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Al fin María

Las cosas buenas que pretendemos en la vida van adquiriendo en el diario transcurrir una calificación diferente acorde con el avance de nuestras expectativas y el transcurso del tiempo.
Así en la adolescencia nuestras intenciones a futuro son berretines, parientes previos y casi marginales de las ilusiones que guían nuestros pasos en la juventud y que sin prisa pero sin pausa nos van llevando a los sueños vagabundos que acariciamos en la edad adulta y que al topar con el último tercio se transforman en inquietud que nos insta a pelear  por las grandes causas.
Horacio de mocoso vivió el berretín de María. Única, morocha, pollera gris, blazer azul, estallido de picardía, el mar, la arena.
Gran momento, los buenos tiempos, los días felices esos que nunca pasan que permanecen intactos en el corazón.
Noches interminables, días gloriosos, plenos de sol y celeste cielo, amistades para toda la vida, el beso robado atrevidamente, el inolvidable primer contacto con el amor y María.
El transcurrir, jornadas tras jornadas, imperceptible, no contadas, el tiempo que fluye cual agua entre los dedos y la juventud que se hace presente con su bagaje de sueños y María.
Insolente el gris, el grito, la represión, ideales que no se dan por vencidos, que son pisoteados, arrojados al río, búsquedas que terminan en un encuentro con el golpe artero, con la agresión sin sentido, con la amenaza, con la muerte con la perdida, sin María.
El fin de la locura, la sensatez, los hijos, la justicia, la ceguera, el derecho, la vida en familia, domingos de asado, guitarras, amigos y canciones, sueños vagabundos que nos acarician cada día, esperanzas de un buen futuro, trabajo sin pausa, obstinación por los valores, risas, plenitud, todo es posible. Rey del mundo, sin María.
El pelo se tiñe de gris, torna blanco, pelea por las grandes causas, solitario, insistente, afán de ganar a cualquier precio, renovada juventud, el mar, la arena y al fin María.
Los verdores renacen aunque a veces se hagan esperar.

golpes de muerte (caso judicial con dos finales)

Javier entró a la casa molesto. Cerró la puerta con violencia, su madre no mereció ni un saludo. La odiaba intensamente desde el mismo momento en que le había hecho saber que era hijo adoptivo, que carecía de datos sobre su madre biológica. Había dejado pasar dieciocho años para decírselo.
Se encerró en su habitación, abrió la heladera que había instalado como mobiliario para llenarla de cervezas. Una cama, un pequeño guardarropas y una mesa completaban el vestuario del dormitorio.
En instantes, dos botellas de un litro quedaron ausentes de su rubio y espumante contenido; tomó dos pastillas de su droga predilecta, la que le transformaba esa vida triste y sin sentido en un paraíso indescriptible, el bajón era bravo pero valía la pena.
Se acostó en la cama mientras abría otra botella. Los efectos del estupefaciente mágico empezaron a hacer efecto. Entró en un estado de euforia y agitación, la realidad dejaba de ser. Volvió al salón de entrada a la casa y empezó a gritar por su madre ¡Vieja!, ¡Vieja! ¡Vení que necesito plata! ¿Donde la escondés? ¡Tengo que salir!
La madre se refugió en su dormitorio. Javier tomó una vieja hornalla de cocina que estaba sobre la mesada y la estrelló contra el piso. La hornalla se rompió en siete pedazos, los tomó uno a uno, los guardó en los bolsillos, abrió la puerta de la habitación y enfrentándose a su madre comenzó a gritar:
-¡Dame la plata, vieja de mierda! ¡O me das la guita o te mato! –siguió amenazando enloquecido, mientras lanzaba contra la cabeza de Virginia los trozos de hierro de la hornalla. Dos de los proyectiles dieron en la cabeza y el cuerpo de la mujer, que con sus sesenta y cuatro años mal llevados no podía oponer ninguna resistencia. Con el puño Javier le golpeó la cara a su madre sin dejar de reclamar el dinero. Allí Virginia exclamó ¡Basta Javier! ¡Basta!
La respuesta de su hijo fue tomarla del cuello, levantarla y llevarla arrastrando contra el piso. Allí volvió a sujetarla del cuello y golpeó con fuerza su cabeza y su cuerpo contra la pared que se salpicó de sangre. La soltó y su madre cayó pesadamente al suelo. Miró hacia el marco de la puerta que daba al pasillo, la parte superior del tirante estaba a punto de desprenderse, lo sacó de un tirón en el justo momento que Virginia trataba de sentarse en el piso. Apenas lo logró, Javier le aplicó un violento golpe sobre la frente provocándoles dos heridas enormes y un estado de inconsciencia que no lo conmovió.
Se levantó, fue a la heladera, tomó dos cervezas mas sobre el piso, se estiró y quedó profundamente dormido.
Al despertar, su madre seguía inconsciente en el mismo lugar en que había recibido el tremendo golpe con la madera. Se asustó. Llamó a una ambulancia, ayudó a acomodar a Virginia en la camilla, dijo a los médicos que no recordaba nada, que no sabía que había pasado. A los cuatro días, el hematoma que generó el traumatismo de cráneo producido
por el golpe con el tirante determinó la muerte de Virginia.
En el juicio, Javier repitió que no recordaba nada, que re quería a su madre, que tenía problemas con la droga, que su madre era alcohólica, que él no le había pegado.
El perito bioquímico señaló que había manchas de sangre en la ropa de Javier, en los siete trozos de la hornalla, en el tirante que por la fuerza del impacto se había roto en tres pedazos.
El perito criminalístico señaló que había sangre en las paredes y el piso del primer salón, en una de las piezas, en el marco de puerta que daba al pasillo, que la lucha se había dado en el ambiente señalado en primer término.
Los médicos afirmaron que el tirante era idóneo para producir las dos lesiones que presentaba Virginia en la frente, de nueve y once centímetros respectivamente, y el traumatismo de cráneo, sosteniendo que si bien no podían decir con exactitud la mecánica del hecho, esto es si había sido un golpe o una caída violenta, era indudable que el impacto tuvo una fuerza excepcional al provocar el traumatismo de cráneo en la víctima y la rotura del tirante.
Finalmente la vecina de la casa lindera a la de los sucesos dijo que había escuchado un golpe en la pared y la expresión ¡Basta Javier!
Con los elementos de prueba indicados, el Fiscal imputó el delito de homicidio calificado por el vínculo y pidió se aplicara al imputado la pena de reclusión perpetua.
El defensor afirmó que no había ninguna prueba directa ni de la autoría ni de la materialidad del hecho. Salvo una testigo ocasional nadie escuchó nada. Agregó que la víctima era alcohólica como su cliente, y que como sucede en los estados de ebriedad agudos, alcoholizada cayó sobre el tirante golpeando con la fuerza suficiente para sufrir las heridas que la llevaron a la muerte. Que las ropas de Javier estaban manchadas con sangre porque había ayudado a acomodar a su madre en la camilla y que los destrozos en la casa fueron consecuencia de un acto de furia posterior de su defendido por la bronca que le había causado lo sucedido a su madre. Así al volver a la casa había roto todo el mobiliario.

