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soledad

Esta vida dura y compleja muchas veces nos invita a obviar la realidad y aferrarnos a la fantasía de nuestros sueños, maravillosos, confiables, inmutables.
Pero nada es absoluto, ni siquiera los sueños que a veces nos sorprenden, juegan con nuestra ilusión, nos confunden y la alegría nocturna torna en tristeza y duda.
Mario era titular de una vida trajinada, ruda. Para él, encontrarse con su mundo de sueños donde la bella Soledad era exclusiva y excluyente protagonista, era su máxima ambición. Así, cada noche le otorgaba ese pedacito de esperanza que no encontraba en la realidad.
Soledad era -como dijimos- la estrella de cada una de sus noches. Charlas, caricias, besos, amor con pretensión de eternidad. Pasaron dos años desde el primer encuentro y el cariño entre Mario y Soledad no tenía baches ni tropiezos. Era una relación maravillosa, para siempre, sin fisura.
Una noche Soledad no se hizo presente. Al despertar Mario, su alma estaba llena de ausencia. Una profunda tristeza lo acompañó durante el día. Al llegar la noche accedió a sus sueños con una actitud entre esperanzada y escéptica. Aunque una sonrisa recibió la presencia de Soledad, Mario no tardó en comprender que algo andaba mal. El comportamiento de su amada nocturna había variado: rechazó cualquier tipo de caricia, ningún beso y se marchó rápidamente.
Abrumado y sin poder entender, Mario soportó otra jornada de angustia e inquietud. Un mal presentimiento le impedía esa noche llegar a sus sueños. Cuando al final el cansancio dio paso al misterio, se encontró una nota en el banco de sus encuentros con Soledad. La leyó con avidez. Decía: “Disculpame, Mario, lo nuestro tiene que terminar, me enamoré de Sergio García y sus sueños me han ganado”.
Se despertó transpirando. Eran las dos de la mañana. No podía ser. Sergio García, su mejor amigo le había robado la mujer de sus sueños. No pudo dormir más. Ese día faltó al trabajo y la depresión le impidió levantarse de la cama. Se durmió. Una noche sin ilusión. A la madrugada despertó sobresaltado.
Sergio García estaba muerto por Gloria, la hermana de Mario. Una loca idea vino a su mente. Ese domingo haría un asado en su caso invitaría a Sergio y aunque ignoraba que los sentimientos de su hermana respecto de Sergio, era una posibilidad.
El domingo gran asado. Para decepción de Mario, Sergio y Gloria prácticamente no se hablaron. Con la sensación de fracaso pintada en rostro, se sentó pálido en un banco del jardín. Gloria se percató que Mario no estaba bien, también lo apreció Sergio. Ambos acudieron a asistirlo. Cuando la mano de Gloria tocaba la frente de Mario su piel rozó el brazo de Sergio que intentaba animar a su amigo. Se miraron, Mario sonrió con picardía, los tres se abrazaron. A partir de ese momento Sergio y Gloria no se separaron hasta la despedida, bien entrada la noche.
Al acostarse. Mario aguardó a Soledad que brilló por su ausencia. Pensó que había sido una idea tonta. Sergio durante el día era titular de las caricias de su hermana y por la noche Soledad lo visitaba en sus sueños. Pasaron un par de noches en que Mario tomó un par de sedantes para dormir profundamente.
A la tercera se olvidó y allí apareció Soledad. Tan hermosa y sonriente como en los buenos tiempos.
-¿Donde estuviste los últimos dos sueños? Vine a buscarte y no estabas -dijo Soledad.
-Un problema en el trabajo -se excusó Mario.
-Mario, fui una tonta. Jamás debí dejarte. Sergio no valía la pena. Me engañó en su sueño con una tal Gloria. Ahí me dí cuenta de que cometí un gran error. Que mi amor por vos nunca dejó de ser.
-Mi querida Soledad. Todos cometemos errores. Pero siempre está la posibilidad de repararlos si el arrepentimiento es sincero. Yo te amo intensamente. ¿Y tú, Soledad? ¿Tú me amas?
-¡Con toda el alma, Mario! ¡Con toda el alma, por el resto de tus sueños!

chica de seda

Para la bella Helena, de un poeta amigo de las lágrimas de amor

No llores chica de seda
que la vida es ilusión
lo que hoy es gran traición
será olvido apenas pueda

Sin duda solo un tropiezo
que el tiempo lo hará morir
y a poco de transcurrir
será un suceso travieso

Toda pena es contingente
es un asunto puntual
mañana no será igual
Tendrás mil cosas en mente

Eres toda juventud
hermosura de mujer
ya hallarás otro querer
hoy yo brindo a tu salud

Ningo*

vez primera

La decisión del primer beso es la más crucial en cualquier
historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición. Emil Ludwig


Cabello de trigo y fresca la tez
brillantes los ojos franca la mirada
corazón intenso, alma esperanzada
genial el amor de primera vez

Tu piel y mi piel, toda la pasión
tus labios, mis labios, el beso anhelado
momento de gloria, instante soñado
mis brazos, tu talle, plena la ilusión

Sabe fresco el césped, sonido del río
franca la sonrisa, es nuevo el candor
y se de tu pecho, ausente el rubor
el tiempo, el lugar y el cariño mío

Y fue maravilla, bella adolescencia
la dama preciada, tan apetecida
la llevo en la mente por toda la vida
querer entrañable, jamás es ausencia

sin límites

Juan se despertó con una franca sonrisa. Se levantó de un salto, abrió las ventanas y un cielo celeste sin nubes coincidió con su estado de ánimo.
Se miró al espejo en voz alta y se dijo "Feliz cumple, Juan, hoy será un gran día". Se afeitó con cuidado, se duchó disfrutando de la lluvia tibia, se secó, eligió la mejor ropa deportiva que tenía y satisfecho con su apariencia salió de su casa, se subió al auto recién comprado y puso rumbo al aeropuerto.
Hoy, después de dos semanas de nostálgica espera, su esposa Graciela y su hijo Miguel, de apenas seis años, retornaban de la corta visita a la familia de su mujer que residía en Madrid.
El auto se llenó de música romántica tarareada por Juan. Llegando a la estación aérea apreció un movimiento inusual que en un primer momento le pareció curioso y que empezó a preocuparlo. Un cordón policial no dejaba estacionar hasta quinientos metros antes de llegar al aeropuerto.
La ansiedad se instaló en el ánimo de Juan. A la distancia podía apreciar una columna de humo, a medida que se acercaba a la estación aérea los malos pensamientos se acrecentaban. Al llegar, el presagio pesimista se transformó en una amarga realidad. El avión Madrid - Buenos Aires, por motivos ignorados se había estrellado a pocos metros de la pista de aterrizaje. No había sobrevivientes.
A partir de ese día Juan dejó de ser. No podría resignarse nunca a la terminante
ausencia de su esposa Graciela y su hijo Miguel. Se olvidó del trabajo, los amigos, la familia, los paseos. Todo el día junto a las tumbas de Graciela y Miguel. En una semana había envejecido, dejó de hablar y los ojos rojos indicaban que el llanto no lo abandonaba.
Tuvo una leve mejoría al décimo día, cuando empezó a soñar con ellos. Paseaba de la mano con Graciela por la plaza de siempre, mientras Miguel se encargaba de un inmenso paquete de pochoclos, la calesita, las primeras gambetas del mocoso, una maravilla.
Por la mañana, la dura realidad lo llevaba al llanto a la depresión. Con barba de varios días, sin bañarse, compraba toneladas de flores con las que llenaba el frío mármol de las tumbas de su esposa e hijos. Junto a ellas permanecía hasta el anochecer.
Cuando volvía a la casa, se metía vestido en la cama y apuraba el sueño que compartía con Graciela, Miguel y los lugares donde el amor de ese trío fantástico había sido ilusión y verdad.
Paulatinamente, sus sueños pasaron a ser el espacio de tiempo diario de mayor trascendencia en la vida de Juan. Decididamente no soportaba más la diaria realidad.
Una noche, antes de que el sueño se desvaneciera, les planteó su deseo de acompañarlos, de marchar con ellos. Gloria y Miguel prometieron que lo consultarían con las autoridades del mundo de las almas nobles.
Pasaron varios sueños y la respuesta de Gloria y Miguel siempre era igual: que no tenían noticias, que no les habían contestado el reclamo.
Una noche, su esposa y su hijo llegaron a su fantasía con una sonrisa.
- Te aceptaron -le dijo Graciela a Juan-, nos están esperando.
Juan, emocionado, abrazó a su esposa e hijo.
-¿Y cómo llegaré al paraíso? ¿Cómo accederé al mundo de las almas nobles?
-Te acompañaremos. Partiremos desde la ventana del living. Volando llegaremos al destino final.
Acto seguido se toman de la mano. Juan en el medio, a la diestra Graciela, a la izquierda Miguel. Desde la vereda que enfrentaba la casa de Juan, un vecino lo vió parado en
la ventana y comenzó a gritar:
-¡No te tires, Juan! ¡No te tires!
Pero Juan no escuchaba nada. Estaba fuertemente tomado de las manos de Graciela y de Miguel.
-¡A volar! -exclamaron Graciela y Miguel.
-¡A volar! -gritó Juan.
Y se lanzaron.
El vecino jura y rejura que Juan se arrojó, pero que en lugar de caer comenzó a volar; lo siguió con la mirada hasta que se perdió mezclándose entre las estrellas.
Juan, desde ese momento, fue ausencia. Nada se supo de él, se desvaneció de manera inexplicable para la razón.
En el mismo momento en que por televisión un especialista en fenómenos incomprensibles se explayaba sobre Juan y su misteriosa experiencia, en algún lugar del mundo de las almas nobles, sobre un verde césped, bajo un techo de cielo intensamente celeste, con un lago manso rodeado de montañas plena de pinos, el trío invencible festejaba el milagro de estar juntos, el glorioso triunfo del amor sin límites.

