Free Counter and Web Stats

de ocasiones y ladrones

Marcos había perdido las esperanzas de llegar a buen puerto en su matrimonio con Graciela. Lo había intentado todo, desde la sorpresa de ese regalo especial hasta la cena en el mejor restaurante, escapadas a lugares de arena blanca y mar transparente, el auto reclamado mil veces para moverse sin depender de las obligaciones de su marido, pero todo había sido en vano. Marcos era para Graciela un mueble más de la casa, cuando estaba; horas mirando televisión sin dirigirle la palabra y tratando de evitar su mirada de manera manifiesta. Marcos estaba seguro de que, por algún ignorado motivo, su esposa lo odiaba con toda el alma.
Un encuentro casual con una pareja amiga del colegio secundario sirvió para aliviar tanta tensión. Incluso esa noche de regreso a casa, habían pactado intentar una reconciliación en la siguiente noche. Graciela, con varias copas de más, dibujó en su discurso la escenografía del reencuentro: una copa al regresar Marcos del trabajo, una cena con velas y después todo el amor, como antes, como hacía tanto tiempo.
La noche en cuestión, Marcos dejó el automóvil en el garaje, accedió a la casa por la puerta principal y...nada. Como siempre, como cada noche, la rutina de prepararse un par de hamburguesas en la plancha, una copa de vino blanco y a acostarse sin hacer ruido para que la señora no se despertara.
Harto y con toda la bronca del mundo se sirvió un generoso vaso de whisky, se acomodó en el sillón más amplio del living decidido a pasar allí la noche.
Apenas se estaba acomodando desistió. Iría a dormir junto a Graciela, nada más que para que se sintiera molesta.
No obstante respetó las reglas, silencioso como un gato se quitó la ropa y en un instante las sabanas del lecho conyugal fueron su cobijo. Mientras acomodaba la almohada, una agradable caricia en la nuca seguida de un tierno beso en el cuello fueron inesperadas y bienvenidas sorpresas. La reconciliación tan esperada se hacía realidad. El abrazo no se hizo esperar y una noche de caricias y todo el amor finalmente fue.
Marcos ingresó en sus sueños con una olvidada sonrisa. Durmió profunda y plácidamente.
En la mañana, apenas abrió los ojos, se sentó en el borde de la cama mientra decía:
-Bárbaro, Negra, una noche como nunca. Ya voy a hacer unos mates y planeamos el día. ¡Todo el domingo es nuestro!
-¿Qué?... ¿Qué pasa? -respondió una voz extrañamente ronca.
Marcos se dio vuelta y para su sorpresa a su lado no estaba Gloria, su esposa, la Negra, sino Marisa, una rubia espectacular, amiga íntima de su esposa, que lo miraba con un gesto toda travesura.
-¡Marisa! ¡Que hacés acá! -exclamó Marcos, absolutamente confundido.
-¡Que hicimos acá!, querrás decir -apuntó burlona Marisa.
-Bueno, como sea. ¿Por qué no está Gloria? -preguntó Marcos.
-Porque Gloria se fue con un tipo del trabajo. Dijo que no la esperaras, que no volverá jamás.
-¡Pero no puede ser! -se lamentó Marcos-. Y vos, ¿cómo te atreviste? ¿Por qué no me dijiste?
-Porque siempre me gustaste. La ocasión hace al ladrón y no me equivoqué. ¡La pasé bomba! ¿Y vos?
-Yo también. ¡Como nunca! Pero creía que eras Graciela -apuntó Marcos.
-Graciela ya no está, se cansó de meterte los cuernos. ¡Aquí y ahora estoy yo! Marisa, que te ama sin reparos y tiene toda la intención de ampliar algunos detalles que quedaron pendientes anoche.
-Mirá, Marisa, en verdad no sé.
-¿No sabés qué? -preguntó temerosa Marisa.
-¡No sé si me va alcanzar todo el domingo para agotarme de placer! -añadió un eufórico Marcos.
El lunes a primera hora, sometido por los brazos de Marisa, Marcos llamó al trabajo diciendo que estaba con mucha fiebre, que lo disculparan por un par de días, que se sentía algo débil, que el miércoles ya estaría recuperado y que si seguía con la temperatura elevada avisaba.

