir de esta noche las cosas serán totalmente distintas.
A las veintiuna horas del día de la declaración de la libertad, Susy aprestó su auto y salió de cacería por las calles del pueblo. En la primer esquina, un morocho pintón, con aspecto de canchero, se cruzó frente a su auto. Estacionó el automóvil y lo invitó a subir.
El morocho aceptó y sin protocolos Susana lo tuvo en momentos en su casa y en su cama. Dos meses de malaria desaparecieron en una sola noche. Por la mañana del día siguiente desayunaron algo y la fiesta siguió hasta entrada la tarde. A las diecisiete, el morocho Raúl se despidió con un beso intenso, como para continuarla en otra ocasión.
En el interín, Walter ladraba reclamando su alimento. Ese día no tendría suerte. Susana tenía otros planes: seguir con la cacería. Se duchó, comió algo y, a las veintiuna horas, nuevamente el automóvil de Susana puso rumbo a las calles del pueblo. Esa noche Susy invitó a un fornido rubio de ojos celestes, de unos pocos años. El trámite fue análogo al revuelo amoroso que había disfrutado con Raúl.
Esta vez Miguel se retiró a las dieciséis horas del día siguiente saludando coincidentemente con un beso interminable y la promesa de encontrarse nuevamente.
Walter seguía ladrando por su comida, pero tampoco esa tarde sería atendido por Susana. Prepararse para el combate nocturno era toda su preocupación.
Así continuó Susy con su cacería en los días siguientes sin solución de continuidad y cambiando permanentemente de parejas.
Esa promiscuidad la alentaba; había aumentado, sin límite a la vista, su deseo sexual.
Una tarde, los ladridos de Walter, que se habían transformado en un débil ruego, cesaron. Susana no se dio por enterada. Las chusmas del barrio gastaron el timbre esa noche para reprocharle que había dejado morir el perro de Jorge.
Susana, que había obtenido una pieza de especial calidad, no respondió a las llamadas.
Las vecinas liberaron de la cadena el cuerpo sin vida del animal y lo enterraron en un baldío cercano.
Esa tarde, cuando el bombón que había capturado se marchaba, luego de las caricias de rigor, llamó su atención la ausencia de ladridos de Walter. Fue hasta su cucha y recién allí apreció su ausencia, en el mismo instante que se acercaban dos de las vecinas chusmas.
-¡Y bueno!, se debe haber soltado y se fue con alguna perra -les comentó Susana a las brujas barriales.
-No señora -dijo una de las arpías-. Walter murió de hambre.
-¡Cuánto lo lamento! -dijo Susy exhibiendo un gesto de falso lamento-. Seguramente se habrá reunido con Jorge y ambos estarán felices. Ese pensamiento mitiga mi dolor - concluyó Susy sin poder reprimir una cínica sonrisa mientras le cerraba la puerta de la casa en la cara a las chismosas y se dedicaba de lleno a prepararse para capturar esa noche el ejemplar mejor dotado.

un tipo con buen humor

Levantarse de buen humor es una virtud invalorable. Es el primer paso para disfrutar de un día pleno de buenas cosas. No es una cuestión genética sino un atributo que se va desarrollando en el ejercicio de la vida.
Día a día, la buena onda, el pensamiento optimista, el presentimiento esperanzado, la generosidad con las necesidades del otro, la mano presta a dar la justa ayuda, van forjando esa sonrisa que cada mañana aparece apenas se abren los ojos luego de disfrutar sueños maravillosos.
Miguel era uno de esos tipos afortunados. Ese domingo, como cada día, despertó con el mejor humor, se levantó con envidiable decisión, se pegó una ducha, tomó un par de mates y a disfrutar de ese feriado a pleno sol.
A las diez pasaría por la casa de la morocha que había conocido la noche anterior para dar un paseo por la costanera. Después ambos planearían la actividad para el resto de la jornada.
Se sentía cómodo, rejuvenecido, subió a su automóvil le dio marcha y el motor le respondió con el silencio. Volvió a intentar y nuevamente el mutismo absoluto del corazón de fierro de su automóvil. No podía ser, pensaba, es un cero kilómetro, tres días de uso, no se pudo haber agotado la batería.
¡Eso, la batería!, Miguel había olvidado de apagar las luces y la batería se había descargado. ¿Quién lo podría ayudar? En la calle no había un alma, lo talleres cerrados por ser domingo. Era la segunda vez que le ocurría en tres días, en tres días. ¡Cabecita de novia, cabecita de novia!, murmuró Miguel.