vida de sueños

El lago manso, el sol que pega insolente en la montaña, celeste cielo, mañana de primavera, satisfacción y toda la sonrisa. Raúl disfrutaba plenamente del privilegio de vivir justo en el paraíso, ese lugar único en el mundo, con ríos bulliciosos, cristalinos, inquietos, vitales. Gente amable, silencio, ausencia de tensión, su refugio, el lugar indicado para dibujar las fantásticas historias que decían sus novelas, siempre exitosas, siempre escasas, siempre atragantes.
Amaba escribir. Era protagonista de cada uno de sus relatos; al tiempo de enfrentarse con la blanca hoja ya tenía reservado un personaje, nunca era un extraño en ninguna de sus obras, su piel y su mente estaban allí, en la novela, todas sus intensas vivencias, desde la pasión más atrevida hasta la ilusión más pretenciosa.
Eso era Raúl, un gran escritor que había triunfado casi sin darse cuenta, naturalmente.
A su lado Mariana, la bella compañera de cada momento, dotada del don de pintar cuadros gloriosos, llenos de luz, una fiesta de colores y belleza que se hacían realidad por el inquieto pincel que en sus manos se transformaba en pura magia.
Este maravilloso pasar de Raúl se hacía trizas cuando el irreverente sonido del despertador lo sacaba de sus sueños y lo traía a esa realidad de mañanas apuradas, de expedientes, de tribunales, de lidiar con clientes. La mente siempre ocupada en mil problemas y un pedacito pequeño de realidad para entregarse a su berretín de escritor.
Algún verso con el desayuno o un cuento escrito entre audiencia y audiencia y la pretenciosa novela a la que cada noche antes de dormir le dedicaba una pizca de su tiempo.
Mariana esperaba ansiosa el momento de los sueños. Allí se encontraba con su amado compañero, Raúl, y con su inalienable pasión por la pintura. Artista relevante, sus cuadros se vendían antes de ser exhibidos a un precio estupendo. Como Raúl, había llegado al éxito casi jugando, sin proponérselo. Toda su vida estuvo rodeada de pastas, pinturas y pinceles. Cuadros espléndidos se hacían realidad por la habilidad creadora de Mariana. Era una mujer plena y feliz.
Su vida era perfecta hasta que la luz que penetraba por el amplio ventanal de su dormitorio le anunciaba un nuevo día. Con esfuerzo se duchaba, desayunaba y ponía rumbo a la farmacia donde pasaba su rutinaria vida. Siguiendo la profesión de su padre, al que admiraba, había obtenido el título de farmacéutica y bioquímica, relegando su pasión por la pintura. El pincel la tela y las pinturas tenían su lugarcito en un pequeño recinto del negocio y, por supuesto, en una de las habitaciones de su casa donde cada noche, antes de mezclarse entre las sábanas, despuntaba el vicio pintando una partecita del que sería sin duda el cuadro que haría furor cuando lo concluyera. Las galerías de arte se pelearían por él.
Un jueves por la tarde, con la farmacia a pleno, casi llegando la hora del cierre, Raúl entra al negocio y pide unas aspirinas.
-¿Qué te pasa, Raúl? Aquí tenés las aspirinas -dijo Mariana.
-Nada, Mariana, sólo un dolor de cabeza -contestó Raúl.
-¡Raúl! -exclamó Mariana.
-¡Mariana! ¿Qué hacés acá? -interrogó sorprendido, excitado, desencajado Raúl.
-Trabajo acá, es mi negocio... -alcanzó a murmurar Mariana mientras un mareo intenso la hacía tambalear.
-Tranquila, Mariana, tranquila -atinó a decir Raúl-, esto suele suceder.
-¿Qué suele suceder?¡Me estoy volviendo loca!¡Vos sos una ilusión, una travesura de mi mente enferma!
-No, Mariana. Soy real, soy Raúl, tu Raúl.
-Mirá -dijo Mariana mientras se sacaba el guardapolvo y tomaba su saco y la cartera-vamos a charlar al bar de la esquina.
-Vamos, asintió Raúl.
Saliendo de la farmacia, Raúl rodeó con su brazo la cintura de Mariana que respondió con una sonrisa cómplice. Obviaron el bar.
No hubo ninguna explicación, sólo un cruce de miradas de compinches traviesos, un beso intenso, sin prejuicios, las manos enlazadas mientras sus pasos ponían rumbo a esa gloriosa vida de ilusión que noche a noche a noche habían forjado en sus sueños.

buenas noches

Y me acerco a abrigarte cuidadoso
una vez y tantas otras veces
ya das vueltas y vueltas, te adormeces
llega el sueño feliz, luces dichoso

Y de lado colocas la carita
en tu boca dibuja una sonrisa
picardía, estalla en franca risa
ese duende travieso te visita

Volarás de su mano a las estrellas
un descanso en la punta de la luna
el lucero y toda la fortuna
de encontrar brillante a la más bella

Y los magos, los ciervos y su coche
ya te llevan a pasear, toda alegría
y mañana me dirás, llegado el día
que descanses mi niño, buenas noches

¿qué hago con mis sueños?