tanto que vivir

Juan entró al bar de siempre, se sentó a la barra, pidió el trago de costumbre, su mirada perdida, las manos jugando con el vaso y la mente reprochando su destino solitario, sin un otro con quien hablar, reír, lamentar. Solo, siempre solo. Esa maldita soledad que se incorporó paulatinamente en su vida desde que el exilio fue la única opción. Su trabajo ayudó a cultivar ese pasar silencioso, treinta años de Juez, el hombre sin amigos ni reuniones sociales para no comprometer su imparcialidad, luego el berretín de escribir que también le requería aislamiento y soledad.
Se dio vuelta y en una de las mesas contra la ventana, su mirada se encontró con otra solitaria como él. Mirada perdida, las manos jugando con el vaso, mente ausente.
¿Por qué no?, se dijo y en un alarde de audacia decidió acercarse e intentar un diálogo.
-Buenas tardes, señorita. ¿Está sola?
-¡Sí, estoy sola! ¡Abrumadoramente sola! ¿Y a usted qué le importa?
- Na… nada. Disculpe. Un gusto -alegó Juan y se retiró rumbo a la barra.
-¡No le dije que se retirara! ¡Le dije que estoy sola! ¡No me entendió!
- Sí la entendí -dijo en voz baja Juan-, por eso me retiro, no quiero molestarla.
-¿Y quién dijo que me molestaba? Si alguien está solo hay que acompañarlo, ¿no? -preguntó la mujer, mientras miraba a Juan con ojos de paciente psiquiátrica.
-Sí, es verdad -afirmó Juan para conformarla-, pero de cualquier manera me quedaron unas cosas pendientes y...
-Y nada. ¡Yo no fui a buscarlo! ¡Usted se acercó y me sacó!
-¿Que la saqué? -preguntó Juan.
-¡Me sacó! ¡Me puso loca!
-No fue mi intención, mi querida amiga -dijo Juan.
-¡No soy su amiga y menos querida! ¿Entendió?
-Por supuesto, señorita. Bueno, que tenga buenas tardes, tengo que ir al nego...
-¡Usted no va a ningún lado! ¡Se sienta frente a mí o armo un escándalo!
-No, por favor, un escándalo no, yo me siento, tranquila, ya estoy sentado.
-Una no puede a venir a estar un rato tranquila y tomarse una copa, que siempre tiene que venir alguien a sacarte.
-Por eso, señorita. Tiene toda la razón. Me retiro y resuelto el problema -concluyó Juan.
-¡Usted no se retira! ¡Necesito un otro con quien hablar!
-Bueno, me parece bien. La escucho.
-¿Y usted se cree, atrevido sin nombre, que yo voy a confiar mis intimidades a un desconocido?
-No, por supuesto que no. Aguarde que pago y me voy.
-Dígame su nombre antes que nada.
-Me llamo Juan.
-Yo me llamo Alicia. Ahora nos conocemos.
-Claro, ahora no somos desconocidos -ratificó Juan.
-Pero nos conocemos hace segundos. ¡Ni se atreva a preguntarme sobre mis problemas! ¡No se atreva!
-No, no lo haría nunca -aseguró Juan, desconcertado.
-Todo fue por el berretín del casamiento -comenzó a argumentar Alicia-. ¿Quién me mandó! ¡Si los hombres después te dejan por una mujer más joven y de vos se olvidan! ¡Seguro que usted hizo lo mismo!
-No, señorita. Yo soy soltero. ¡Moza, la cuenta por favor! –clamó Juan, intentando fugar.
-¡Usted no se va de acá! ¡A mí nadie me abandona más! ¡Así que se queda sentadito hasta que pague y salga de aquí!
La señorita volvió a mirar a Juan con ojos de paciente psiquiátrico, amagó a gritar, se dirigió a la caja, pagó, se acercó a la mesa donde estaba Juan y apuntándole con el dedo le dijo:
-¡Ni se te ocurra abandonarme! ¡Si me abandonas, Miguel, te mato!
Juan esperó un buen rato que la mujer se alejara y, cuando se sintió seguro, se acercó a la barra y mientras pagaba apresurado preguntó:
-¿Quién era la dama?
-Alicia -dijo Walter el barman-. Hace años que Miguel, el marido, se fue con su mejor amiga. Nunca pudo superarlo.
-Sí, me di cuenta -afirmó Juan mientras se retiraba del bar. Desde la puerta se quedó mirando a Alicia que cruzaba la calle a paso lerdo, la mirada en el piso, todo el peso del abandono brutal sobre sus hombros, toda la soledad vital en cada detalle. Pensó que lo malo de la soledad es quedarse en el pasado, en dolores, injusticias, errores que dejaron de estar, que ya no son. En su mente se valorizó su presente de escritor, de tantas cosas que lo aguardaban. Tanto que vivir, un ahora que intentar mejorar.
Sonrió. Acababa de descubrir lo plena que era su soledad, subió a su camioneta y una querida canción, injustamente ausente durante tanto tiempo de inútil tristeza, apareció en sus labios, suavemente, respetando la magia del silencio.

las manos en los bolsillos

En repudio a la violencia y en homenaje a Galar Epulef.

