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Al fin María

Las cosas buenas que pretendemos en la vida van adquiriendo en el diario transcurrir una calificación diferente acorde con el avance de nuestras expectativas y el transcurso del tiempo.
Así en la adolescencia nuestras intenciones a futuro son berretines, parientes previos y casi marginales de las ilusiones que guían nuestros pasos en la juventud y que sin prisa pero sin pausa nos van llevando a los sueños vagabundos que acariciamos en la edad adulta y que al topar con el último tercio se transforman en inquietud que nos insta a pelear  por las grandes causas.
Horacio de mocoso vivió el berretín de María. Única, morocha, pollera gris, blazer azul, estallido de picardía, el mar, la arena.
Gran momento, los buenos tiempos, los días felices esos que nunca pasan que permanecen intactos en el corazón.
Noches interminables, días gloriosos, plenos de sol y celeste cielo, amistades para toda la vida, el beso robado atrevidamente, el inolvidable primer contacto con el amor y María.
El transcurrir, jornadas tras jornadas, imperceptible, no contadas, el tiempo que fluye cual agua entre los dedos y la juventud que se hace presente con su bagaje de sueños y María.
Insolente el gris, el grito, la represión, ideales que no se dan por vencidos, que son pisoteados, arrojados al río, búsquedas que terminan en un encuentro con el golpe artero, con la agresión sin sentido, con la amenaza, con la muerte con la perdida, sin María.
El fin de la locura, la sensatez, los hijos, la justicia, la ceguera, el derecho, la vida en familia, domingos de asado, guitarras, amigos y canciones, sueños vagabundos que nos acarician cada día, esperanzas de un buen futuro, trabajo sin pausa, obstinación por los valores, risas, plenitud, todo es posible. Rey del mundo, sin María.
El pelo se tiñe de gris, torna blanco, pelea por las grandes causas, solitario, insistente, afán de ganar a cualquier precio, renovada juventud, el mar, la arena y al fin María.
Los verdores renacen aunque a veces se hagan esperar.

el parquero

Hay jornadas que son absolutamente agotadoras, donde nos suceden mil imprevistos, cuando la mente se agota resolviendo las cuestiones más complejas, mientras el cansancio se convierte en un asunto integral y el cuerpo clama por esa cama blanda convertida en tibio y anhelado refugio.
Jorge culminó ese lunes destruido. Llegó a su departamento, se dirigió al dormitorio, se quitó la ropa -que fue a parar al destino que dispuso el azar-, se mezcló con las sábanas, tomó la autopista de los sueños y aceleró con destino a su bello mundo de ilusión.
Cuando una sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus labios, siente que alguien lo llama por su nombre a la vez que lo toca en la espalda.
-Jorge, vamos, levantate, es hora de partir.
Jorge pensó que era un pequeño escollo con el que había topado camino a sus sueños y acomodó su cabeza sobre la almohada.
-Vamos, Jorge, estoy cansado. Hay que marchar, ya se está haciendo tarde.
Ante esta nueva interpelación, Jorge se da vuelta y al hacerlo se encuentra sentado en su cama a un hombre con inmensas ojeras, la tez amarilla como si estuviese padeciendo de una pancreatitis terminal, todas las arrugas del mundo se habían apoderado de su cara.
-¿Usted quién es? -preguntó asustado Jorge.
- No empecemos con el jueguito de las preguntas! ¡Eso me pone loco! -exclama el extraño.
-¡Qué loco ni loco! Esta es mi casa y yo a usted no lo conozco. Luego usted es un extraño que entró subrepticiamente a mi hogar con la intención de robarme o quiza pretendiendo algo peor.
-Acertaste, Jorge.
-Usted va a robarme -añadió Jorge.
-No, es algo peor.
-No me diga que va a golpearme o que intentará satisfacer sus bajos instintos
-No, nada de eso.
-¿Entonces qué? -interrogó Jorge.
-Entonces dejemos este estúpido diálogo y acompañame. Soy el representante de la muerte, el Parquero que ha venido a buscarte y estoy cansadísimo.
-¡Como va a ser la el representante de la muerte! Recién cumplí veintiséis años, tengo un estado físico perfecto, acabo de hacerme un chequeo y el médico me dijo que todo estaba bien.