Ilusiones postergadas. Apetencias guardadas en el arcón. Mil excusas. Siempre un pero. ¿Temor? ¿Desidia? ¿Falta de atrevimiento?
Esa playa inmensa, el mar sereno, celeste cielo sin nubes, andar descuidado, lejos de penas y obligaciones, cerca del placer, del sosiego, de la caricia sin precio. Casa pequeña, cálida, amplio ventanal, sillones, música suave, el aroma a rosa en todos los ambientes, la tibieza, la seda de una piel, labios suaves el milagro de un beso. Sorprendente arroyo de aguas susurrantes golpeando suavemente las piedras.
El remanso. La paz. Mi sueño, el sueño, ya es tiempo. Allá voy.
Pueblo junto al Atlántico, casas blancas, árboles verdes inmensos, todos los aromas. Una construcción con ladrillos a la vista y amplio ventanal llama mi atención. Precio razonable, rodeada de álamos y rosas al frente, verde césped, una pequeña parrilla, basta para mí.
La voy vistiendo de a poco, se va convirtiendo en un confortable refugio. De las dos habitaciones, una toma destino de escritorio: compu, libros, cuadernos de trabajo, la página blanca siempre reclamando. El mar ahí nomás. Media cuadra. Disfruto con su sonido por las noches. Allí está, lleno de vida, reclamante.
La soledad, punto en contra.
La nostalgia, tanto pasado que recordar, una vida intensa sin claros, sin pausas. El último tercio me sorprendió solo, me descuidé, esas cosas. Siempre pensé que un otro no se busca. Se encuentra, aparece, llega sin aviso ni invitación. Un día cualquiera se hace presente en la vida y comienzan a andarla juntos.
En el pueblo descubrí un acogedor restaurante. Infaltable al mediodía y todas las noches hasta muy tarde, conociendo gente, haciendo amigos. Esa noche estaba hambriento, pensaba en una buena paella con un vino blanco seco, bien frío.
Al llegar me recibió el local vacío. Demasiada ansiedad, impaciencia por saborear un plato exquisito. Estaba haciendo mi pedido cuando entró al local una dama bella, realmente bella, cabello negro, ojos verdes como mi querido mar, ropa informal.
Preguntó por algún lugar para pasar la noche. El dueño del restaurante le recomendó el único hotel del pueblo. Comenzó a buscar una mesa con la mirada. Aposté todas las fichas y la invité a cenar, a que se sentara a mi mesa.
Me miró con picardía y aceptó. Reclamé al mozo que la paella fuera para dos. Comimos con avidez en silencio. El buen vino fue soltando el decir y nos charlamos todo. Me contó de su vida solitaria en el sur, de su profesión de abogada, del hartazgo por el Derecho, los clientes y las obligaciones, la ilusión de encontrar un lugar tranquilo junto al mar.
Entusiasmo. Lo que el médico me había recetado. Decidí actuar con prudencia. Venía muy golpeado por frustraciones amorosas de todo tipo. La acompañé hasta el hotel, esperé que se registrara. Quedamos en encontrarnos a la mañana siguiente. Pasear por la inmensa playa, recorrer el muelle.
Llegué a la hora fijada. Ella esperaba ansiosa. Su austero pantalón y el generoso escote de su blusa mostraban a una mujer espléndida de piernas largas, piel de seda, labios de miel.
Caminamos toda la mañana, retornamos al pueblo con apetito. Una entrada de rabas y un lenguado con el vino blanco de siempre. Durante la comida su mano se posó suavemente sobre la mía. Agradeció la hospitalidad, agregó que se ubicaría en alguna de las blancas casitas del lugar. La invité a tomar algo y aceptó.
Fana del Nano Serrat, la complací. Pidió una copa de algo fuerte, serví dos vasos de buen whisky con hielo. Se acercó a mi lado, sus labios buscaron los míos, el contacto de su piel me estremeció, el amor se hizo presente. Por la tarde fuimos hasta el puerto, el cielo de fuego indicaba que las sombras de la noche eran el próximo paso. Luna llena, mil estrellas, mi brazo rodeando su cintura inexistente, abrazados hicimos el camino de vuelta a casa.
A la mañana siguiente no la encontré en la cama. Un agradable aroma a café llegaba de la cocina. Espléndido desayuno, charla amena, anécdotas y risas. ¡Quédate conmigo, al menos un par de días, y después decides! Aceptó.
De esto hace ya un par de años. Agradecemos cada día este milagro de amor. Como dije, al otro no se lo busca. Aparece un día, sin aviso ni invitación. Lado a lado la soledad se hace olvido y la vida se torna una dichosa aventura.

vamos a casa

Juan tenía los ojos en el café que le habían servido hacía media hora. Miraba sin ver, una sensación de inmensa angustia lo abrumaba. Se negaba a volver a su casa llena de vacío y silencio. La vida le había dado múltiples oportunidades para transitarla con la tibieza que sólo otorga el cariño de una compañera de camino, pero una a una las dejó pasar. Hoy era un solterón triste y solitario.
En eso estaban sus pensamientos cuando una voz ronca y cansada le dijo:
-Señor, la señorita de la mesa siete me dijo si por favor se le podía acercar.
-Gracias -dijo Juan-. ¿Cuál es la mesa siete?
-La que está contra la ventana señor -apuntó el mozo.
-Gracias nuevamente -añadió Juan, mientras su mirada se fijaba en la dama en cuestión.
Una mujer de unos treinta y tantos años, de cabellos negros, ojos perdidos y un trajecito gris era todo lo que podía apreciar. No la reconocía. Se acercó intrigado y le dijo:
-Hola, señorita. ¿En qué puedo servirla? -inquirió Juan.
-¡Vamos, Juan, dejate de pavadas y sentate! -expresó con suave autoritarismo la hermosa dama.
-Perdón, pero...
-¡Pero nada! ¡Sentate, Juan! ¡Escuchame, por favor! -continuó la extraña.
-Yo no...
-Esperá, Juan, esperá. Dejame hablar. Quería decirte que me equivoqué ¡Fui una tonta!, ¡Una decisión equivocada! -aseguró la desconocida.
-¿Qué equi....?
-¡Si, la decisión de una estúpida! ¡De una ingrata! Jamás debí dejarte. No sé en que estaba pensando. Pero acepto que nuestro matrimonio no debió romperse por un capricho adolescente -dijo con convicción la bella señora.
-¡Qué matrimonio! -logro exclamar Juan con rapidez.
-Nuestro maravilloso matrimonio. Esa unión que nos juramos para toda la vida, que vos te encargaste de alimentar con tu cariño y yo no supe corresponder. Soy una malvada. Sí. Yo, María, soy una mujer despreciable por el dolor que te causé.
Mientras María hablaba, Juan la miraba entre sorprendido y curioso. ¿Quién era esa bella mujer? ¿Qué pretendía de él la dama de ojos celestes como el cielo, de agradable apariencia, de un cuerpo que insinuaba apetecible, de labios que invitaban al beso?
-Y...
-Sí, Juan, no merezco perdón. Imagino tu desesperación cuando despertaste y no me encontraste a tu lado. Habrás bajado corriendo la escalera, buscado en el baño, el comedor, todo sin éxito. María, la loca de María, se había marchado.
-Y sí. Loca. Sí. -murmuró Juan.
-Gritalo, Juan. María, la loca. La que te abandonó sin causa ni piedad. Sólo un instante de inmenso desatino puede justificarlo.
-Bueno, no es para tanto -afirmó Juan, a quien María le parecía cada vez más agradable.
-Sucede, Juan, que sos un muy buen tipo y los buenos tipos siempre son abusados. ¡Yo abusé de vos, Juan! ¡Esta pirada abusó de vos!
-No fue así, aunque no sería una mala idea -agregó Juan con una sonrisa.
-No entiendo, Juan -dijo María.
-Yo tampoco pero no importa, seguí con tus argumentos.
-Mirá, Juan, dejé todo para volver con vos. Desde aquí, todo lo anterior es pasado, olvido. Estaremos juntos sin peros ni reproches. Te compensaré ampliamente mi deslealtad.
Los pensamientos de Juan se tropezaban. Por un lado pensaba que no podía seguir con la fantasía, pero por otro su intolerable soledad, la belleza de María y su entusiasmo, lo instaban a hacerse compinche de ese decir desatinado pero pleno de amor que aparecía sincero.
-Mirá, María. Esto no es como vos lo planteás, pero me parecés una mujer agradable, entusiasta, y tus ojos celestes como el cielo, entre mil detalles, te hacen una dama relevante y me impiden rotundamente que le haga caso a cualquier razón que me aleje de vos.
-¡Entonces me perdonás, Juan!
-No tengo nada que perdonarte, María.
-¡Siempre dije que eras el hombre más bueno del mundo! ¡Vamos a casa, querido!
-Vamos a casa, María.