La violencia no es sino una expresión del miedo. (Arturo Graf).

Fue tan intenso dolor
solamente porque sí
brutalidad contra ti
alevosía y rigor

Silencio fue tu respuesta
las manos en los bolsillos
tantos golpes de los pillos
tu vida era la apuesta

Cobardes te la quitaron
no supieron de piedad
de sangre la realidad
huyeron, te abandonaron

Triunfo de la violencia
como suele suceder
Justicia que no ha de ser
impudicia e insolencia

manía (*)

Juan estaba pasando por un mal momento. Problemas económicos y familiares, esa maldita depresión que se hacía presente cuando más necesitaba de su voluntad y la mente de fiscal implacable que lo atormentaba, eran una mezcla explosiva y peligrosa que podía estallar en cualquier momento.
La alta temperatura de ese mes de febrero, que se había instalado sin intención de partir, tampoco ayudaba a mejorar la situación. Se sentía inquieto, molesto, sin paz.
Volviendo del trabajo decidió sentarse en una de las mesas del bar de siempre, en la vereda, con una fresca brisa que le dio alivio a tanta incomodidad.
Se pidió una cerveza bien fría y entonces... ¡qué mujer! ¡En su vida había estado tan cerca de la belleza perfecta!
Alta, rubia, ojos de cielo, cintura inexistente, cadera gloriosa, y una blusa seductora que se abre generosa cuando la hermosa se acerca a la cara de Juan, le pide fuego, mientras su mano derecha lo acaricia suavemente y con un ¡chau bonito!, se aleja despacio, marcando insinuante la cadencia de su andar.
Juan se olvidó por un momento de todos los problemas, se levantó de la mesa apresurado, la alcanzó y los piropos más galantes tuvieron la respuesta esperada.
-¡Qué cosas lindas que decís, bonito! -dijo la dama.
-Nunca tan merecidas -dijo Juan con convicción-. Mi nombre es Juan, ¿y el tuyo?
-Me llamo Manía, bonito. Detrás de esa puerta está mi casa y si gustás pasá, tomamos un trago y hablamos un rato.
-¡Por supuesto que quiero! -exclamó Juan entusiasmado.
La casa era acogedora, plena de tibieza. Música romántica, un whisky generoso y Juan atosigó a manía con los detalles de su vida.
-Suficiente, bonito. Basta de palabras. Llegó el momento de las sombras, el silencio y el amor -dijo Manía, mientras uno a uno desprendía los botones de su blusa.
El dormitorio fue el próximo paso y la pasión alentó las sensaciones, anuló la razón y el amor fue. Por la mañana. Juan se levantó presuroso: debía llegar a tiempo al trabajo, no podía perderlo.
-Chau, Manía. Juro que llevaré este milagro en mi corazón para siempre. Espero que nos volvamos a ver.
-No lo dudes, bonito -dijo Manía mientras sus labios rojos dejaban su marca en el cuello de Juan.
-¡Espectacular, espectacular! -murmuraba Juan mientras caminaba a paso rápido. Llegó a horario al trabajo, suspiró aliviado y después una dura y pesada jornada de una rutinaria labor que odiaba con todo el alma. Al tiempo de salir del yugo, un dolor intenso atravesó su pecho. Cayó como un títere al que le cortaron el hilo. Ambulancia, hospital, terapia intensiva.
No tardaron en llegar sus hijos, la bruja de su esposa, el pedófilo de su cuñado. Todos los buitres presentes, mirándolo con un gesto que a Juan le parecía burlón, como alegrándose de que partiera de este mundo por ese débil corazón que a ritmo lerdo anunciaba el final.
Súbitamente, Juan apreció que la sala se llenaba de luz y en medio de todos, Manía, desnuda, absolutamente desnuda que se sentaba en su cama. Los demás no la advertían, sólo Juan.
-Hola, bonito -dijo Manía.
-Hola, preciosa. Qué sorpresa, jamás pensé que volverá a verte –dijo Juan con un suave y esforzado susurro.
-Siempre cumplo mis promesas -dijo Manía.
En un instante su cuerpo desnudo fue uno con el de Juan. La boca de grana de Manía besó con pasión los labios grises de Juan, lo amó y su cuerpo fue introduciéndose lentamente en el de Juan. Al fin de la fusión el corazón de Juan dejó de latir.