-Tu médico es un mentiroso o un ignorante. Acabas de sufrir un infarto masivo y tu vida fue.
-Discúlpeme, señor, con todo el respeto que me merece, a mi no me agarró nada. Compruebe mi pulso, el ritmo de mi corazón, esta vuelta carnero no la puede hacer ningún fiambre.
El Parquero lo mira detenidamente a Jorge, sorprendido por la espectacular vuelta carnero que realizó sobre la cama. Saca una libreta de apuntes, llena de nombres y fechas y pregunta.
-¿Usted es Jorge Morel?
-No, señor. Yo soy Jorge Martinez.
-¡No puede ser! ¡No puede ser! Era el último y a la cama y ¡me equivoco! -se lamentó el Parquero mientras un lagrimón se escapaba de sus ojos rojos y hundidos.
-Bueno, señor , no se ponga así, un error lo tiene cualquiera.
-No, esto no puede ser. ¡Es la quinta vez que me pasa en la semana! ¡Es el mobbing! ¡Mis jefes me están volviendo loco!
-¿Qué es eso del mobbing? -pregunta jorge.
- Hostigamiento laboral. ¡Esos avaros de los de arriba, cada vez me dan más trabajo! Suprimieron la oficina de muertes violentas y triplicaron mi responsabilidad. Todavía me quedan dos años para jubilarme.
-Mi amigo, yo creo que usted ha pasado la edad jubilatoria.
-No, los Parqueros nos jubilamos a los doscientos años y yo recién cumplí ciento noventa y ocho. ¡Ay, que cansado que estoy! ¡Encima se me pinchó una rueda del parcamovil que estacioné abajo y no tengo herramientas ni fuerzas para cambiarla.
Jorge miró piadosamente a esa masa informe, amarillenta, llena de arrugas, con pelo ralo, lloriqueando. Haciendo gala de su natural generosidad le dice:
-Mire, yo puedo irme a dormir a la casa de mi novia. Tome mi cama, descanse. Con un amigo le arreglamos la rueda del parcamovil y cuando esté repuesto vuelva a su trajín. Cuando se vaya deje las llaves debajo de la alfombra.
-¿Usted haría eso por mí? -interroga el Parquero.
-Por supuesto. Descanse. Yo me encargo de todo.
-¡No sabe cuánto le agradezco!
-No es nada, adiós y suerte -se despide Jorge.
Con su amigo Manuel cambia el neumático averiado del parcamovil, y se llega hasta la casa de su novia Julieta.
-¿Qué hacés a esta hora aquí, Jorge? ¡Son las dos de la mañana! –apunta Julieta
-Tuve un impulso irrefrenable por verte, mi amor. ¡Quiero estar con vos hasta que la muerte nos separe!
La tibia cama de Julieta y la ternura de sus besos sepultaron en el olvido al Parquero y sus amarillentas arrugas. Temprano en la mañana Jorge volvió a su departamento. Debajo de la alfombra estaba la llave. Abrió la puerta y sobre la mesa del living una nota: “Estimado Jorge: Gracias por la hospitalidad. Consulté mis anotaciones y tendrás una larga y dichosa vida. Perdón por el error. Un abrazo. El Parquero”.

olvido

Virginia no toleraba la soledad. Se le había tornado insoportable. Le molestaba el silencio, ese invencible silencio que invadía cada rincón de la casa. Su despiste se había agudizado. Todo lo perdía, no recordaba donde ponía las cosas, la cabeza en otro lado. Siempre ausente. Cuando salía dejaba sus pertenencias en cualquier lado. Así había extraviado desde celulares hasta carteras.
La nostalgia, el pasado que no quería marchar, había acentuado su falta de atención en las cosas. No podía resignarse. Había sido muy feliz con Carlos, su marido. Fallecido demasiado joven, tenía apenas cuarenta años. Nunca olvidaría el instante en que se desplomó en plena calle, junto a ella y su desesperación. Infarto masivo, dijeron los médicos.
Tanto lo lloró. Aún lo extrañaba. Sus manos siempre calientes, su suavidad, las caricias en la espalda al despertar, mil recuerdos. Pero todo eso había sucedido hace mucho tiempo.
Hoy Virginia tenía cincuenta años y había decidido poner fin a la soledad, al vacío, al silencio. El gran obstáculo era su invencible timidez. Esa prisión sin rejas que la mantenía aislada de todo y de todos.