ojos verdes

He conocido infinidad de actores y sé que todos son muy supersticiosos, pero ninguno como Marcelo Fermín Ordoñez. La manía se había instalado en él desde pequeño. Así, siendo un niño se negaba a ir a la escuela si no le daba tres besos en la mejilla a su madre; la leche la bebía sujetando el vaso con la mano izquierda, no obstante ser diestro, y en exactamente cinco tragos. Las dos caricias al lomo del gato eran de rigor como así también salir de la casa con el pie izquierdo.
En la adolescencia, se encerraba los días jueves. Era el justo medio y no llevaría a ningún lado la mala suerte que ello determinaba. Antes de emprender cualquier actividad daba cinco vueltas a la manzana y su cabeza debía lucir siempre prolijamente rapada. En su juventud, a causa de la superstición, cada mañana, fuera verano o invierno, colocaba sus pies en un recipiente con agua helada durante cinco minutos. Sus camisas siempre eran blancas; el cabello peinado con fijador cambiando cada jornada la ubicación de la raya: hoy del lado derecho mañana le tocaba al izquierdo.
Cuando decidió enfrentar su vocación de actor en forma profesional, los ritos se hicieron múltiples y sofisticados. Dar cinco vueltas a la manzana donde estaba ubicado el teatro antes de ingresar al mismo, su camarín debía estar pintado íntegramente de color verde claro, esperanza y suerte; los espejos y maquillajes se ubicaban en el lateral derecho, orientado hacia el este, lo que lo alejaba de cualquier desgracia.
Además, bajo el vestuario de ocasión se colocaba una remera granate que lo acompañaba desde su primera función y le había asegurado una trayectoria plagada de triunfos. Antes de salir a escena comía un pequeño bocado de queso gruyere con medio vaso de Newen, un vino patagónico que le sirvieron en medio de una gira por el sur que venía desastrosa y que partir de ese momento se transformó en extraordinaria.
Antes de salir del camarín se sentaba en el suelo con las rodillas cruzadas y para sí recitaba un incomprensible trabalenguas de la abundancia, que le había enseñado un chamán en Machu Pichu.
Previo a acceder al escenario, tres besos en la mejilla de la secretaria le garantizaban los aplausos que premiarían su actuación.
Todos sus ritos y cábalas tenían para Marcelo enorme importancia ya que le otorgaban la fe necesaria para enfrentar al público con firmeza, sin temores, desarrollando y culminando su labor exitosamente. De todos modos, no eran determinantes como para llegar a interrumpir una función; esta se llevaba a cabo aun habiendo olvidado la camiseta granate o sin los besos a su secretaria.
No obstante, todos esos ritos carecían de relevancia si la butaca siete de la primera fila no estaba ocupada cada noche por su amada esposa Julia. Ella era la esencia de su seguridad, de su fuerza, del pleno desarrollo en el escenario de su formidable talento de actor.
En cada función, su mirada buscaba los verdes ojos de Julia, su sonrisa, su gesto de apoyo, de aprobación. Al culminar la obra, al tiempo del saludo de agradecimiento y despedida, Marcelo le arrojaba a Julia un ramo de rosas rojas en muestra de su inmenso amor y de gratitud por su presencia. Julia, el gran amor de su vida.
Hoy, después de treinta y tantos años de matrimonio y una hija de veinte años llamada Silvia (vivo retrato de Julia en su juventud), seguía queriéndola como un adolescente. La cena íntima después del teatro era la gran fiesta cotidiana. Los dos solos, en el mismo restaurante de siempre, de tenue luz, en ese rincón del local convertido en perpetuo refugio de los amantes.
Para Julia, la actuación de Marcelo siempre había sido perfecta, genial, suprema demostración de un talento sin duda incomparable.
A Marcelo le daban gusto los elogios de Julia. No leía las críticas a su trabajo. Si Julia decía que su actuación había sido espléndida, eso era todo lo que necesitaba saber. Una noche, caminando hacia el restaurante, Julia se desvaneció. La llevaron al hospital, donde luego de una serie de estudios quedó internada para lograr un diagnóstico preciso.
Durante toda la semana que Julia estuvo reponiéndose, las funciones se suspendieron por primera vez. Marcelo no podía actuar sin su presencia. No era una mera superstición: era el enorme amor que los unía y que lo determinó a cuidarla celosamente hasta que le dieron el alta.
A pesar de su precaria salud, Julia siguió asistiendo al teatro. Cada noche, todas las noches. Así hasta que los médicos se lo prohibieron. Debía limitar las salidas, hacer reposo, evitar excesos.
Julia fue desmejorando rápidamente. Marcelo siguió actuando. Necesitaba el dinero para hacer frente a los gastos del tratamiento de Julia. No obstante los mil cuidados, el desenlace fatal apareció inevitable.
Casi en el final, Julia le hizo prometer a Marcelo que seguiría actuando aunque ella ya no estuviera. Sería un homenaje a tantos años de entrañable amor. Una fría madrugada de un triste invierno, Julia murió y con ella el alma de Marcelo.
Siguió actuando como se lo había prometido a Julia pero había perdido las fuerzas.
Se lo comentó a Silvia, le señaló que a pesar de intentarlo no podía brindar más de lo que tenía. Y desde que Julia se había marchado su interior estaba vacío, no tenía nada para dar. Continuó a pesar de todo, pero su corazón estaba hecho trizas. Presentía que todo acabaría pronto. Su fin sería sobre el escenario.
Una noche salió hacer su trabajo; como siempre, su mirada se dirigió a la séptima butaca de la primera fila. Allí se encontró con unos ojos verdes brillantes, llenos de vida, una sonrisa franca y un gesto de apoyo. Se conmovió, su corazón se puso a mil, casi cae, lo sostuvieron. Volvió a mirar y con alegría reconoció a su hija Silvia que lo saludaba.
A partir de ese momento Marcelo volvió al éxito. El talentoso actor se había recuperado y retornaba con todas las ganas, con todas las fuerzas.
Como su madre, cada noche, todas las noches, Silvia acompañó a su padre desde la butaca siete de la primera fila.