(*) Manía es la diosa etrusca de la muerte

rocío

¿Una flor caída volviendo a la rama? Era una mariposa.
(Io Sogi).

Es lágrima de rocío
por la mañana en la rosa
blanca y frágil mariposa
ese murmullo del río

Obstinado transcurrir
musical, irreverente
el corazón que lo siente
todo el placer de vivir

Un compendio de belleza
montañas, el lago manso
pedacito de remanso
una sonrisa, tibieza

Y mañana nuevamente
será rojo amanecer
al instante de nacer
deslumbrante, trascendente

solitario

-Hola, solitario.
-Hola.
-¿No sientes miedo tan lejos del mundo?
-No, siento placer.
-¿Qué te hace sentir placer?
-Justamente la soledad, el río, el ruido del agua al caer en cascada, la espuma blanca.
-A mí me parece aburrido.
-Nada de aburrido. Es bello. El ruido del agua es una suave melodía, armoniosa, coherente. Ayer, hoy, mañana y siempre la misma caída, la misma espuma blanca, el mismo sonido.
-¿No te gustan los cambios?
-La vida cambia demasiado. Tan efímera, un vuelo de mariposa y en el ínterin todo sucede.
-¿Y eso no te divierte?
-Me abruma la rapidez del transcurrir vital, desde el primer llanto hasta la muerte. Esta caída de agua y este río, están y estarán para siempre. Eran una realidad cuando nací y lo seguirán siendo el día que me vaya de este mundo. Tan obstinados, tan insistentes, tan fieles.
- Eso es cierto.
-Mirá al cielo. Ante de llegar a él te encantarás con árboles de todas las formas y matices. Natura se viste de mil tonos de verde, amarillo, ocres. Y esa pared de inmutable piedra que desafìa al sol.
-En verdad, es imponente.
-Fìjate a la derecha: el lago azul, la cordillera, las cumbres nevadas.
-Una maravilla.
-Y a la izquierda, ¿qué ves?
-Una cascada más grande, un viejo puente de madera, pájaros.
-Pájaros majestosos. Libremente majestuosos.
-Buen lugar, solitario.
-¿Buen lugar para qué?
-Para que mueras, Solitario. Enemigos poderosos acortan la vida.
-Todos morimos algún día.
-Este es tu día, solitario. Lo lamento.
El sonido del agua al caer escondió el ruido del disparo. La blanca espuma se tiñó de rojo.