Una amiga le sugirió que accediera a Internet. Que chateara con alguien. Conocer a otro sin necesidad de mirarlo a la cara ni hablar. Solamente el teclado y la pantalla. Enormes dificultades al principio. La compu no era su fuerte, pero en poco tiempo le tomó la mano y comenzó a concretar las conexiones más increíbles.
Llegó a la conclusión que los hombres estaban locos. Que este medio era inadecuado. Argumentos extravagantes, propuestas indecentes, aventuras estrafalarias. No. Ese no era el medio apropiado.
A punto de abandonar se conectó con Manuel, un cincuentón como ella, de decir pausado, atinado, una vida razonable, buen trabajo, ordenado, atento. Eso, atento. Podría suplir su habitual despiste.
Manuel le contó que había enviudado hacia un par de años y que a pesar de buscar una buena compañera no lo había conseguido. Era un hombre común, con gustos comunes, el justo medio según su parecer.
Virginia lo marcó como su hombre. Esa sería su pareja, estaba decidido. Lo que ignoraba Virginia era que Manuel no era Manuel. Su verdadero nombre era Miguel Correa, un abusador sexual irredimible, múltiple, sin límites, que utilizaba Internet para dar con sus presas. Era un tipo violento. La vida misma de Virginia estaba en serio peligro. Un individuo muy enfermo, perverso, sádico y Virginia había caído en la trampa.
En cualquier caso, si bien ella ya había hecho su elección no se atrevía a encontrarse y enfrentar a Manuel cara a cara. Era una mujer bella, amiga del gimnasio, su piel suave y morena, sonrisa franca, blanca, maravillosa. Su aspecto físico no era el problema, sino su timidez, ser corta de genio, como le decía una amiga.
Finalmente se pactó el encuentro. Sería en un restaurante de Puerto Madero; una cena en un buen lugar a las veintiuna horas exactas del día viernes dieciocho de septiembre.
Para reconocerse ella llevaría un saco color rosa con un prendedor dorado y él, un clavel en el ojal.
Faltaban dos semanas pero Virginia ya estaba histérica. No podía dormir. Mil pesadillas incomprensibles.
Todos los días salía a mirar ropa, zapatos, carteras para el acontecimiento. Nada la conformaba. La ansiedad le impedía decidir con prudencia y tranquilidad. Mientras tanto Manuel preparaba la trampa; cenarían, se ganaría su confianza y al salir abusaría de ella en algún descampado. No había resuelto si la mataría. Esa era una decisión puntual que habitualmente dejaba librada al azar, a cómo se desarrollaban los acontecimientos, la actitud de la victima, su resistencia, nada en particular. Su propio arbitrario siempre definía la situación. Era la frutilla del macabro plan, el sello de su maldita locura.
El dieciocho, Virginia despertó inquieta. En verdad no había pegado un ojo en toda la noche. Ya había decidido no ir a la cita. Apagaría la compu para siempre. Una corta caminata, almorzaría con alguna amiga, después un par de sedantes y a dormir hasta el diecinueve al mediodía.
Mientras se duchaba pensaba que no podía ser tan cobarde. Tenía que vencer su timidez al menos una vez. Esta era una buena oportunidad para acabar con la soledad. Se secó con cuidado, la mente era un gran barullo, se vistió con un jogging cómodo y salió a andar.
Horas caminando. Cuando volvió a la realidad, eran las diecisiete horas. Definitivamente acudiría a la cita.
Un baño de inmersión la relajó, se maquilló como hacia años no lo hacia. Buscó un vestido negro atrevido que destacaba su apetecible figura, el saco rosa, el prendedor dorado; dos vasos generosos de coñac le dieron el valor que necesitaba. Se miró en el espejo, una sonrisa de aceptación, pidió un taxi y el restaurante convenido fue su destino.
Al llegar ingresó al local, se sentó a una mesa y allí advirtió que su ansiedad y su despiste le habían hecho llegar a la cita una hora antes de lo convenido. Pidió una bebida light y resolvió esperar. Su mirada recorría el lugar. Al llegar a la barra se detuvo y el corazón le dio un vuelco. Apoyado en ella un hombre morocho, bien parecido, de unos cincuenta años, con un traje manifiestamente pasado de moda pero impecable y con un clavel en el ojal de la solapa.