Condena:
Al tiempo de decidir, los jueces afirmaron que el caso se resolvía por aplicación de un silogismo lógico. Si Javier y Virginia eran las únicas personas que ocupaban la casa donde ocurrieron los hechos la madrugada en que Virginia aparece con gravísimas
lesiones que la llevan a la muerte; si el perito criminalístico afirmaba que las manchas de sangre en las paredes y el piso del primer ambiente de la casa mostraban que allí tuvo lugar la lucha que culminó con las heridas de Virginia; se concluye que en la lucha únicamente se involucraron Javier y Virginia, siendo el primero de los nombrados el que le causó a su madre la graves heridas que determinaron su deceso.
Por ello, por las manchas de sangre en su ropa, el peritaje bioquímico, por las manchas de sangre que aparecieron en cada objeto y en toda la casa entre otros elementos cargosos, no había duda de que Javier fue el autor de la muerte de su madre, calificando el hecho como homicidio calificado por el vínculo y aplicando a Javier la pena de reclusión perpetua.
Hoy, y para el resto de su vida, Javier pasa sus días en la Penitenciaría local. Jamás mostró algún signo de arrepentimiento.

Absolución:
Al tiempo de decidir, los jueces afirmaron que no había prueba suficiente que demostrara sin duda que hubiera ocurrido un delito y menos aún que Javier hubiera sido su autor. Que cualquier posibilidad podía darse como verdadera y por ende, no pudiendo determinar con certeza si la señora Virginia fue victima de su condición de alcohólica y se produjo las lesiones al caer violentamente sobre una superficie idónea para producir la heridas que sufrió, u ocurrió otra cosa, se inclinaron por absolver a Javier por el delito de homicidio calificado por el vínculo en razón de mediar orfandad probatoria.
Una vez en libertad, un amigo de Javier lo ayudó a salir del país y así desapareció para siempre, aprovechando en plenitud las fallas de un fallo que nunca debió ser.