Recordó que un amigo que administraba un restaurante a quince cuadras de allí tenía los elementos para darle vida a la batería. La mañana se iba tornando calurosa, pesada insoportable y las secuelas ambientales se hacían sentir en el físico y la ropa de Miguel.
Mejor que transpire, hago ejercicio y bajo de peso, pensó el optimista Miguel. Luego de cuarenta y cinco minutos llegó a la casa de su amigo. Se cansó de tocar timbre. Una vecina que pasaba le dijo:
-No se gaste don, Javier está de vacaciones en Mar del Plata.
-Y bueno, son cosas que pasan -afirmó Miguel dirigiéndose a la vecina.
Pegó media vuelta, encaró rumbo al lugar donde estaba su auto sin vida. Al subir el cordón de una vereda no vio un pozo que se ocultaba tras una trampa de pasto y su pierna derecha se introdujo en él. Liberarse le costó media hora de su precioso tiempo, la rotura del jean y una profunda herida de la que no dejaba de manar sangre. Entró a una casa, se lavó en una canilla que estaba en el jardín y cuando se colocaba un pañuelo para parar la hemorragia, un agresivo rotterweiller se apoderó de la pierna izquierda de su pantalón sin intención de desistir. Sus filosos dientes lastimaron la otra pierna de Miguel, que tironeando logró zafar y huir mientras de sus miembros inferiores manaba sangre a raudales.
-Ah, qué mal genio su perrito -le dijo Miguel al dueño del can mientras atinó a acariciarlo.
Pasó por una sala de primeros auxilios., lo curaron y le dijeron que hiciera estricto reposo, sin levantarse de la cama durante un par de días, sin hacer trampa; las heridas eran profundas y requerían de cuidado riguroso.
Al llegar al lado de su auto un vecino lo estaba mirando.
-Hola, Miguel, ¿Que le pasó? ¿Por qué tanta sangre?
-Es largo de contar, José. Ahora voy a ver si encuentro algún taller en la guía para conseguir darle carga a la batería.
-¡Pero me hubiera dicho, Miguel! Usted sabe que yo estoy equipado con todos los chiches para salir de cualquier emergencia. Que soy un fana de los autos.
- Tiene razón, José, no me acordé. Soy un bobo -dijo un sonriente y agradecido Miguel.
En un instante, la batería del auto de Miguel volvió a la vida. Miguel agradeció a José, fue a su departamento, se cambió el pantalón y a pesar de la recomendación médica se llegó hasta la casa de Isabel, la morocha que había conocido la noche anterior.
Golpeó a la puerta y un grandote lleno de músculos, con mil cicatrices en la cara y cientos de tatuajes en el pecho, abrió la puerta y preguntó:
-¿Y vos quien sos? ¿Qué querés?
-Yo soy Miguel y vengo por Isabel.
Sin decir palabra, el tipo entró y volvió con un cuaderno.
-Perdiste, viejo. Vos tenías turno a las diez. Ahora la Isabel está trabajando con el cliente de las doce.
-¿Trabajando? ¿De qué?
-¿Está fifando! ¿Qué va a hacer la Isabel?
Asombrado, Miguel sólo atinó a decir:
-Bueno, vengo en otro momento.
-¿Qué otro momento? -dijo la pila de músculos-, antes tenés que pagar los quinientos mangos por el turno.
-Entiendo -dijo Miguel- pero olvidé la billetera.
- Olvidaste la billetera, olvidaste. Llevate este recuerdo de la Isabel, dijo la bestia mientras su puño derecho destrozaba la cara de Miguel. A duras penas y luego de recuperarse de la inconsciencia, Miguel logró levantase del piso. Sus huesos rotos por el golpe del patovica habían deformado su cara, que chorreaba sangre por todos lados.
Subió a su auto, pasó por la sala de primeros auxilios. La enfermera no podía creer el destrozo que podía hacer un solo puñetazo. Lo curaron como pudieron y una ambulancia lo llevo a un centro más complejo para hacer estudios radiológicos y neurológicos.
Todo salió bien y, finalmente, lo que quedaba de Miguel llegó a su departamento. Se miró en el espejo. No se reconoció, se acostó en su cama mientras los calmantes lo adormecían y ensayando una sonrisa pensó: Bueno, al menos con los estudios que me hice comprobé que no tengo nada malo. Seguro mañana será un gran día.