olvido

Virginia no toleraba la soledad. Se le había tornado insoportable. Le molestaba el silencio, ese invencible silencio que invadía cada rincón de la casa. Su despiste se había agudizado. Todo lo perdía, no recordaba donde ponía las cosas, la cabeza en otro lado. Siempre ausente. Cuando salía dejaba sus pertenencias en cualquier lado. Así había extraviado desde celulares hasta carteras.
La nostalgia, el pasado que no quería marchar, había acentuado su falta de atención en las cosas. No podía resignarse. Había sido muy feliz con Carlos, su marido. Fallecido demasiado joven, tenía apenas cuarenta años. Nunca olvidaría el instante en que se desplomó en plena calle, junto a ella y su desesperación. Infarto masivo, dijeron los médicos.
Tanto lo lloró. Aún lo extrañaba. Sus manos siempre calientes, su suavidad, las caricias en la espalda al despertar, mil recuerdos. Pero todo eso había sucedido hace mucho tiempo.
Hoy Virginia tenía cincuenta años y había decidido poner fin a la soledad, al vacío, al silencio. El gran obstáculo era su invencible timidez. Esa prisión sin rejas que la mantenía aislada de todo y de todos.
Una amiga le sugirió que accediera a Internet. Que chateara con alguien. Conocer a otro sin necesidad de mirarlo a la cara ni hablar. Solamente el teclado y la pantalla. Enormes dificultades al principio. La compu no era su fuerte, pero en poco tiempo le tomó la mano y comenzó a concretar las conexiones más increíbles.
Llegó a la conclusión que los hombres estaban locos. Que este medio era inadecuado. Argumentos extravagantes, propuestas indecentes, aventuras estrafalarias. No. Ese no era el medio apropiado.
A punto de abandonar se conectó con Manuel, un cincuentón como ella, de decir pausado, atinado, una vida razonable, buen trabajo, ordenado, atento. Eso, atento. Podría suplir su habitual despiste.
Manuel le contó que había enviudado hacia un par de años y que a pesar de buscar una buena compañera no lo había conseguido. Era un hombre común, con gustos comunes, el justo medio según su parecer.
Virginia lo marcó como su hombre. Esa sería su pareja, estaba decidido. Lo que ignoraba Virginia era que Manuel no era Manuel. Su verdadero nombre era Miguel Correa, un abusador sexual irredimible, múltiple, sin límites, que utilizaba Internet para dar con sus presas. Era un tipo violento. La vida misma de Virginia estaba en serio peligro. Un individuo muy enfermo, perverso, sádico y Virginia había caído en la trampa.
En cualquier caso, si bien ella ya había hecho su elección no se atrevía a encontrarse y enfrentar a Manuel cara a cara. Era una mujer bella, amiga del gimnasio, su piel suave y morena, sonrisa franca, blanca, maravillosa. Su aspecto físico no era el problema, sino su timidez, ser corta de genio, como le decía una amiga.
Finalmente se pactó el encuentro. Sería en un restaurante de Puerto Madero; una cena en un buen lugar a las veintiuna horas exactas del día viernes dieciocho de septiembre.
Para reconocerse ella llevaría un saco color rosa con un prendedor dorado y él, un clavel en el ojal.
Faltaban dos semanas pero Virginia ya estaba histérica. No podía dormir. Mil pesadillas incomprensibles.
Todos los días salía a mirar ropa, zapatos, carteras para el acontecimiento. Nada la conformaba. La ansiedad le impedía decidir con prudencia y tranquilidad. Mientras tanto Manuel preparaba la trampa; cenarían, se ganaría su confianza y al salir abusaría de ella en algún descampado. No había resuelto si la mataría. Esa era una decisión puntual que habitualmente dejaba librada al azar, a cómo se desarrollaban los acontecimientos, la actitud de la victima, su resistencia, nada en particular. Su propio arbitrario siempre definía la situación. Era la frutilla del macabro plan, el sello de su maldita locura.
El dieciocho, Virginia despertó inquieta. En verdad no había pegado un ojo en toda la noche. Ya había decidido no ir a la cita. Apagaría la compu para siempre. Una corta caminata, almorzaría con alguna amiga, después un par de sedantes y a dormir hasta el diecinueve al mediodía.
Mientras se duchaba pensaba que no podía ser tan cobarde. Tenía que vencer su timidez al menos una vez. Esta era una buena oportunidad para acabar con la soledad. Se secó con cuidado, la mente era un gran barullo, se vistió con un jogging cómodo y salió a andar.
Horas caminando. Cuando volvió a la realidad, eran las diecisiete horas. Definitivamente acudiría a la cita.
Un baño de inmersión la relajó, se maquilló como hacia años no lo hacia. Buscó un vestido negro atrevido que destacaba su apetecible figura, el saco rosa, el prendedor dorado; dos vasos generosos de coñac le dieron el valor que necesitaba. Se miró en el espejo, una sonrisa de aceptación, pidió un taxi y el restaurante convenido fue su destino.
Al llegar ingresó al local, se sentó a una mesa y allí advirtió que su ansiedad y su despiste le habían hecho llegar a la cita una hora antes de lo convenido. Pidió una bebida light y resolvió esperar. Su mirada recorría el lugar. Al llegar a la barra se detuvo y el corazón le dio un vuelco. Apoyado en ella un hombre morocho, bien parecido, de unos cincuenta años, con un traje manifiestamente pasado de moda pero impecable y con un clavel en el ojal de la solapa.
Cambió el trago light por un buen coñac. Lo tomó con avidez, el corazón no dejaba de latirle aceleradamente, no podía calmarse mientras miraba disimuladamente al señor del clavel en el ojal.
Era Manuel, pensó. Se había adelantado como ella. Al segundo coñac se animó a hacerle señas. El señor estaba en otra cosa. No atendía sus requerimientos. Al tercer coñac se levantó, se ubicó justo al lado del señor del clavel en el ojal y le dijo ¡Hola Manuel!
El señor del traje pasado de moda la miró con sorpresa. Le dijo que había alguna confusión, que su nombre no era Manuel, que se llamaba Julián Pérez. Ella trató de explicar: ¡el clavel en el ojal!
Ah, apuntó Julián. Siempre lo llevo cuando uso este traje. Una cábala de buena suerte. Me gusta jugar de vez en cuando y hoy pensaba tirar unas fichas en el casino, agregó.
Al ver que Virginia no podía mantener el equilibrio, Julián la acompañó hasta la mesa. Le pidió un café cargado y le dio para tomar una pastilla milagrosa. Su gran secreto para hacer desaparecer la más tenaz borrachera. Virginia tomó el café y la pastilla, paulatinamente se fue sintiendo bien, normal.
La charla se impuso. Julián le contó que era un solterón empedernido, que no tenía suerte con las mujeres, que vivía solo aún cuando algunas veces el departamento le parecía demasiado grande, vacío, silencioso.
Virginia escuchaba con atención. Julián tenía todo el aspecto del buen tipo. Atento, cuidadoso, su voz era suave, tranquilizadora y además era muy bien parecido.
Su conversación era amena, agradable. Había tenido una vida interesante pero ordenada, sin excesos. Una que otra aventura, alguna travesura, tal vez un desliz. Lo que más atraía a Virginia eran los ojos mansos de Julián, claros y transparentes como el lago de su pueblo natal.
Se sentía bien en su compañía. Muy bien. Su mano no se había separado de la de Julián desde que la había acompañado hasta la mesa. La dejó ahí. Estaba cómoda. Le hacia sentir segura.
Julián la invitó al casino. Apostarían unas fichas y después podían cenar en el restaurante del hotel donde estaba la sala de juegos.
Virginia tomó el brazo de Julián y juntos salieron del restaurante rumbo al casino.
Detrás de ellos llegó Manuel. Comenzó a buscar a Virginia mesa por mesa. Desesperado y furioso por no encontrarla, tropezó con una silla que cayó al suelo y junto con ella un saco rosa con un prendedor dorado que había sido apoyado en su respaldo.