derechos y humanos

A la luz amarillenta del farol de la esquina, vimos con mi hermano Miguel cómo tres tipos fornidos estaban moliendo a palos a un flaco. Corrimos a rescatarlo. Al querer intervenir, un cuarto personaje que se bajó de un Falcon verde estacionado al lado del cordón de la vereda, nos amenazó con un revolver: ¡No se metan! ¡No les interesa!
Así fuimos espectadores de una feroz paliza. La víctima, Nora o Gabriel; el que se pintaba los labios con rouge rojo brillante, se colocaba pestañas postizas larguísimas, polleras bien cortas, medias de red, cartera rosa, zapatos de taco aguja del mismo color y se paraba en la esquina de Rodríguez Peña y Luro aguardando en las sombras a su justo cliente.
Era el diferente del barrio.
Buen tipo, querido por los vecinos, servicial, siempre dispuesto a dar una mano, tirarle unos pesos a los abuelos del departamento de al lado, siempre tan necesitados, siempre tan abandonados. Cada tarde les llevaba facturas y, entre mate y mate, mil carcajadas generadas por el decir atrevido y bromista de Gabriel.
Cuando los violentos decidieron que ya era suficiente, el que nos apuntaba con el arma, dirigiéndose al cuerpo inmóvil de Gabriel gritó ¡Ya no joderás más, marica de mierda! Subieron al auto y partieron velozmente. En el cristal trasero lucía un cartel que rezaba: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
Nos abalanzamos sobre Gabriel. Estaba inconsciente. La cara destrozada, la ropa desgarrada, podían verse varias fracturas expuestas en la clavícula, la rodilla derecha, el brazo izquierdo.
Llamamos al hospital desde el teléfono de casa. El médico que llegó con la ambulancia nos dijo que estaba muy grave. Lo acompañamos; directo al quirófano. Esperamos con Miguel. Mucho tiempo, demasiado.
Al abrirse la puerta, el cirujano se dirige a nosotros diciendo que no pudieron salvarlo, que Gabriel había muerto. Miguel comenzó a llorar desconsoladamente, como nunca lo había visto llorar en mi vida. Repetía ¿por qué?, una y otra vez y desde el fondo de las entrañas le salió un franco y absoluto ¡HIJOS DE PUTA!, que retumbó en todo el edificio.
Sabía que Miguel quería mucho a Gabriel. Eran muy amigos desde siempre, pero no imaginaba que ese cariño fuera tan intenso. Sin hablar una palabra llegamos a casa. Miguel se encerró en su habitación un par de días y no salió hasta el lunes a la mañana.
Como cada día laborable, desayunó un poco de café, hizo un comentario trivial e, impecable con la pinta de siempre, se fue a trabajar.
Durante unos días no dejé de pensar en la reacción de Miguel respecto a la muerte de Nora. Exagerada, sin duda; sin sentido ni explicación cierta. El tiempo fue haciendo su trabajo y mi inquietud se transformó en olvido.
Una noche pasé por un moderno pub -recién inaugurado- en Gascón al mil cuatrocientos y a través de un amplio ventanal vi a Miguel charlando con otro hombre en la barra, en el justo momento que el extraño acariciaba su cuello con ostensible ternura.
Ahí comprendí. De curioso me escondí tras un frondoso árbol y esperé que Miguel se retirara del boliche. Lo hizo en compañía del extraño. A media cuadra se unieron en un abrazo y un beso intenso, prolongado.
No lo podía creer. Miguel. Mi hermano pintón, apetecido por miles de mujeres hermosas, era gay. Me costó unos días mirar a Miguel a los ojos. No sabía cómo tratarlo. Finalmente me decidí y hablamos. Le conté lo que había visto y mi confusión.
-¡Ay, mi prejuicioso hermanito! -exclamó sonriendo Miguel-. Sí, soy gay. No es un delito ni una enfermedad fatal. Simplemente soy un hombre al que le gustan los hombres, eso es todo.
-¿Y no tenès miedo de que te suceda lo de Gabriel? –pregunté-. Vos sabés los malos tiempos que vivimos, la fuerza del poder como única razón, que el gobierno se la ha jurado a los gay entre otras minorías, que si te sorprenden no tendrán piedad.
Gabriel añadió que asumía riesgos por los malditos prejuicios; la agresividad de la gente que ejercía su eterna frustración insultándolo, golpeándolo, marginándolo, pero que se la bancaba: siempre hay que pagar un precio por una pizca de placer.
Acto seguido me abrazó, me conminó a no que dejara de preocuparme agregando que todo estaba bien, que confiara en él, que era más que precavido.
A partir de ese día fuimos más compinches, más hermanos, más amigos. Quizás porque compartíamos silenciosamente el secreto de Miguel.
Una jornada, volviendo del trabajo, turno nocturno, bajé del colectivo y emprendí tres largas cuadras hasta casa. Había caminado cincuenta metros cuando tres disparos secos, contundentes, rompieron el silencio de la noche. Corrí hacia la esquina desde donde habían provenido los inconfundibles sonidos del disparo de potentes armas de fuego. Dos tipos se alejaban en un Falcon verde de líneas modernas, que milagrosamente conseguí que no me atropellara. Llevaba las ventanillas bajas y sus ocupantes me gritaron: ¡Se lo merecía, era un puto de mierda! En el cristal trasero se distinguía la consigna: “Los argentinos somos derechos y humanos”.
En el piso, un hombre en medio de un charco de sangre que se iba agrandando a
medida que me acercaba. Llegué a su lado, comprobé que no tenía pulso, estaba boca abajo. Lo di vuelta y los ojos enormes y azules de Miguel, inertes, me dijeron que todo había terminado.
Desde el alma el insulto ¡HIJOS DE PUTA! Se partió el corazón, el llanto se hizo incontenible, el dolor insoportable. Traté de tranquilizarme. Con cuidado acomodé su ropa, saqué de sus bolsillos la billetera y la agenda personal.
En un instante estacionó al lado del cadáver de Miguel un Falcon verde. Me levanté con furia. Un gigante me paró de un solo golpe en el pecho; lo acompañaba su gemelo, ambos con pelo corto, tipo militar, ambos con anteojos negros. Se identificaron como policías, me preguntaron si sabía qué había sucedido.
-Era mi hermano -les dije-, apenas bajé del colectivo que me traía del trabajo escuché tres disparos, corrí y me topé con el cuerpo de mi hermano en un charco de sangre.
-Está bien, nos hacemos cargo. Ya viene el móvil para llevar el cadáver y hacer la autopsia. Que la familia pase mañana a primera hora a retirar el cuerpo.
Me quedé acariciando la cabeza de Miguel sin poder dejar de llorar. Llegó el
móvil. Allí recordé que ese día, once de febrero de mil novecientos setenta y tres, Miguel, mi hermano cumplía treinta y tres años de edad. Me quedé mirando la ambulancia que transportaba el cadáver de mi hermano hasta que desapareció de mi vista.
En el cristal trasero lucía la inscripción que rezaba: “Los argentinos somos derechos y humanos”

buenas noches

Y me acerco a abrigarte cuidadoso
una vez y tantas otras veces
ya das vueltas y vueltas, te adormeces
llega el sueño feliz, luces dichoso

Y de lado colocas la carita
en tu boca dibuja una sonrisa
picardía, estalla en franca risa
ese duende travieso te visita