seme fiel y cuidame al perro

El matrimonio de Jorge y Susana fue celebrado -como se dice- con todos los chiches. Jorge tenía un buen trabajo, lejos de la gran ciudad, en una importante empresa dedicada a la actividad minera; Susana había sido contratado para un cargo de maestra titular en la escuela del pueblo. Una maravilla. Se amaron intensamente durante los dos primeros años de unión conyugal, aunque a pesar de que lo intentaban día a día, hasta quedar exhaustos, ese primer hijo tan deseado no llegaba.
Decidieron efectuar una consulta médica en la ciudad capital de la provincia para tratar de hallar el motivo del fracaso. No solamente consultaron al médico elegido en un primer momento sino a casi todos los profesionales de la especialidad que atendían en la gran urbe local, accediendo incluso a un par de eminentes doctores de la ciudad de Buenos Aires, concretando la pareja hasta el estudio más impensado.
El resultado fue decepcionante, abrumador y terminante. Jorge padecía de un tumor maligno que impedía absolutamente la procreación y su vida estaba limitada a unos pocos meses.
El compañerismo y el amor de la pareja se intensificaron en el tiempo que tardó Jorge hasta llegar a la muerte. El último pedido -casi un ruego- de Jorge a Susana fue el siguiente:
-Susy, sólo te pido un par de cosas: séme fiel y cuidá del perro –se refería a Walter, el perro del padre de Jorge, cuya custodia le fue encargada por el progenitor a su único hijo. Era un legado sagrado que no podía ser obviado.
-No lo dudes mi amor, te lo juro, pero no vas a morir, yo lo impediré -dijo entre lágrimas Susana.
Al día siguiente inhumaron los restos de Jorge que fueron cremados y arrojados en el mar, tal como fue su deseo.
Susana lloró intensamente a Jorge, cuidó de Walter como si fuera su hijo, no salió más a la calle.
Así, paulatinamente, el encierro, la falta de aire fresco, de cielos celestes, de paseos por el lago, de charla con amigos, de la intención de algún amor con pretensiones, la fueron tornando en una sombra. En un par de meses había adelgazado diez kilogramos.
Desapareció el deseo de comer, de reír, de hacer. Su actividad se limitaba a alimentar a Walter que cada día estaba más lozano, rozagante, pleno de vida.
Una tarde pasó por el espejo del living en ropa interior y se asustó. Era un cadáver. Apenas cuarenta y cinco kilogramos para su metro setenta y cinco de altura. Se detuvo a observar detenidamente su cara: ojeras hasta el piso, demacrada, pálida; frente suyo la ventana le mostraba la vitalidad de Walter y la manifiesta injusticia de la imposición de Jorge apareció con claridad en su mente.
Era una estupidez que ella estuviera perdiendo su joven vida mientras que el perro disfrutaba de todos los beneficios e incluso le gruñía y más de una vez intentó morderla al darle el alimento.
-Esto se acabó -exclamó Susana- a partir de esta noche las cosas serán totalmente distintas.
A las veintiuna horas del día de la declaración de la libertad, Susy aprestó su auto y salió de cacería por las calles del pueblo. En la primer esquina, un morocho pintón, con aspecto de canchero, se cruzó frente a su auto. Estacionó el automóvil y lo invitó a subir.
El morocho aceptó y sin protocolos Susana lo tuvo en momentos en su casa y en su cama. Dos meses de malaria desaparecieron en una sola noche. Por la mañana del día siguiente desayunaron algo y la fiesta siguió hasta entrada la tarde. A las diecisiete, el morocho Raúl se despidió con un beso intenso, como para continuarla en otra ocasión.
En el interín, Walter ladraba reclamando su alimento. Ese día no tendría suerte. Susana tenía otros planes: seguir con la cacería. Se duchó, comió algo y, a las veintiuna horas, nuevamente el automóvil de Susana puso rumbo a las calles del pueblo. Esa noche Susy invitó a un fornido rubio de ojos celestes, de unos pocos años. El trámite fue análogo al revuelo amoroso que había disfrutado con Raúl.
Esta vez Miguel se retiró a las dieciséis horas del día siguiente saludando coincidentemente con un beso interminable y la promesa de encontrarse nuevamente.
Walter seguía ladrando por su comida, pero tampoco esa tarde sería atendido por Susana. Prepararse para el combate nocturno era toda su preocupación.
Así continuó Susy con su cacería en los días siguientes sin solución de continuidad y cambiando permanentemente de parejas.
Esa promiscuidad la alentaba; había aumentado, sin límite a la vista, su deseo sexual.
Una tarde, los ladridos de Walter, que se habían transformado en un débil ruego, cesaron. Susana no se dio por enterada. Las chusmas del barrio gastaron el timbre esa noche para reprocharle que había dejado morir el perro de Jorge.
Susana, que había obtenido una pieza de especial calidad, no respondió a las llamadas.
Las vecinas liberaron de la cadena el cuerpo sin vida del animal y lo enterraron en un baldío cercano.
Esa tarde, cuando el bombón que había capturado se marchaba, luego de las caricias de rigor, llamó su atención la ausencia de ladridos de Walter. Fue hasta su cucha y recién allí apreció su ausencia, en el mismo instante que se acercaban dos de las vecinas chusmas.
-¡Y bueno!, se debe haber soltado y se fue con alguna perra -les comentó Susana a las brujas barriales.
-No señora -dijo una de las arpías-. Walter murió de hambre.
-¡Cuánto lo lamento! -dijo Susy exhibiendo un gesto de falso lamento-. Seguramente se habrá reunido con Jorge y ambos estarán felices. Ese pensamiento mitiga mi dolor - concluyó Susy sin poder reprimir una cínica sonrisa mientras le cerraba la puerta de la casa en la cara a las chismosas y se dedicaba de lleno a prepararse para capturar esa noche el ejemplar mejor dotado.