de ocasiones y ladrones

Marcos había perdido las esperanzas de llegar a buen puerto en su matrimonio con Graciela. Lo había intentado todo, desde la sorpresa de ese regalo especial hasta la cena en el mejor restaurante, escapadas a lugares de arena blanca y mar transparente, el auto reclamado mil veces para moverse sin depender de las obligaciones de su marido, pero todo había sido en vano. Marcos era para Graciela un mueble más de la casa, cuando estaba; horas mirando televisión sin dirigirle la palabra y tratando de evitar su mirada de manera manifiesta. Marcos estaba seguro de que, por algún ignorado motivo, su esposa lo odiaba con toda el alma.
Un encuentro casual con una pareja amiga del colegio secundario sirvió para aliviar tanta tensión. Incluso esa noche de regreso a casa, habían pactado intentar una reconciliación en la siguiente noche. Graciela, con varias copas de más, dibujó en su discurso la escenografía del reencuentro: una copa al regresar Marcos del trabajo, una cena con velas y después todo el amor, como antes, como hacía tanto tiempo.
La noche en cuestión, Marcos dejó el automóvil en el garaje, accedió a la casa por la puerta principal y...nada. Como siempre, como cada noche, la rutina de prepararse un par de hamburguesas en la plancha, una copa de vino blanco y a acostarse sin hacer ruido para que la señora no se despertara.
Harto y con toda la bronca del mundo se sirvió un generoso vaso de whisky, se acomodó en el sillón más amplio del living decidido a pasar allí la noche.
Apenas se estaba acomodando desistió. Iría a dormir junto a Graciela, nada más que para que se sintiera molesta.
No obstante respetó las reglas, silencioso como un gato se quitó la ropa y en un instante las sabanas del lecho conyugal fueron su cobijo. Mientras acomodaba la almohada, una agradable caricia en la nuca seguida de un tierno beso en el cuello fueron inesperadas y bienvenidas sorpresas. La reconciliación tan esperada se hacía realidad. El abrazo no se hizo esperar y una noche de caricias y todo el amor finalmente fue.
Marcos ingresó en sus sueños con una olvidada sonrisa. Durmió profunda y plácidamente.
En la mañana, apenas abrió los ojos, se sentó en el borde de la cama mientra decía:
-Bárbaro, Negra, una noche como nunca. Ya voy a hacer unos mates y planeamos el día. ¡Todo el domingo es nuestro!
-¿Qué?... ¿Qué pasa? -respondió una voz extrañamente ronca.
Marcos se dio vuelta y para su sorpresa a su lado no estaba Gloria, su esposa, la Negra, sino Marisa, una rubia espectacular, amiga íntima de su esposa, que lo miraba con un gesto toda travesura.
-¡Marisa! ¡Que hacés acá! -exclamó Marcos, absolutamente confundido.
-¡Que hicimos acá!, querrás decir -apuntó burlona Marisa.
-Bueno, como sea. ¿Por qué no está Gloria? -preguntó Marcos.
-Porque Gloria se fue con un tipo del trabajo. Dijo que no la esperaras, que no volverá jamás.
-¡Pero no puede ser! -se lamentó Marcos-. Y vos, ¿cómo te atreviste? ¿Por qué no me dijiste?
-Porque siempre me gustaste. La ocasión hace al ladrón y no me equivoqué. ¡La pasé bomba! ¿Y vos?
-Yo también. ¡Como nunca! Pero creía que eras Graciela -apuntó Marcos.
-Graciela ya no está, se cansó de meterte los cuernos. ¡Aquí y ahora estoy yo! Marisa, que te ama sin reparos y tiene toda la intención de ampliar algunos detalles que quedaron pendientes anoche.
-Mirá, Marisa, en verdad no sé.
-¿No sabés qué? -preguntó temerosa Marisa.
-¡No sé si me va alcanzar todo el domingo para agotarme de placer! -añadió un eufórico Marcos.
El lunes a primera hora, sometido por los brazos de Marisa, Marcos llamó al trabajo diciendo que estaba con mucha fiebre, que lo disculparan por un par de días, que se sentía algo débil, que el miércoles ya estaría recuperado y que si seguía con la temperatura elevada avisaba.

manía (*)

Juan estaba pasando por un mal momento. Problemas económicos y familiares, esa maldita depresión que se hacía presente cuando más necesitaba de su voluntad y la mente de fiscal implacable que lo atormentaba, eran una mezcla explosiva y peligrosa que podía estallar en cualquier momento.
La alta temperatura de ese mes de febrero, que se había instalado sin intención de partir, tampoco ayudaba a mejorar la situación. Se sentía inquieto, molesto, sin paz.
Volviendo del trabajo decidió sentarse en una de las mesas del bar de siempre, en la vereda, con una fresca brisa que le dio alivio a tanta incomodidad.
Se pidió una cerveza bien fría y entonces... ¡qué mujer! ¡En su vida había estado tan cerca de la belleza perfecta!
Alta, rubia, ojos de cielo, cintura inexistente, cadera gloriosa, y una blusa seductora que se abre generosa cuando la hermosa se acerca a la cara de Juan, le pide fuego, mientras su mano derecha lo acaricia suavemente y con un ¡chau bonito!, se aleja despacio, marcando insinuante la cadencia de su andar.
Juan se olvidó por un momento de todos los problemas, se levantó de la mesa apresurado, la alcanzó y los piropos más galantes tuvieron la respuesta esperada.
-¡Qué cosas lindas que decís, bonito! -dijo la dama.
-Nunca tan merecidas -dijo Juan con convicción-. Mi nombre es Juan, ¿y el tuyo?
-Me llamo Manía, bonito. Detrás de esa puerta está mi casa y si gustás pasá, tomamos un trago y hablamos un rato.
-¡Por supuesto que quiero! -exclamó Juan entusiasmado.
La casa era acogedora, plena de tibieza. Música romántica, un whisky generoso y Juan atosigó a manía con los detalles de su vida.
-Suficiente, bonito. Basta de palabras. Llegó el momento de las sombras, el silencio y el amor -dijo Manía, mientras uno a uno desprendía los botones de su blusa.
El dormitorio fue el próximo paso y la pasión alentó las sensaciones, anuló la razón y el amor fue. Por la mañana. Juan se levantó presuroso: debía llegar a tiempo al trabajo, no podía perderlo.
-Chau, Manía. Juro que llevaré este milagro en mi corazón para siempre. Espero que nos volvamos a ver.
-No lo dudes, bonito -dijo Manía mientras sus labios rojos dejaban su marca en el cuello de Juan.
-¡Espectacular, espectacular! -murmuraba Juan mientras caminaba a paso rápido. Llegó a horario al trabajo, suspiró aliviado y después una dura y pesada jornada de una rutinaria labor que odiaba con todo el alma. Al tiempo de salir del yugo, un dolor intenso atravesó su pecho. Cayó como un títere al que le cortaron el hilo. Ambulancia, hospital, terapia intensiva.
No tardaron en llegar sus hijos, la bruja de su esposa, el pedófilo de su cuñado. Todos los buitres presentes, mirándolo con un gesto que a Juan le parecía burlón, como alegrándose de que partiera de este mundo por ese débil corazón que a ritmo lerdo anunciaba el final.
Súbitamente, Juan apreció que la sala se llenaba de luz y en medio de todos, Manía, desnuda, absolutamente desnuda que se sentaba en su cama. Los demás no la advertían, sólo Juan.
-Hola, bonito -dijo Manía.
-Hola, preciosa. Qué sorpresa, jamás pensé que volverá a verte –dijo Juan con un suave y esforzado susurro.
-Siempre cumplo mis promesas -dijo Manía.
En un instante su cuerpo desnudo fue uno con el de Juan. La boca de grana de Manía besó con pasión los labios grises de Juan, lo amó y su cuerpo fue introduciéndose lentamente en el de Juan. Al fin de la fusión el corazón de Juan dejó de latir.


(*) Manía es la diosa etrusca de la muerte

mi mano en tu vientre

He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño,
por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
(Gabriel García Márquez)


Maravilla de sorpresa en la mañana
la tibieza del hogar, el fiel cobijo
me dijiste que tendríamos un hijo
se hizo luz, pleno sol a hora temprana

Experiencia genial de vez primera
emoción en el alma y en la piel
es más dulce el gusto de tu miel
es milagro total en primavera

Tu serás orgullosa la mamá
la más bella de todas , tan hermosa
cuidaremos los detalles, cada cosa
pura magia y feliz. Seré papá