Volarás de su mano a las estrellas
un descanso en la punta de la luna
el lucero y toda la fortuna
de encontrar brillante a la más bella

Y los magos, los ciervos y su coche
ya te llevan a pasear, toda alegría
y mañana me dirás, llegado el día
que descanses mi niño, buenas noches

de puentes y vías

Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada,
una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión
desaprovechada.
(Proverbio árabe)
El puente sobre las vías
a pocas cuadras mi hogar
y esas ganas de llorar
de tarde, mientras llovía

El barrio donde crecí
berretín de recordar
jamás habré de olvidar
es pedacito de mí

Busqué sin suerte mi casa
montón de escombros, vacío
un gran terreno baldío
y este dolor que no pasa

Jamás lograré entender
allí vivieron mis viejos
nada quedó, yo tan lejos
es lamento y padecer

ojos verdes

He conocido infinidad de actores y sé que todos son muy supersticiosos, pero ninguno como Marcelo Fermín Ordoñez. La manía se había instalado en él desde pequeño. Así, siendo un niño se negaba a ir a la escuela si no le daba tres besos en la mejilla a su madre; la leche la bebía sujetando el vaso con la mano izquierda, no obstante ser diestro, y en exactamente cinco tragos. Las dos caricias al lomo del gato eran de rigor como así también salir de la casa con el pie izquierdo.
En la adolescencia, se encerraba los días jueves. Era el justo medio y no llevaría a ningún lado la mala suerte que ello determinaba. Antes de emprender cualquier actividad daba cinco vueltas a la manzana y su cabeza debía lucir siempre prolijamente rapada. En su juventud, a causa de la superstición, cada mañana, fuera verano o invierno, colocaba sus pies en un recipiente con agua helada durante cinco minutos. Sus camisas siempre eran blancas; el cabello peinado con fijador cambiando cada jornada la ubicación de la raya: hoy del lado derecho mañana le tocaba al izquierdo.
Cuando decidió enfrentar su vocación de actor en forma profesional, los ritos se hicieron múltiples y sofisticados. Dar cinco vueltas a la manzana donde estaba ubicado el teatro antes de ingresar al mismo, su camarín debía estar pintado íntegramente de color verde claro, esperanza y suerte; los espejos y maquillajes se ubicaban en el lateral derecho, orientado hacia el este, lo que lo alejaba de cualquier desgracia.
Además, bajo el vestuario de ocasión se colocaba una remera granate que lo acompañaba desde su primera función y le había asegurado una trayectoria plagada de triunfos. Antes de salir a escena comía un pequeño bocado de queso gruyere con medio vaso de Newen, un vino patagónico que le sirvieron en medio de una gira por el sur que venía desastrosa y que partir de ese momento se transformó en extraordinaria.
Antes de salir del camarín se sentaba en el suelo con las rodillas cruzadas y para sí recitaba un incomprensible trabalenguas de la abundancia, que le había enseñado un chamán en Machu Pichu.
Previo a acceder al escenario, tres besos en la mejilla de la secretaria le garantizaban los aplausos que premiarían su actuación.
Todos sus ritos y cábalas tenían para Marcelo enorme importancia ya que le otorgaban la fe necesaria para enfrentar al público con firmeza, sin temores, desarrollando y culminando su labor exitosamente. De todos modos, no eran determinantes como para llegar a interrumpir una función; esta se llevaba a cabo aun habiendo olvidado la camiseta granate o sin los besos a su secretaria.
No obstante, todos esos ritos carecían de relevancia si la butaca siete de la primera fila no estaba ocupada cada noche por su amada esposa Julia. Ella era la esencia de su seguridad, de su fuerza, del pleno desarrollo en el escenario de su formidable talento de actor.
En cada función, su mirada buscaba los verdes ojos de Julia, su sonrisa, su gesto de apoyo, de aprobación. Al culminar la obra, al tiempo del saludo de agradecimiento y despedida, Marcelo le arrojaba a Julia un ramo de rosas rojas en muestra de su inmenso amor y de gratitud por su presencia. Julia, el gran amor de su vida.
Hoy, después de treinta y tantos años de matrimonio y una hija de veinte años llamada Silvia (vivo retrato de Julia en su juventud), seguía queriéndola como un adolescente. La cena íntima después del teatro era la gran fiesta cotidiana. Los dos solos, en el mismo restaurante de siempre, de tenue luz, en ese rincón del local convertido en perpetuo refugio de los amantes.
Para Julia, la actuación de Marcelo siempre había sido perfecta, genial, suprema demostración de un talento sin duda incomparable.
A Marcelo le daban gusto los elogios de Julia. No leía las críticas a su trabajo. Si Julia decía que su actuación había sido espléndida, eso era todo lo que necesitaba saber. Una noche, caminando hacia el restaurante, Julia se desvaneció. La llevaron al hospital, donde luego de una serie de estudios quedó internada para lograr un diagnóstico preciso.
Durante toda la semana que Julia estuvo reponiéndose, las funciones se suspendieron por primera vez. Marcelo no podía actuar sin su presencia. No era una mera superstición: era el enorme amor que los unía y que lo determinó a cuidarla celosamente hasta que le dieron el alta.
A pesar de su precaria salud, Julia siguió asistiendo al teatro. Cada noche, todas las noches. Así hasta que los médicos se lo prohibieron. Debía limitar las salidas, hacer reposo, evitar excesos.
Julia fue desmejorando rápidamente. Marcelo siguió actuando. Necesitaba el dinero para hacer frente a los gastos del tratamiento de Julia. No obstante los mil cuidados, el desenlace fatal apareció inevitable.
Casi en el final, Julia le hizo prometer a Marcelo que seguiría actuando aunque ella ya no estuviera. Sería un homenaje a tantos años de entrañable amor. Una fría madrugada de un triste invierno, Julia murió y con ella el alma de Marcelo.
Siguió actuando como se lo había prometido a Julia pero había perdido las fuerzas.
Se lo comentó a Silvia, le señaló que a pesar de intentarlo no podía brindar más de lo que tenía. Y desde que Julia se había marchado su interior estaba vacío, no tenía nada para dar. Continuó a pesar de todo, pero su corazón estaba hecho trizas. Presentía que todo acabaría pronto. Su fin sería sobre el escenario.
Una noche salió hacer su trabajo; como siempre, su mirada se dirigió a la séptima butaca de la primera fila. Allí se encontró con unos ojos verdes brillantes, llenos de vida, una sonrisa franca y un gesto de apoyo. Se conmovió, su corazón se puso a mil, casi cae, lo sostuvieron. Volvió a mirar y con alegría reconoció a su hija Silvia que lo saludaba.
A partir de ese momento Marcelo volvió al éxito. El talentoso actor se había recuperado y retornaba con todas las ganas, con todas las fuerzas.
Como su madre, cada noche, todas las noches, Silvia acompañó a su padre desde la butaca siete de la primera fila.