Al día siguiente, por la tarde, la policía, a requerimientos de los vecinos y su empleador, preocupados por no haberlo visto en todo el día ni concurrido al trabajo, forzaron la puerta del departamento de Miguel.
Estaba muerto. Los golpes del gigante le habían provocado una lesión cerebral que no se detectó en el examen neurológico.
En el velorio todos comentaban acerca de la sonrisa que se dibujaba en sus labios grises.

por unas monedas

Juan era el empleado de confianza de la empresa, pero además su buen humor contagioso atraía a la clientela. Feliz de indicar el cerámico más adecuado o la pintura que jamás se alteraría, el artefacto justo para el pequeño ambiente familiar, la herramienta tan buscada que aparecía mágicamente ante los ojos del comprador. Era un tipo feliz con su trabajo. Jamás dudó en quedarse después de hora para terminar de acomodar todo y al final, silbando, marchaba hacia su casa, a dos cuadras apenas del negocio. Solterón empedernido, disfrutaba de la escritura y las buenas películas. Un gran tipo.
La crisis apareció como un impensado terremoto. Una a una fueron cerrando las pequeñas empresas del pueblo. El corralón en que trabajaba Juan no fue la excepción.
Los dueños, gente de bien, le pagaron la justa indemnización. Con ese dinero Juan puso un kiosco que inventó en la ventana del comedor que daba a la calle. Duró unos meses y, acosado por las deudas, no le quedo otra alternativa que cerrar.
Gastó varios pares de zapatos buscando trabajo. Alguna changa de vez en cuando y nada más.
Solo en el mundo, las cosas se le hacían cada vez más difíciles. Comenzó a tener problemas para dormir, a tomar de más, a pelearse por cualquier tontería.
Una tarde que venía de hacer una changa de pintura, pasó por la puerta del casino. Se detuvo, retrocedió y decidió probar suerte. En instantes el dinero ganado con la changa desapareció en la máquina tragamonedas. Esa noche no pudo comprar el pan y fiambre de costumbre. Se acostó sin comer.
Comenzó a mendigar, a mentir, todo por unas monedas, para dejarlas en la casa de juego. Hombre inteligente a pesar de todo, se dio cuenta que se estaba enfermando. Fue a ver a un amigo psicólogo que lo atendió gratis y le advirtió que nunca más pisara ningún casino, que se estaba transformando en un ludópata, en un adicto al juego, que entrar allí era condena a reclusión perpetua, no se salía nunca más.
Juan caminaba todas las mañanas kilómetros y kilómetros para cansarse y así dormir profundamente, para que la tentación del juego no lo atrapara. Escribía sin cesar, hacía cualquier cosa para llenar su tiempo libre hasta que llegara el trabajo salvador que le habían prometido.
Una noche llega Mario, el dueño de la pequeña envasadora que le había hablado del posible empleo. Se abrazó llorando a Juan mientras repetía una y otra vez ¡lo lamento!, Juan, ¡lo lamento! La envasadora también había sido víctima del caos económico y financiero.
Juan retornó a las changas y al casino. Volvió a mendigar, a mentir, a pedir prestado, hipotecó la casa. La rueda de la mala fortuna y la máquina tragamonedas le arrebataron todo. Llorando asistió al remate inexorable de su casa. El oficial de justicia, el doctor Cuervo y la policía sacaron sus pocos muebles y la ropa que arrojaron en la vereda. Juan tomo unas pocas cosas, las colocó en un carrito de supermercado y en el primer baldío hizo su refugio. Siguió pidiendo unas monedas al ocasional transeúnte y cada moneda se perdía en el casino.
Una tarde, mareado por el vino barato que lo consumía tanto como el juego, buscó entre sus trapos algo para comer. No halló nada para su estómago, sólo una vieja pistola de juguete del tiempo que había intentado una familia. La colocó en un bolsillo de su sobretodo. Trataría de venderla, algo le darían y podría ir al casino a hacerse unos tiritos.
Se acercó a la juguetería del barrio y extrajo el arma de fantasía para ofrecérsela en venta al dueño, que al ver la pistola, en un movimiento instintivo, sacó su revólver del cajón de la caja registradora. Le disparó al aparente ladrón y la vida de Juan dejó de ser.