Cambió el trago light por un buen coñac. Lo tomó con avidez, el corazón no dejaba de latirle aceleradamente, no podía calmarse mientras miraba disimuladamente al señor del clavel en el ojal.
Era Manuel, pensó. Se había adelantado como ella. Al segundo coñac se animó a hacerle señas. El señor estaba en otra cosa. No atendía sus requerimientos. Al tercer coñac se levantó, se ubicó justo al lado del señor del clavel en el ojal y le dijo ¡Hola Manuel!
El señor del traje pasado de moda la miró con sorpresa. Le dijo que había alguna confusión, que su nombre no era Manuel, que se llamaba Julián Pérez. Ella trató de explicar: ¡el clavel en el ojal!
Ah, apuntó Julián. Siempre lo llevo cuando uso este traje. Una cábala de buena suerte. Me gusta jugar de vez en cuando y hoy pensaba tirar unas fichas en el casino, agregó.
Al ver que Virginia no podía mantener el equilibrio, Julián la acompañó hasta la mesa. Le pidió un café cargado y le dio para tomar una pastilla milagrosa. Su gran secreto para hacer desaparecer la más tenaz borrachera. Virginia tomó el café y la pastilla, paulatinamente se fue sintiendo bien, normal.
La charla se impuso. Julián le contó que era un solterón empedernido, que no tenía suerte con las mujeres, que vivía solo aún cuando algunas veces el departamento le parecía demasiado grande, vacío, silencioso.
Virginia escuchaba con atención. Julián tenía todo el aspecto del buen tipo. Atento, cuidadoso, su voz era suave, tranquilizadora y además era muy bien parecido.
Su conversación era amena, agradable. Había tenido una vida interesante pero ordenada, sin excesos. Una que otra aventura, alguna travesura, tal vez un desliz. Lo que más atraía a Virginia eran los ojos mansos de Julián, claros y transparentes como el lago de su pueblo natal.
Se sentía bien en su compañía. Muy bien. Su mano no se había separado de la de Julián desde que la había acompañado hasta la mesa. La dejó ahí. Estaba cómoda. Le hacia sentir segura.
Julián la invitó al casino. Apostarían unas fichas y después podían cenar en el restaurante del hotel donde estaba la sala de juegos.
Virginia tomó el brazo de Julián y juntos salieron del restaurante rumbo al casino.
Detrás de ellos llegó Manuel. Comenzó a buscar a Virginia mesa por mesa. Desesperado y furioso por no encontrarla, tropezó con una silla que cayó al suelo y junto con ella un saco rosa con un prendedor dorado que había sido apoyado en su respaldo.

un tipo con buen humor

Levantarse de buen humor es una virtud invalorable. Es el primer paso para disfrutar de un día pleno de buenas cosas. No es una cuestión genética sino un atributo que se va desarrollando en el ejercicio de la vida.
Día a día, la buena onda, el pensamiento optimista, el presentimiento esperanzado, la generosidad con las necesidades del otro, la mano presta a dar la justa ayuda, van forjando esa sonrisa que cada mañana aparece apenas se abren los ojos luego de disfrutar sueños maravillosos.
Miguel era uno de esos tipos afortunados. Ese domingo, como cada día, despertó con el mejor humor, se levantó con envidiable decisión, se pegó una ducha, tomó un par de mates y a disfrutar de ese feriado a pleno sol.
A las diez pasaría por la casa de la morocha que había conocido la noche anterior para dar un paseo por la costanera. Después ambos planearían la actividad para el resto de la jornada.
Se sentía cómodo, rejuvenecido, subió a su automóvil le dio marcha y el motor le respondió con el silencio. Volvió a intentar y nuevamente el mutismo absoluto del corazón de fierro de su automóvil. No podía ser, pensaba, es un cero kilómetro, tres días de uso, no se pudo haber agotado la batería.
¡Eso, la batería!, Miguel había olvidado de apagar las luces y la batería se había descargado. ¿Quién lo podría ayudar? En la calle no había un alma, lo talleres cerrados por ser domingo. Era la segunda vez que le ocurría en tres días, en tres días. ¡Cabecita de novia, cabecita de novia!, murmuró Miguel.