azul

-Buenas noches, señor.
-Buenas noches.
-Mire, yo me acabo de caer de aquella estrella, la más brillante, esa que está debajo de la luna. Estoy desorientado. ¿Podría decirme dónde encontrar un lugar para comer algo y pasar la noche?
José lo miró manifiestamente sorprendido. Pensó que finalmente había tipos más locos que él. El sujeto le parecía amable, simpático; decidió seguirle la corriente.
-Mire usted qué casualidad. Yo también hace un instante me caí de una estrella. Esa que está por arriba de la luna, a la izquierda; es menos brillante que la suya.
-¡Qué alegría! ¡Semejante porrazo y me encuentro con un amigo del espacio!
-Yo ya me caí varias veces - dijo José - por el vino, sabe. Borracho pierdo la estabilidad, caigo y aparezco aquí, siempre el mismo lugar. Tengo varios amigos en la tierra, incluso formé una familia. Venga, lo invito a pasar esta noche en mi casa.
-¡Le agradezco infinitamente! No olvidaré su generosa hospitalidad.
-Acompáñeme, es la casita blanca, justo en la esquina. Allí vivo con mi familia terrestre.
-No quiero molestar, dijo el extraño.
-Ninguna molestia. ¿Cuál es su nombre?
-Azul. Mi nombre es Azul.
-¿Azul? ¿Por qué Azul?
- Por el color de mis pies.
- Mire usted -añadió José.
Al llegar a la puerta de la casa, José le dijo a Azul que esperara un momento. Entró, le dió un beso a su esposa María, saludó al resto de la familia y anunció:
-Invité a un tronado a cenar a casa y pasar la noche. Dice que se cayó de una estrella. Síganle la corriente –y, dirigiéndose a sus hijos, Luis de once años y Mario de trece, les destaca:- ¡No lo jodan!. Parece un buen tipo y es mi invitado.
Todos asintieron. José hizo pasar a Azul, las presentaciones de rigor y a sentarse a hablar un rato hasta que llamaran a comer. Se ubicaron en el living en unos cómodos sillones de cuero. Azul pidió permiso para quitarse el calzado. Sus pies se habían resentido con el impacto.
-Por supuesto -dijo José-, póngase cómodo.
Azul se saca las botas espaciales y quedan expuestos dos pequeños pies azules y brillantes.
-¡Mire usted qué bonitos pies! -apuntó María.
-A mí no me gustan -dijo Azul.
-¿Por qué? -preguntó José.
-Porque prefiero los rojos. Soy hincha fanático de Independiente.
-Qué casualidad, hincha de Independiente y cayó en Avellaneda -dijo Mario sin poder reprimir una risita burlona que apagó rápidamente la dura mirada de papá.
-No me diga que caí en Avellaneda. En Argentina.
-Sí le digo. A dos cuadras de aquí está la cancha del Rojo.
-¿Podemos ir? -preguntó Azul.
-Bueno, después de cenar -dijo José.
-Durante la cena, Azul contó que vivía en Decolores, la ciudad capital de la provincia Colorín, en pleno corazón de la República Blanquiceleste.
-¿Blanquiceleste? -interrogó José.
-Si, Blanquiceleste. Su nombre fue impuesto por el nuevo presidente, fanático de Racing. En mi país todo está pintado de celeste y blanco.
-¿Por qué tanta influencia de Avellaneda? -preguntó María.
-Porque los pioneros, los fundadores, nacieron en Avellaneda. Se trasladaron a lo que hoy es la República Blanquiceleste en dos naves espaciales que salieron de aquí. También por eso la vida polìtica del país se divide entre el partido Rojo y el Blanquiceleste.
-¡Pero si en Avellaneda no hay ni colectivos! ¿De qué naves espaciales habla? -apuntó Luis.
-¡Eso! ¿Naves espaciales en Avellaneda? ¿Cómo se explica? -agregó José.
-Mis ancestros vivían en Avellaneda, pero debajo de la tierra. Una serie de túnels los comunicaban con el exterior. Así, los domingos salían al exterior a ver a Rojo o a Racing, según la pasión futbolera de cada uno, confundiéndose con la gente común.
Todo fue bien hasta que la contaminación fue agotando el oxígeno. Nuestra tecnología nos permitió construir dos naves espaciales. Así partimos a nuestro actual destino. En una viajaron los Rojos y en la otra los Blanquicelestes.
Increíble, realmente increíble -exclamó José mientras por lo bajo le comentaba a María: Este está más tronado de lo que pensaba.
-¿Podemos ir a la cancha? -preguntó Azul.
-Vamos -dijo José. A la familia le dijo que se quedara.
-¡Y las luces! ¿Encenderemos las luces del estadio?
-Hoy es su noche de suerte. El iluminador y canchero es mi hermano y hoy está en la casa. Pasamos a buscarlo y seguro que acepta cumplir con su berretín.
- Hola Raúl -saludó José a su hermano-.Te presento a Azul.
- Mucho gusto -dijo Raúl.
José le contó a Raúl lo sucedido con todos los detalles. Raúl le hizo pata a José y los tres marcha ron hacia el estadio. Azul pisó el césped testigo de mil batallas, lo besó, no lo podía creer. Una lágrima infidente puso en evidencia su emoción ilimitada. Raúl prendió todas las luces.
-¡Bello!¡ Bellísimo! -exclamó Azul.
En eso estaban cuando un festival de luces multicolores aparece en el cielo.
-¡La patrulla de rescate! -grita Azul.
En un instante, sobre la alfombra verde del Rojo se posa suave y sacrílegamente un plato volador Blanquiceleste. Se abre una escotilla al tiempo que se despliega una escalera que llega hasta el césped del estadio. Azul abrazó a José y a Raúl con la fuerza del agradecimiento sincero.
-Adiós amigos. Jamás los olvidaré.
Subió la escalera, se cerró la escotilla y el plato volador blanquiceleste en un instante se mezcla con las estrellas que vestían el cielo de Avellaneda. José y Raúl lo siguieron con la mirada y las bocas abiertas. Nunca lo contaron, Jamás les creerían.
No duden nada de lo narrado. Yo estuve allí.