no niegues

Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de
ayudarle a levantarse. (Gabriel García Márquez).

No le niegues a tu hermano
la misma sangre en las venas
hoy es tristeza y la pena
ya precisa de tu mano

La vida tan aleatoria
y todo puede pasar
será lamento y llorar
si reniegas de tu historia

Tú eres lo que has vivido
la familia, los amigos
el transcurrir es testigo
bueno y malo compartido

Abandonar es pecado
actitud irreverente
es negligencia insolente
jamás serás perdonado

mi mano en tu vientre

He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño,
por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
(Gabriel García Márquez)


Maravilla de sorpresa en la mañana
la tibieza del hogar, el fiel cobijo
me dijiste que tendríamos un hijo
se hizo luz, pleno sol a hora temprana

Experiencia genial de vez primera
emoción en el alma y en la piel
es más dulce el gusto de tu miel
es milagro total en primavera

Tu serás orgullosa la mamá
la más bella de todas , tan hermosa
cuidaremos los detalles, cada cosa
pura magia y feliz. Seré papá

Es mi mano en tu vientre, la tibieza
pedacito de mi que va creciendo
partecita de ti, voy presintiendo
será niña luciendo tu belleza

cuestión de imagen

-José, tenemos que hablar.
-Gsí, pa.
-Cerrá la puerta de la oficina, por favor.
-Gsí, pa.
-José, antes que nada quiero hacerte saber que te nombré vicepresidente de la empresa no porque seas mi hijo sino por tus excelentes cualidades técnicas. Sos un gran abogado, de mente brillante, decisiones rápidas y precisas, claridad para ver el punto justo del problema y un conocimiento amplísimo de todas las materias.
-Gsí, pa.
-No tengo más que elogios para tu labor. La firma se ha limpiado de juicios, hemos ganado mucho dinero como consecuencia exclusiva de tu habilidad profesional. Nuestras competidoras nos respetan y algo más importante: ¡nos temen! por tu manera agresiva de encarar los asuntos.
-Gsí, pa.
-Tu madre está orgullosa de tu meritorio trabajo. Has cumplido su sueño y el mío, por su puesto.
-Gsi, pa.
- No puedo más que insistir en que sigas en ese camino en el cumplimiento de tus obligaciones para con la empresa, nuestra empresa.
- Gsi, pa.
-No obstante todo ello, es absolutamente necesario un cambio de imagen.
-¿Gsi, pa?
-Sí, hijo. Entiendo que hoy es difícil para los jóvenes abandonar costumbres y objetos queridos. Forman parte de su historia, de su esencia. Lo entiendo. Juro que lo entiendo.
- Gsi, pa.
-No obstante tengo que pedirte, mejor dicho exigirte, que no dictes más los escritos jurídicos a tu secretaria o a quien sea con el osito peluche sentado en tus piernas, que elimines la silla elefante que usas para trabajar en la computadora y que nunca más, ¡escuchá bien: nunca más!, te sorprendan peinando a ese horrendo mono de aserrín. ¿De acuerdo?
-No, pa. Gseguiré con el osito, la gsilla elefante y el mono de aserrín.
-No quiero que esto pase a mayores. Mi corazón ya no está para estas cosas. ¡Al menos dejá de recorrer los pasillos con tus mamaderas de leche chocolatada!
-No, pa. Las mamaderas no se negocian. Son qricas y gnutritivas. Tibiecitas, con leche chocolatada y Nestum.
-No seas imbécil. Escuchá cómo te dicen. No sos el doctor José Bargullo. ¡Sos el boludo mamón José Bargullo!
-Qué me gimporta. Me critican de genvidiosos.
-José, sos un pelotudo.
-Gsi, pa.
-¡Y sacate el chupete de la boca cuando hablás que no se te entiende una mierda!