Recordó que un amigo que administraba un restaurante a quince cuadras de allí tenía los elementos para darle vida a la batería. La mañana se iba tornando calurosa, pesada insoportable y las secuelas ambientales se hacían sentir en el físico y la ropa de Miguel.
Mejor que transpire, hago ejercicio y bajo de peso, pensó el optimista Miguel. Luego de cuarenta y cinco minutos llegó a la casa de su amigo. Se cansó de tocar timbre. Una vecina que pasaba le dijo:
-No se gaste don, Javier está de vacaciones en Mar del Plata.
-Y bueno, son cosas que pasan -afirmó Miguel dirigiéndose a la vecina.
Pegó media vuelta, encaró rumbo al lugar donde estaba su auto sin vida. Al subir el cordón de una vereda no vio un pozo que se ocultaba tras una trampa de pasto y su pierna derecha se introdujo en él. Liberarse le costó media hora de su precioso tiempo, la rotura del jean y una profunda herida de la que no dejaba de manar sangre. Entró a una casa, se lavó en una canilla que estaba en el jardín y cuando se colocaba un pañuelo para parar la hemorragia, un agresivo rotterweiller se apoderó de la pierna izquierda de su pantalón sin intención de desistir. Sus filosos dientes lastimaron la otra pierna de Miguel, que tironeando logró zafar y huir mientras de sus miembros inferiores manaba sangre a raudales.
-Ah, qué mal genio su perrito -le dijo Miguel al dueño del can mientras atinó a acariciarlo.
Pasó por una sala de primeros auxilios., lo curaron y le dijeron que hiciera estricto reposo, sin levantarse de la cama durante un par de días, sin hacer trampa; las heridas eran profundas y requerían de cuidado riguroso.
Al llegar al lado de su auto un vecino lo estaba mirando.
-Hola, Miguel, ¿Que le pasó? ¿Por qué tanta sangre?
-Es largo de contar, José. Ahora voy a ver si encuentro algún taller en la guía para conseguir darle carga a la batería.
-¡Pero me hubiera dicho, Miguel! Usted sabe que yo estoy equipado con todos los chiches para salir de cualquier emergencia. Que soy un fana de los autos.
- Tiene razón, José, no me acordé. Soy un bobo -dijo un sonriente y agradecido Miguel.
En un instante, la batería del auto de Miguel volvió a la vida. Miguel agradeció a José, fue a su departamento, se cambió el pantalón y a pesar de la recomendación médica se llegó hasta la casa de Isabel, la morocha que había conocido la noche anterior.
Golpeó a la puerta y un grandote lleno de músculos, con mil cicatrices en la cara y cientos de tatuajes en el pecho, abrió la puerta y preguntó:
-¿Y vos quien sos? ¿Qué querés?
-Yo soy Miguel y vengo por Isabel.
Sin decir palabra, el tipo entró y volvió con un cuaderno.
-Perdiste, viejo. Vos tenías turno a las diez. Ahora la Isabel está trabajando con el cliente de las doce.
-¿Trabajando? ¿De qué?
-¿Está fifando! ¿Qué va a hacer la Isabel?
Asombrado, Miguel sólo atinó a decir:
-Bueno, vengo en otro momento.
-¿Qué otro momento? -dijo la pila de músculos-, antes tenés que pagar los quinientos mangos por el turno.
-Entiendo -dijo Miguel- pero olvidé la billetera.
- Olvidaste la billetera, olvidaste. Llevate este recuerdo de la Isabel, dijo la bestia mientras su puño derecho destrozaba la cara de Miguel. A duras penas y luego de recuperarse de la inconsciencia, Miguel logró levantase del piso. Sus huesos rotos por el golpe del patovica habían deformado su cara, que chorreaba sangre por todos lados.
Subió a su auto, pasó por la sala de primeros auxilios. La enfermera no podía creer el destrozo que podía hacer un solo puñetazo. Lo curaron como pudieron y una ambulancia lo llevo a un centro más complejo para hacer estudios radiológicos y neurológicos.
Todo salió bien y, finalmente, lo que quedaba de Miguel llegó a su departamento. Se miró en el espejo. No se reconoció, se acostó en su cama mientras los calmantes lo adormecían y ensayando una sonrisa pensó: Bueno, al menos con los estudios que me hice comprobé que no tengo nada malo. Seguro mañana será un gran día.