carasucia

El futuro de los niños depende del presente que vivan.

Cara sucia, desorden en el pelo
te acurrucas ya duele tanto frío
es umbral, abandono, niño mío
otra noche, vacío y el desvelo

Es la calle tu sitio, tu lugar
escapaste de violentas borracheras
y voló tu alma prisionera
fantasía de tibieza y un hogar

Ya la lluvia que moja los cartones
un refugio que buscas presuroso
es rincón, cansado y el reposo
es el sueño y mil las ilusiones

Calesita, tobogán, verde tapiz
de tu padre su pecho y el abrazo
no le temes, remanso son sus brazos
ya no quieres despertar, eres feliz

un niño en la calle

Una sociedad que aísla a sus jóvenes, corta sus amarras: está
condenada a desangrarse. (Kofi Annan).

¡Eh, señor no tiene una moneda!
cara sucia, rodillas lastimadas
y descalzos los pies como si nada
es invierno, sabe fría la vereda

El bolsillo y le das unas chirolas
agradece, se aleja presuroso
dos harapos que visten al mocoso
es un poco de pan y larga cola

Lo consigue, se esconde en un rincón
viejos trapos y unos diarios su lugar
desconfianza al tiempo de contar
es pequeño que te rompe el corazón

Y no acepta compartir lo que le ofreces
la tibieza de tu hogar, cena caliente
maltratado se esconde de la gente
abusado que fue ya tantas veces