Es mi mano en tu vientre, la tibieza
pedacito de mi que va creciendo
partecita de ti, voy presintiendo
será niña luciendo tu belleza

como el trigo

Froilan tenía pasión por los cementerios. Estaba seguro de que la expresión "la paz de los cementerios" la había escrito alguien involucrado en sus pensamientos. Era el remanso buscado cada día.
Entraba a media tarde, luego de un ligero almuerzo y cumplir las formalidades de la jornada. Allí llegaba su momento, el instante de sosiego, de dejar volar la mente, atreverse a mil fantasías, a convertirse en el verdadero Miguel, el ingenuo soñador, el amante del mar y de las rosas, de la vida sencilla y silenciosa.
Caminaba por las sendas de asfalto, cortaba camino por el césped hasta llegar a su lugar preferido. Árbol frondoso, flores blancas en primavera y que casi llegando el verano se convertían en damascos dulces como la miel. Frente a él cuatro tumbas separadas del resto, idénticas, de mármol gris y siempre bien cuidadas.
En ellas descansaban los restos de Manuel y Juana y de sus hijos, Francisco y Mariana.
Cada día renovaba las rosas, aunque no disimulaba su preferencia por Mariana, una joven que había partido de este mundo el mismo día de su decimonoveno cumpleaños. Ella recibía las rosas más frescas y fragantes. Quizás fueran igual que las otras, pero la diferencia estaba en Froilán. Las colocaba una a una, limpiándolas, acomodándolas en forma de corazón. Fantaseaba una idea: si hubieran coincidido en el tiempo se habrían amado. Ilusiones, utopías de Froilan, el ingenuo soñador.
Continuaba allí, aun llegada la noche, sentado en el banco que había convertido en su secreto y preferido refugio.
Cerca de las tres de la mañana se marchaba; un paredón accesible le permitía salir sin dificultades. Se dirigía a su casa relajado, una suave canción en sus labios, una sonrisa al llegar, su tibia cama y en sus sueños, obstinada e insistente, Mariana, la bella joven de blanca piel, suave como la seda, pelo de trigo, sus ojos verdes como preciosas esmeraldas y su voz, apenas un murmullo, fresco y manso como la corriente del arroyo. Amable y deseada rutina.
En sus sueños paseaban por la orilla de la blanca laguna, un refugio secreto, siempre solos. Únicamente las aves y ese pedacito de mar en el medio del desierto. La piedra, donde hacían una pausa, humedecía sus pies y charlaban de todo. Mil confidencias, maravilla entre bardas, piedras y espina.
Esa noche Froilan había llegada al sitio de siempre cansado; excesivas responsabilidades, plazos que cumplir, obligaciones pendientes, la vida. Arregló las flores en las tumbas como de costumbre, nunca el banco de mármol le pareció más blando, los párpados luchaban para que no fueran derrotados por el sueño, y en un instante una tibia mano de mujer se hizo compinche de la suya.
Miró a su lado y se encontró con la dama de ilusión. La hermosa visitante de sus sueños vagabundos. La suavidad de la caricia delató a Mariana. A pedido suyo, Froilán cerró los ojos, cuatro labios hicieron un beso y al abrirlos la bella ya no estaba. Una brisa fresca jugaba con las hojas secas en el cemento.
Aguardó un momento, se levantó y susurrando una canción volvió a su hogar se acostó y en sus sueños esa noche no encontró a Mariana.
Froilán volvió al cementerio al lugar habitual al día siguiente, al otro y al otro. No faltó una sola noche. Cada vez Froilán se sienta en su banco mirando sin ver la tumba indicada.

nuestro refugio

Viaja a los rincones que significan algo para ti, allí
donde ocurrieron las cosas importantes de tu vida. (Alejandro Sanz)

Era perfume de rosas
de jazmines y glicinas
y tu aguardando en la esquina
ya pretendes ser mi esposa

Es coincidente intención
bella dama tan soñada
mi muchacha enamorada
la dueña de mi ilusión

Suave beso y caminar
tu hombro sabe mi brazo
la luz del día, el abrazo
querer que no ha de pasar

Para siempre, tres los hijos
y la casita de tejas
blancas ventanas con rejas
nuestro refugio y cobijo

ángel de esperanza

Eres ángel que alimenta mi ilusión
es el duende que dice de esperanza
me contagias tu fe y la confianza
que al final toparé con la ocasión

Ese sueño feliz tan postergado
ese premio que nunca recibí
ese abrazo que tanto requerí
ese beso que sepa enamorado

Y tu gracia será medio y objetivo
con tu ayuda lo habré de conseguir
todo olvido las penas, el sufrir
volveré a lucir lozano y vivo

Esas dudas de ayer plenas certezas
por la fuerza absoluta del cariño
resguardado en tus brazos como niño
pura magia tu pasión y la tibieza

distancia y tiempo

(dedicado a Hugote, que pidió estos versos para su amada)

Espero tu sonrisa y espero tu fragancia por encima
de todo, del tiempo y la distancia. (José Ángel Buesa)

Es la vida, el tiempo, la distancia
y tan lejos me encuentro de tu lado
mas no cede mi sentir enamorado
relación de absoluta relevancia

No se puede matar el sentimiento
aunque intente jamás lo he de lograr
ese sueño de niños y de hogar
es certeza rubricada por el viento

Tu vendrás o yo iré, será encontrarnos
el abrazo y toda la emoción
concretada que sea la ilusión
no habrá nada que pueda separarnos

Es espera el presente y esperanza
en mi mente tus ojos asombrados
y mi antojo perenne y obstinado
pedacito de luz que nos alcanza

matilde

Juan despertó inquieto, ansioso, como cada mañana. Miró hacia la izquierda y el lecho vacío, la tristeza profunda, lágrimas de ausencia, Matilde ya no estaba a su lado. La bella y fiel compañera había marchado prematuramente y con ella la voluntad, las ganas de seguir, mil proyectos.
La soledad, todo el vacío. Apenas se levantaba. La depresión era relevante y no tenía ninguna intención de reponerse.
Sin hijos ni pariente alguno, un par de amigos lo visitaban cada tanto exhortándolo a quebrar la desidia, la falta de voluntad, mas las palabras de aliento chocaban con la obstinada omisión de Juan.
Juan era un hombre joven; a sus cuarenta y cinco años se destacaba por su fortaleza y habilidades varias, pero el propio abandono que no podía vencer lo debilitaba cada día más.
Un par de veces en cada jornada bajaba hasta la cocina, unos mates y nuevamente a la cama, que se había transformado en el refugio exclusivo y excluyente elegido para ocultar sus lágrimas, para consolar su inmensa pena.
Una mañana, al llegar al pie de la escalera se miró en el inmenso espejo que vestía la pared. No se reconoció: su figura corpulenta había desaparecido, reemplazada por un cuerpo delgado, encorvado, vencido.
En un instante le pareció ver una sombra junto a él. Se colocó los anteojos y a su lado se encontró con la imagen de Matilde.
Sintió que se desvanecía, logró reponerse y por primera vez en varias semanas una sonrisa se dibujó en sus labios.
-¿Matilde? -preguntó Juan.
-Sí, Juan -respondió la imagen en el espejo-. Soy Matilde, tu esposa. ¡Cómo te extraño Juan!
-¡Matilde! ¿Qué haces aquí? Es un sueño, ¿verdad?
-No, mi amor, no es un sueño. Vine a visitarte, a saber como estás, te veo muy desmejorado.
-Es tu ausencia, Matilde. Sin tí la vida no tiene ningún sentido. ¿Pero dónde estás? ¿Me estoy volviendo loco?
-No, no estás loco, Juan. Estoy en el Paraíso. No te preocupes por mí.
Te amo. Siempre estaré contigo. Adiós, Juan.
-¡Matilde! ¡Matilde! ¡No te vayas!
El clamor de Juan no tuvo éxito y la imagen de su compañera esapareció en el espejo. A partir de ese día Juan no subió más a la habitación. Colocó su cama frente al espejo y esperó por Matilde. No se me movió de su puesto de vigilancia. Pasaron varios días hasta que Matilde reapareció.
-¡Al fin, Matilde! ¡Sabía que volverías!
-Juan, estoy tan preocupada por vos. Te ves muy mal -dijo Matilde.
-No importa -afirmó Juan-. Solo me interesa verte, hablar unas palabras. No puedo seguir, Matilde. Tú eras toda mi vida. Por tí trabajaba, reía, planeaba, sentía la dicha de ser feliz. Todo eso murió con tu partida.
-Tienes que seguir, Juan. Eres joven, disfruta del sol, del aire fresco, del mar.
-Ya no significan nada para mí. Disfrutaba de las cosas contigo, gozaba de cada cosa junto a ti. Ahora no hay más que estas paredes, testigos del inmenso amor, el continente de nuestro hogar.
-Juan, no puede ser. No debí acercarme al espejo. Tú debes vivir, Juan. No volveré, créeme. No volveré. Lo lamento, Juan. Te amaré por siempre. Adiós, querido.
-¡Espera, Matilde! ¡Regresa!
Nuevamente su ruego fue inútil. El espejo sólo devolvió su lánguida figura. Juan retornó a su lecho frente al espejo. No pudo levantarse más. Los mates fueron olvido y dejó que la mente hiciera su trabajo. La imagen de Matilde en todos los instantes, despierto o en sueños. Su mujer amada en cada momento.
Una tarde en que el sueño lo había vencido escuchó que lo llamaban por su nombre. Miró hacia el espejo, allí estaba Matilde. Intentó saludarla, casi sin fuerzas esbozó una sonrisa.
-Juan, vive -dijo Matilde.
-No sin ti -respondió Juan.
-Acércate entonces -añadió Matilde.
Juan se acercó hacia el espejo.
-Dame tu mano, querido -susurró Matilde.
Juan extendió la mano que apretó la de Matilde y atravesó el espejo. Un beso intenso fue el sello del eterno amor.