Al día siguiente, por la tarde, la policía, a requerimientos de los vecinos y su empleador, preocupados por no haberlo visto en todo el día ni concurrido al trabajo, forzaron la puerta del departamento de Miguel.
Estaba muerto. Los golpes del gigante le habían provocado una lesión cerebral que no se detectó en el examen neurológico.
En el velorio todos comentaban acerca de la sonrisa que se dibujaba en sus labios grises.

destino

La vida es un montón de sucesos aleatorios, de acontecimientos fortuitos y tenemos la soberbia de creer que nosotros somos sus dueños, que la manejamos según nuestra voluntad, poder o decisión. Con el transcurso inexorable del tiempo nos damos cuenta de la torpeza de nuestra inicial omnipotencia. De un día para el otro de la cumbre pasamos al fondo del pozo más profundo.
Nadie tiene el éxito asegurado, sólo el destino dirá en última instancia si aún con mucha pelea y habilidad para esquivar los malos ratos el último tercio no encontrará medianamente enteros, con algo de ganas, con una pizca de voluntad.
La vida de Jorge, amigo desde siempre, es un ejemplo claro de lo que acabo de decir.
En efecto, Jorge nació en cuna de oro y su vida inmediatamente posterior a sus primeros pasos una roja alfombra sin baches ni obstáculos. Un tipo más que pintón, elegía la mujer con la que saldría cada día, toda la plata del mundo, deportista, trabajador y buen tipo.
Multiplicó cien veces la fortuna de su padre; genial para todo pero especialmente para los negocios. Todo lo que tocaba se convertía en pura riqueza.
Amaba la naturaleza y la disfrutaba. Conocía los lugares más espectaculares del mundo, los escenarios únicos de la natura. Gozaba ampliamente de este paso por el mundo aunque su respeto estricto por los valores como el honor, la decencia y la honestidad le generaba más de un problema en el ambiente de avaricia y especulación en que debía moverse para concretar sus ambiciones.
Justamente sus enemigos -que eran muchos más que sus amigos- armaron una trampa para desacreditarlo.
Un día apareció en los diarios nacionales y locales que, según fuentes bien informadas, la enorme fortuna de Jorge no tenía como fundamento su habilidad para los negocios sino la fabricación y tráfico de droga en todos los países del mundo. Decían que se aprovechaba de la pobreza de los más vulnerables. Que tenía legiones de esclavos viviendo en condiciones infrahumanas en galpones donde se producían, almacenaban fraccionaban y vendían a gran escala todas las drogas duras como la cocaína, heroína, ácido.
Denuncias múltiples, cientos de testigos, tribunales complacientes con los enemigos de Jorge, pago de coimas, una gran trama de desprestigio que poco a poco fue teniendo éxito. Las acciones de las empresas de Jorge caían en picada. Un par de mujeres importantes ligadas con la prostitución resaltaron el protagonismo de Jorge en la trata de mujeres y niños y el tráfico de armas.
En poco más de dos años Jorge estaba destrozado económica y anímicamente. Le acercaron un dama de aspecto angelical que lo introdujo en el consumo de alcohol y estupefacientes. La degradación total estaba a un paso: nadie quería escuchar hablar de él, darle una mano, retribuir la antigua generosidad de Jorge. La venta de sus últimos bienes importantes y la inversión de su producido fue la estocada final.
Una noche llegó a su mansión, que ya no era de él, buscando a María, la angelical damita que sus enemigos le habían obsequiado. Una breve misiva sobre la mesa del comedor le decía que había marchado, que no la buscara.
Totalmente borracho tomo una botella de whisky, ganó la calle y sus pasos se dirigieron hacia las vías del tren. Se sentó en un viejo paredón que lo había albergado en su niñez, cuando se escapaba de sus rigurosos tutores y en su rostro se dibujaba una sonrisa al paso de los trenes, mágicos para su inquieta mente infantil.
A lo lejos apareció la luz del expreso de las 3.30. No dudó. Se sentó en cuclillas sobre unos durmientes mirando la luz que se acercaba. Con ansiedad bebió el alcohol que había llevado para la ocasión.
La botella vacía, portando el que debió ser su último trago no abandonó la mano de Jorge cuando la luz de la poderosa locomotora coincidió con su destino.