mi vieja

Eran las tres y veinte, apenas había podido dormir. El viaje de Neuquén a Buenos Aires de un tirón me había excitado. Me levanté recién amaneciendo. Busqué la parte más profunda de la vieja casona.
El perfume de las rosas y jazmines del jardín del hogar me recibió generoso y acogedor. Seguí hasta el final y bajo el preciado duraznero, en la mesa del mate mañanero, mi vieja esperándome.
- ¿Qué tal hijo? No pudiste dormir, seguro.
- No, para nada. El viaje, tardo en relajarme.
- Sabía ¡te conozco! ¡Siempre pensando, siempre preocupado!
- No, estoy bien. Todo tranquilo ¿Y vos?
- ¡Bárbara! tomá el mate antes de que se te enfríe.
- Te digo la verdad. Sí, estoy preocupado. La tuya va a ser una operación sin sentido.
- Vos vas a saber más que los médicos. Es de rutina, para ver si todo está bien.
- No, no sé más que los médicos. Pero no pasaron ni diez días de la última operación. Tenés que recuperarte.
- Estoy cansada. Voy hoy y después te voy a visitar a Neuquén.
- ¡Qué cabeza dura! ¡Hacéme caso, no te operes!
- Ya tomé la decisión y no la voy a cambiar. Mejor vamos a dar una vuelta con el auto.
- Bueno, vieja. ¿Dónde querés ir?
- A Italia Chica, al barrio donde nací, donde crecí, donde están todos mis recuerdos juveniles. ¡Te quiero mostrar algo!
- ¡Ah, la viejita con secretos! ¡Vamos a Italia Chica!.

En el largo pasillo que hacía de vía de salida de la casa, la vieja fue acariciando una a una las nomeolvides, los malvones y las margaritas: todas las queridas flores que vestían sus macetas.
Subimos al auto y en diez minutos estábamos en Italia Chica. A las ocho de la mañana, la larga calle donde había nacido mi madre estaba desierta. Caminamos lentamente, los ojos de la vieja se fijaban en cada detalle. Llegamos a la vereda de la última casa. El cemento imitaba baldosones y mi madre me señala un lugar junto a la casa. Me fijo y allí un par de manos bien marcadas que quedaron eternizadas al consolidarse el material fresco y debajo una inscripción: "Ningo".
- Esa travesura la hice yo apenas naciste -dice mi madre- cuando vine a mostrarte a mi papá y mis hermanos y decidí dejar para la eternidad mis manos y el nombre de juguete que te inventé en el hospital.
- ¿Y de dónde lo sacaste?
- Lo repetía una y mil veces una señora paraguaya que estaba en la cama junto a la mía. Me pareció que tenía música, que era distinto, me gustó y a partir de ahí fuiste Ningo. Mi hijo querido.
- ¿Y por qué no lo dijiste antes?
- Era mi secreto, como esta foto de cuando eras bebé que me va a acompañar en el quirófano.
La vieja saca de un bolsillo de su vestido una foto impecable de un Ningo bebé y sonriente. La abracé con fuerza, la voz quebrada.
-¡Vieja querida! ¡Tranquì, todo está bien, no va a pasar nada!
Volvimos a casa, se cambió y en una silla de ruedas la llevaron a la ambulancia. Se despidió con una inmensa sonrisa mientras me mostraba la foto de su bebé tan amado.
Subí al auto para seguir la ambulancia, cerré los ojos y no pude dejar de llorar.

El teléfono y su sonido insistencia me despiertan. Miro el reloj, son las tres y veinte de la mañana, salto de la cama y levanto el tubo.
-Hola, ¿quién habla?
-¿Ningo?
- Sí, sí.
- Rodolfo, pibe, de Buenos Aires. Es por tu vieja. Se descompuso y la operaron de urgencia.
- ¿Y, Roli? ¡Qué pasó!
- Herminia murió, viejo. El corazón de tu vieja no aguantó.
El viaje de Neuquén a Buenos Aires fue el fin de los días felices. La foto que mi querida vieja llevó al quirófano, esa de su bebe sonriente, la tiene consigo. En miles de sueños, con esa inmensa sonrisa de la despedida, me la muestra, la besa y con ternura infinita la apoya sobre su corazón.