Corriendo hacia el cuerpo inerte de Juan, el comerciante tiró el cajón de la caja registradora con la recaudación del día. Veinte pesos en monedas rodaron velozmente escondiéndose en los rincones del negocio para no ser atrapadas.

débil corazón

Juan era un joven de diecinueve años, atractivo, lleno de sueños e ilusiones. Corrían los años setenta y tantos; los militares tenían el poder y la última decisión sobre la vida de los habitantes. Ello no era de inquietud para Juan. Su vida era trabajar, estudiar abogacía y pasar todo el tiempo que podía con su novia, María.
Ese 26 de julio fue una de las jornadas mas frías que se recuerden. La madre de María invitó a Juan a que se quedara a dormir. Su cachivache se había descompuesto y andaba de infantería. Ello se sumaba al intenso frío; el débil corazón de Juan imponía que aceptara el convite.
Se durmió en un sillón del living. A la una de la madrugada, el padre de María, José, se despertó con un intenso dolor en el estómago, acompañados de hemorragias intensas.
María y su madre, Ángela, impotentes, lloraban desconsoladamente. Se necesitaba un médico y eso estaba a treinta cuadras de la casa de María.
Juan no dudó. Se abrigó con cuanta prenda encontró y salió rumbo al Hospital Vecinal a buscar una ambulancia y asistencia médica. Sabía que salir caminando de noche, un joven solo y sin documentos –los había olvidado en su casa-, podía ser fatal. A paso firme encaró el camino al nosocomio. Cada dos cuadras descansaba pues el problema cardíaco lo dejaba sin aire. Finalmente, y con la suerte de no haberse topado a ninguna patrulla militar en el camino, llegó al Hospital.
Con desconfianza lo atendieron en la guardia. Un cabo que estaba de custodia lo revisó con minuciosidad. Juan pidió hablar con el médico a cargo. Todo el mundo desconfiaba; eran tiempos violentos y las trampas y celadas estaban a la orden del día. El llanto desconsolado de Juan imaginando la muerte de José desangrado en la cama, terminó convenciendo al médico de turno y con una enfermera, guiados por Juan, se llegaron hasta la casa de María. José estaba muy mal. Lo sujetaron a una camilla y al llegar el quirófano fue el destino inmediato de José.
Luego de tres largas horas de trabajo médico, el cirujano salió satisfecho. Le dijo a Juan que todo estaba bien, que él se encargaría de avisar a María y su madre, que se fuera a su casa a descansar. Había sido demasiado trajín para su enfermo corazón.
Ya a una cuadra de su casa lo para un móvil militar. Bajan dos soldados y un jefe. Enfocan su cara con una linterna y el jefe, luego de aplicarle a Juan un terrible puñetazo en pleno rostro, le dice:
-¡Te atrapamos al fin, Bilar! Te descuidaste y vas a hablar.
-¡Están equivocados! ¡No soy ese tal Bilar! ¡Soy Juan Rodríguez! Vivo en la otra cuadra, llévenme y comprueben que digo la verdad.
-¡Querido Jorge Bilar! Te busco hace tres meses, sos el jefe de la guerrilla en el Sur, tengo el rostro del guerrillero marcado a fuego en la mente y ese rostro es el tuyo.
-¡No, se equivocan! ¡Pregunten en casa!
-¡Vamos, subí al auto! ¡En el destacamento nos contás!
Al llegar a la sede militar lo desnudaron y lo colocaron en una camilla ubicada en un calabozo. Lo sujetaron y comenzaron a hacerle submarino seco. La muerte parecía inminente. Lo levantaron y lo comenzaron a golpear entre cuatro mientras le gritaban que diera los nombres y ubicación de sus compinches.
Juan se cansó de decir que no sabía nada, que era un error. Volvieron a colocarlo en la camilla. Lo bañaron en agua fría y comenzó la picana. En los genitales, las encías, el corazón.
Fue el fin. El alma noble de Juan dejó su cuerpo duramente maltratado, cruelmente lastimado. Al día siguiente los militares llamaron a Ricardo y Mabel, los padres de Juan. Le dijeron que lo habían encontrado muy golpeado en el medio de la calle.
-Alguna patota, seguramente -dijo el capitán a cargo-. Los médicos hicieron todo lo posible, pero fue inútil, lo lamento.
El llanto desconsolado fue la respuesta de Mabel mientras se aferraba al cuerpo inerte de Juan. El silencio y la mirada fija y hostil puesta en los ojos del capitán le hicieron saber al oficial que era un miserable asesino.