mujer de ojos tristes

Parecía que tus palabras me arrastraban, era todo tan nuestro de verdad,
tan bello de verdad, tan sencillo. (Carlos Sahagún)

Quizás con tu ayuda mujer de ojos tristes
halle la verdad que tanto he buscado
la plena certeza que yo he procurado
y al fin justifique lo que tu me diste

Diste lo que tienes y aún mucho más
buscando afanosa que tenga consuelo
olvide el pasado, que se acabe el duelo
retomar las ganas, obtener la paz

Paz que me conforme, calme la ansiedad
encuentre la senda, el justo camino
aquel que señale mi esquivo destino
hallar lo que busco, la cierta verdad

Verdad que me indique al fin de lo andado
que es bello soñar, que amar no es pecado
no existen valores que son negociados
en fín, que al vivir no me he equivocado

que la amaba

Pablo y Laura se amaban desde la adolescencia. Cuando Laura cumplió quince años, su padre, titular de una fortuna cuantiosa, hizo una enorme fiesta. Allí Pablo, que contaba con la misma edad de Laura, fue contratado como mozo. Un cruce de miradas fue suficiente. Un encuentro furtivo esa misma noche y el primer beso. Jamás se separaron, no obstante las objeciones del padre de la niña y los mil impedimentos que el riguroso progenitor se encargaba de instrumentar permanentemente. Laura debía frecuentar jóvenes de su condición social. Pablo era una influencia desafortunada.
Culminaron la escuela secundaria y ambos continuarían sus estudios en la universidad. Pablo era un apasionado por la ingeniería aeronáutica. Soñaba con diseños extravagantes que triunfarían en la aviación del mundo. Pilotearía sus propios aviones, el cielo sin límites era el justo tamaño de su ambición.
Laura se ilusionaba con ser médica, la mejor médica cirujana de niños con discapacidades. Lograría despertar infinidad de sonrisas en los mocosos que seguramente iba a atender.
Pablo se inscribió en la universidad local. El padre de Laura realizó los arreglos necesarios para inscribirla en el extranjero. En la mejor escuela de medicina del mundo.
Al tiempo de separarse juraron que el día que Laura cumpliera 23 años, ya recibidos, con toda una vida para gastar, se encontrarían a las 13 en punto en el viejo árbol que supo de todos sus secretos, de mil caricias, besos, del cariño más sublime. A partir de ese momento nada los separaría y serían felices para siempre. Un largo beso, el interminable abrazo y las lágrimas de Laura sellaron la despedida.
Transcurrió el tiempo, Pablo se convirtió en un exitoso ingeniero aeronáutico, sus diseños eran requeridos por las firmas más importantes. Hizo buen dinero que le permitió ahorrar una suma de relevancia y logró comprarse un pequeño avión que era su chiche preferido. Ni un sólo instante dejó de pensar en Laura y en el día y la hora del encuentro.
Laura estudió arduamente y el título de médica fue suyo. Completó su carrera con una especialización en cirugía infantil, destacándose inmediatamente entre sus pares.
El momento del encuentro estaba próximo. Una semana antes del día fijado, Laura viajó a su ciudad natal. Compró un pequeño departamento y preparó todo lo necesario para que ningún detalle se pasara por alto. Pablo puso en condiciones su avión; el viernes volaría a encontrarse con Laura.
Al fin llegó el día. Pablo despegó sin dificultades el día era bello, el cielo intensamente celeste sin nubes. A mitad del vuelo uno de los motores comenzó a tener dificultades hasta que se detuvo totalmente. Pablo se preparó para un aterrizaje de emergencia. El otro motor también comenzó a fallar. Buscó el campo debajo de su máquina, planeando lo fue bajando con destreza, mas no pudo evitar el tremendo impacto. Sintió que estaba muy lastimado. Logró salir de la cabina, se
arrastró por la tierra seca un pequeño trecho justo antes que el tanque de gasolina se incendiara y convirtiera en inevitable la explosión.
Casi inmediatamente fue internado en grave estado en el hospital de la ciudad más cercana. Fue intervenido quirúrgicamente casi sin esperanzas, graves quemaduras, fracturas incontables, y la conciencia que negaba su presencia. Después de la operación lo alojaron en terapia intensiva con un pronóstico pesimista de los médicos.
Mientras tanto, Laura se preparaba cuidadosamente para el encuentro. Estaba bella, radiante, feliz. Subió al auto y a las 12 había llegado al querido árbol testigo de ese amor que no conocía limites. Aguardó con ansiedad, a las 13 y 30 comenzó a preocuparse. Imaginaba que Pablo no vendría, que era una tonta, que todo era una fantasía, una utopía irrealizable, que seguramente Pablo estaría muy lejos de allí.
Con las sombras de la noche decidió marchar. Llegó a su casa y se encerró durante una semana en su habitación. No lograba recuperarse. Amaba tanto a Pablo. Jamás lo olvidaría. La visita al árbol de la cita se repetía cada día. Laura no se resignaba. Pablo tenía que ir. Ella sabía que en cualquier momento aparecería con una disculpa cualquiera y la abrazaría.
Una mañana, al recibir el diario buscando en las necrológicas informes de una tía abuela que había fallecido se encuentra con un anuncio que le destrozó el corazón.
Un recordatorio mencionaba que Pablo Rodríguez había fallecido el 17 de setiembre, el día de su cumpleaños, a los 23 años de edad; sus restos fueron sepultados en el cementerio local. Desesperada, comenzó a correr, gritar, se colocó un abrigo subió al auto y se dirigió al cementerio local. Buscó llorando desconsolada la tumba hasta que la encontró. Allí estaba: Pablo Rodríguez, fallecido el 17 de setiembre de 2007, a los 23 años.
Pablo, su Pablo había muerto. Toda la felicidad planeada, las vidas juntas, la ilusión de la gran familia destrozada. No lo resistió. Se desmayó. El guardián del cementerio llamó a la policía que la internó pues no lograron hacerla reaccionar.
Al día siguiente despertó llena de cables y tubos. Pensó que se estaba muriendo. Esa idea la hizo sentir feliz se encontraría con su amado Pablo en un mundo mejor.
El médico le dijo que estaba bien. Que había sido sólo una fuerte descompensación y que podía retirarse a su domicilio. Decepcionada se duchó, se vistió lentamente y partió maldiciendo por tener que volver a la cruel realidad, enfrentar el resto de su vida sin Pablo.
Cuando salía fue atropellada por una enfermera que corría sin ver, y gritando: ¡Maldito loco no te vas a escapar del hospital! ¡Lo que tenías que hacer el 17 ya no lo harás! ¡Sujétenlo que le aplico el sedante! Aunque no sabía a qué se referían las expresiones de la enfermera, Laura con el corazón latiendo a mil, se introdujo en la sala de cuidados intensivos detrás de ella. Una inmensa sonrisa le rompió la cara. Allí sometido por cuatro auxiliares ¡Pablo! ¡Su Pablo!, lleno de vendas y clamando que lo dejaran salir, que no podía fallar, que fueron largos años. ¡Que la amaba!