las vidas de jorge

Los sueños son uno de los grandes misterios de la vida. Normalmente aparecen como fantasías, exageraciones, ilusiones, esperanzas, reencuentros con amigos lejanos y cosas por el estilo.
Para Jorge, los sueños eran una reproducción exacta de su vida diaria; hasta el último detalle de lo que había acontecido en su jornada se reproducía en su sueño nocturno. Una rareza que jamás salió de su fuero íntimo. Nunca le contó a un tercero, ni a sus padres, lo que le acontecía mientras descansaba cada noche.
Así fue hasta que contrajo matrimonio con Elsa. Allí los hechos comenzaron a variar ligeramente. No se daba esa exacta coincidencia que había perdurado inmutable durante su soltería.
Con el transcurso del tiempo, las diferencias de los sueños de Jorge con su realidad se hicieron más notorias. Así, la vida cotidiana con Elsa no era sencilla pero en sus sueños se traducía en un dulce pasar. La situación varió más aún con el nacimiento de los tres hijos. Cada jornada se convertía en un infierno pero en sus sueños la relación con su esposa y sus hijos era magnífica.
Las desavenencias de la pareja, las diarias disputas conyugales, habían llegado a tal punto que Jorge pensó en divorciarse aunque desistió de hacerlo en la convicción que era lo mejor para los hijos. Ellos necesitaban un padre y no podían quedar a merced de los caprichos de Elsa.
En sus sueños, el trato con Elsa era más que armonioso, el amor reinaba sin límites en la pareja y el vínculo con sus hijos era espléndido.
Elsa se había obstinado en que sus hijos no fueran más allá de la escuela primaria. Lucho rabiosamente para que no accedieran a la escuela secundaria. Obviamente no tuvo éxito: Jorge se encargó de inscripciones y trámites de rigor y los niños iniciaron sus estudios medios.
Por supuesto que al tiempo de soñar el interés de Elsa por el estudio de sus hijos era notable. Jorge era simplemente un apoyo en la materia.
Cuando llegó la adolescencia de los mocosos, Elsa le dio piedra libre a sus hijos para que se embriagaran, fumaran, volvieran a cualquier hora del boliche, que desaparecieran por días. Mil tormentos para Jorge que era súper responsable y allí andaba sacando a uno de la comisaría por beber de más, recogiendo a otro de una plaza donde había quedado tirado por el alcohol, rescatando al tercero de una casa de malandras.
En su sueño, los hijos volvían de la diversión no más allá de las doce, sin aroma a alcohol y se quedaban charlando con Jorge y Elsa hasta la madrugada de las alternativas de la familia.
Para que los jóvenes pudieran acceder a la universidad, Jorge tuvo que enfrentar una lucha cuerpo a cuerpo con Elsa. Contra su obstinada negativa, el padre de los párvulos se encargó de inscribirlos a pesar del ataque de furia de la indomable Elsa.
En la vida de sueño, Elsa feliz festejaba la partida de sus hijos a la ciudad de La Plata para iniciar sus carreras terciarias.
En la realidad, los vagos se tomaron diecisiete años para terminar sus carreras. Mil tropiezos, borracheras con secuelas, departamentos dañados y la sonrisa burlona de Elsa por las omisiones de los atorrantes.
Al soñar, los hijos se recibían en el riguroso término de seis años. Desarrollaban carreras exitosas, se casaban, y cuatro nietos hacían la alegría de Elsa y de Jorge.
Al volver de la universidad los hijos cortaron toda relación con el padre. Elsa enfermó de cáncer. Salvó su vida por la persistente acción de Jorge de conseguir que se operara en un hospital importante en Buenos Aires y no en la clínica del pueblo. La terapia intensiva del gran hospital la sacó a Elsa de la muerta después de una lucha de horas. En la clínica local hubiese muerto pues la sala de terapia intensiva era una promesa que nunca se había cumplido.
En el sueño, Elsa contraía cáncer y salvaba su vida como en la realidad, pero premiaba a Jorge con el mejor trato, con un amor sin límites. Fiel reconocimiento a la persistencia y preocupación de Jorge para conseguir la operación en el Hospital importante. En la realidad, Elsa abandonó a Jorge a los diez días de la operación para ir a vivir con sus hijos.
Luego de la separación, Jorge se fue convirtiendo en el ser más solo del mundo. Elsa, en un acto de mala fe, vendió la casa que Jorge tenia reservada para pasar su jubilación en su ciudad natal y que había adquirido con enorme esfuerzo. No sólo la vendió sino que se jugó todo el dinero que había obtenido con la compra. Así sumó una adicción más al cigarrillo y a la cerveza: el juego. Se convirtió en una ludópata que nunca cesaba de reclamar dinero a Jorge.
En los sueños, Elsa y Jorge Vivian su segunda luna de miel rodeados de sus hijos y nietos.
Pero Elsa había cruzado todos los límites. Una noche fue a la casa de Jorge. Cuando este abrió la puerta comenzó a insultarlo, agredirlo, tomó un cuchillo y le exigió todo el dinero que tuviera. Jorge intentó arrebatar el arma de su mano, forcejearon, Elsa perdió el equilibrio y su cabeza pegó contra el borde del primer escalón de la escalera de mármol que llevaba a los dormitorios. Un hilo rojo comenzó a hacerse cada vez más notable en su frente, corrió por sus ojos, la nariz, los labios. Jorge tomó la muñeca derecha, el pulso había marchado junto con la vida de Elsa. Sometido a juicio, se demostró el accidente y Jorge quedó en libertad. Solo, más solo que nunca.
La primera noche que pasó fuera de prisión buscó desesperadamente la cama de sus sueños. En el pasar de ilusión Elsa había enfermado gravemente. Esa tarde de sueño acercó sus labios a los labios de su amada esposa que respondió con ternura. Fue la última caricia antes que Elsa muriera. El Jorge de fantasía no lo pudo soportar y su corazón se rompió en mil pedazos.
Esa misma mañana de la vida real, la mucama que hacia la limpieza diaria en la casa de Jorge lo encontró muerto. Su ajetreado corazón se había negado a seguir.

día del padre

¿Quién inventó el día del padre? Un comerciante ingenioso, sin duda. La necesidad es la esencia de las buenas ideas. Una manera de incrementar las ventas - habrá pensado mi amigo comerciante - es provocar el amor por el viejo.

El que está y el que marchó para siempre. Así, una muchedumbre de hijos inunda los negocios comprando desde afeitadoras hasta el par de zapatos más elegante, o las zapatillas con cámara de aire para que las trajinadas articulaciones del hombre del día se alivien, y las caminatas diarias del viejo que ayudan al corazón se asuman con renovado entusiasmo.

Ese día también las tumbas de los padres que se apresuran a partir de un mundo tan injusto, se colman de flores, se llenan de agua los floreros resecos de olvido. Las lágrimas sentidas, con fundamento en lejanos momentos felices, se hacen rigurosamente presentes, mientras los negocios que enfrentan el cementerio hacen su agosto en pleno junio.

No está mal, pensó Juan, que un día, al menos, los hijos lo dediquen a homenajear a sus viejos. Con alegría algunos, con nostálgica tristeza los menos afortunados.

Llegó hasta su departamento. Se dejó caer en el sillón del living. Por costumbre prendió la televisión en el justo momento que un enorme cartel de ¡Feliz día papá!, cruzaba la pantalla adelantándose a la celebración del día siguiente. La apagó inmediatamente. Suficiente por hoy dijo en voz alta. Subió a su dormitorio, la remera de siempre y las sábanas limpias recibieron el cansancio de un laburante.

Por la mañana abrió los ojos, el cielo celeste que invadía la ventana y el sol que se reflejaba la montaña lo hicieron lagrimear. ¡Insólito! pensó Juan, cómo voy a lagrimear con este bello día que me propone Natura. Amagó levantarse y su cuerpo no respondió. Intentó mover las manos, los brazos, las piernas. Nada. Estaba paralizado. Absolutamente inmóvil. Sólo los ojos respondían a los mandos naturales. Realizó varios intentos para erguirse o mover sus miembros recibiendo la frustración como respuesta.

Se sorprendió de que la situación no lo asustara. En su mente percibía una gran paz, una especie de descanso, de deber cumplido. Pensó que, quizás de haber sabido que alguien vendría por él, sentiría temor de que no llegara a tiempo; pero como nadie acudiría, estando la puerta de entrada virgen de nudillos que reclamaran su presencia, se resignó a su situación y en su mente se dibujó un "Que sea lo que Dios quiera".

Sus ojos se fijaron en el nudo de la madera que el techo le obsequiaba en ese día tan especial. Por algún motivo ese nudo siempre era buscado por su mirada. Lo observó durante largo tiempo mientras la mente se alejaba con placidez hacia su mundo de sueños. Allí se veía joven, de la mano de sus hijos mayores, Pablo y Diego. Sergio llevaba la pelota de futbol. Picadito de rigor en el potrero de la esquina. Correr, transpirar, mil goles, el césped acogedor y los tres bandidos jugando incansables.

De vuelta a casa de los viejos, con todo el hambre del mundo que era estimulado por el delicioso aroma a un asado con todos los chiches. Rodolfo el asador titular, la vieja haciendo la ensalada, el abrazo con Alberto y Susana, un par de amigos recién casados, dos botellas de buen vino, todas las gaseosas necesarias, y el parrillero que daba la orden de largada.

Con la voz de Rodolfo en la mente, Juan despertó. La inmovilidad continuaba invencible. Sus ojos se dirigieron a la ventana que, afortunadamente, lucía las cortinas corridas. Un par de nubes traviesas cruzaban lentamente el celeste cielo. Como saludándolo. Una sonrisa en su pensamiento. Tranquilo, muy tranquilo. La luz exterior le anunciaba que el mediodía ya había pasado.

Nuevamente al nudo de la madera. Siempre le pareció que tenía la forma de una mujer embarazada. Su mirada recorrió una y otra vez el techo en el límite que le permitía las circunstancias. Decidió jugar un poco. Los ojos se fueron moviendo cada vez más rápido, más veloces, hasta que se mareó, los mantuvo cerrados y nuevamente volvieron sus sueños.

Allí seguía el asado. Una buena tira, jugosa, que precedía al chorizo, luego

era tiempo del riñón y finalmente un chinchulín exquisito. Los chiquilines correteaban más que comer. Pablo siempre subido a sus rodillas que disputaba celosamente con Diego. Sergio miraba desde abajo. Roli y la guitarra, las canciones de Osvaldo, la Negra Sosa, Discepolo, todo el repertorio habitual que se transformaba en mariposas musicales por su privilegiada garganta. "...uno vuelve siempre/ a los viejos sitios/donde amó la vida/ Entonces comprende/ como están de ausente / las cosas queridas/ Por eso muchacha…”. Los ojos volvieron a abrirse.

En la ventana, el cielo se había vestido de rojo. Incluso algunas sombras anunciaban la noche. Se dejó estar, busco el sueño y lo encontró.

Los tres granujas y Juan jugando al metegol. Ruido de mate en la cocina. La gente ya estaba en el comedor animado, pleno de carcajadas. Pablo tomando a Juan de la mano, llevándolo al comedor; sobre la mesa una torta casera donde se destacaba en blanco e inmaculado merengue un " Feliz día, papá". El beso de los granujas y lágrimas en los ojos de Juan, que vuelve a despertar mientras en su mirador ya se lucía una noche blanca de estrellas.

Las lágrimas y mil momentos del arcón amontonados en la mente de Juan. Recordó el celular que había dejado sobre la mesa de luz. Ese día, como siempre, tan ausente de llamadas. Agotado se durmió.

Por la mañana temprano intentó erguirse y lo consiguió con facilidad. Movió los brazos, todo en orden. Se calzó, se afeitó se pegó un ducha reparadora mientras trataba de explicarse que le había sucedido. Iría al médico, buscaría una explicación.

Bajó, se preparó su mate dulce de cada mañana, tomó la libreta mágica, mientras su mente buscaba temas para llenar las cuatro hojas blancas con los poemas de cada día. Prendió la televisión para dar un vistazo somero a lo sucedido. Mientras se daba vuelta para hacerse de las galletitas, un locutor anunciaba que ayer se había celebrado el día del padre en todo el país, que los hijos habían dado el merecido homenaje a sus progenitores, que el abrazo… La voz del locutor se apagó junto con el televisor.

Resolvió anular la visita al médico. Su mano comenzó a dibujar su primer verso.