cuestión de aroma

Cada día hay algo que nos preocupa que se concrete o que jamás se realice.
Que aquello que nos inquieta se incline hacia el rincón que deseamos.
Al licenciado Miguel Rayé, ese día, la suerte lo había acompañado. Lo llamaron del taller para decirle que pasara a retirar su automóvil que le habían chocado la semana anterior.
Fue a buscarlo con ansiedad y lágrimas de emoción aparecieron al ver a su chiche terapéutico en condiciones aun mejores que cuando lo retiró nuevecito al salir virginal de la agencia. Lo abrazó, lo acarició y se sorprendió cuando le dijeron que no debía nada, que el seguro se había hecho cargo de todo.
Se subió, colocó sus manos en el volante con cuidado, puso marcha atrás, suavemente lo sacó del taller y con una amplia sonrisa puso rumbo a la clínica. Al llegar lo colocó en un garaje a cielo abierto que había contratado, cerró con llave, se aseguró varias veces que estuvieran las cuatro puertas en igual condición y feliz llegó a su consultorio.
Sorprendida la secretaria por el buen ánimo del licenciado, le llevó las fichas de los pacientes. Leyó por arriba el nombre del primero: Jorge Carilindo. La ayudante se marcha y Rayé sale a la puerta del consultorio y llama: ¡Carilindo!, ¡Jorge Carilindo!
-Ya foy, licenciado -dijo Jorge, mientras la "efe" se le escapaba entre sus dientes ausentes.
-Siéntese en el sillón contra la ventana, por favor -indicó Rayé mientras se apretaba las fosas nasales para intentar disminuir el olor nauseabundo que portaba Carilindo. Rayé se sentó lo más lejos posible de la humanidad de Carilindo. En su mano derecha la habitual lapicera había sido reemplazada por un desodorante de ambientes que utilizaría todo lo necesario.
-Bueno, Jorge, dígame qué le sucede.
-Mire, licenciado, mi froblema es el seso.
-Y si, por eso viene a verme a mí, algún problema mental.
-No el seso, la mujere.
-Ah. ¿Y qué le pasa con las mujeres? ¡Qué olor inmundo! ¡No me va a alcanzar el desodorante!
-No me las puedo sacar de encima. Me vuelven loco. ¡Soy un ojeto sesual!
-¡Un objeto sexual con esa trucha y ese olor a patas! ¡Déjese de pavadas, Carilindo!
Abochornado por las expresiones de Rayé, Carilindo, que era feo como una noche borrascosa en altamar, se ruborizó y tímidamente dijo:
-No, licenciado. Es verdad. No sé decir que no y el seso me está matando.
-¿Cómo lo va a estar matando? ¿Cuántas relaciones amorosas tiene por día?
-Entre diez y once por día -dijo Carilindo.
-¿Y a usted qué le parece mi querido Carilindo? ¡Lávese las patas la próxima vez que venga, Jorge! ¡Se me está acabando el desodorante!
-Y quizás porque estoy exageradamente dotado.
-¿Mire usted? ¿Y cuánto?
-¿Cuánto que?
-¿Cuánto mide su pene?
- Ocho o nueve centímetros, más o menos.
-¿Y eso es bien dotado? ¡Eso es una mierda!! ¡Esto es estar bien dotado! -gritó Rayé, tomándose groseramente sus genitales.
-No, bien dotado porque mis parientes en España me dejaron una gran fortuna que yo le digo la gran dote.
-¡Ah, canchero el ogro patasucia! -exclamó sacado Rayé.
-No, siempre digo así -afirmó Carilindo, nuevamente ruborizado.
-Está bien, discúlpeme -dijo Rayé más calmado.
-¿Y qué puedo hacer, licenciado? -preguntó Carilindo.
Rayé dejó el desodorante después de vaciarlo en su integridad, se quedó un largo tiempo mirando el techo y gritó ¡Eureka! Enfrentando a Carilindo, le preguntó:
-Dígame, Jorge ¿cundo usted tiene sexo se baña?
-Sí, siempre y me pongo colonia. De esa rica, dulzona.
-¡Aj! Hay gustos para todos.
-Bueno, desde ahora cuando vaya a hacer el amor no se bañe, venga con el aroma a Riachuelo con que hoy asistió acá. ¿Me entiende?
-Sí, licenciado. Le entiendo.
-Haga como siempre y veame en quince días.
-Gracias licenciado -dijo Carilindo y salió.
Cuando pasó por el escritorio de la secretaria, desde el consultorio Rayé gritó: ¡Con la consulta cobrale el desodorante! ¡Me bajó un tubo completo!
A los quince días, Carilindo estaba en el consultorio.
-¿Y, Carilindo? ¿Cómo le fué con el tratamiento?
-Usted es un mago. Solamente la María siguió con el seso, las demás me dejaron. Al fin vivo tranquilo.
-Yo no hago milagros, Carilindo, ¡pero un olor a patas insoportable hace huir a la dama más obstinada! ¡No se olvide, Carilindo, no se olvide!
-No, doctor. Nunca más me lavo las patas, salvo cuando venga a verlo.
-¡Eso Carilindo, eso!
¡Sos un genio, Rayé! ¡Sos un genio!, seguía repitiendo eufórico Rayé, al fin del pesado día de trabajo, mientras se subía a su auto recién reparado, lo ponía en marcha y tomaba rumbo a la casa de su amante.

equívoca realidad

La realidad es confusa, incierta, equívoca. Tantas veces se confunde con la ilusión, la fantasía, lo deseado, que llegamos a tropezar con la verdad, a cuestionar el equilibrio de los razonamientos, la cordura. Ello es así pues la traviesa vida está llena de sorpresas, de situaciones que parecen pero no son. Ya Calderón de la Barca al tratar este asunto, argumentaba: "¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son".
Lo que sigue fue una experiencia que vivi con Jorge, mi primer marido. Así, una tarde me retiro del trabajo un par de horas antes de lo habitual, afectada por una intensa e inesperada indisposición; abro la puerta de casa, me dirijo al dormitorio donde mi marido recostado sobre una almohada hojea el diario del día de la fecha.
-Hola, Clara. Qué sorpresa tan temprano -apunta Jorge.
-Me siento mal –digo-. El dolor de cabeza me está matando. Tomaré una aspirina.
Tomo el analgésico y me llama la atención que las mamparas de vidrios de la ducha estén cerradas y el regador abierto –como lo delata el ruido del agua de la lluvia-, corro uno de las hojas y me sorprende la presencia de una rubia generosa que me saluda con una mano mientras con la otra se enjabona con suavidad.
Quedo estupefacta. No puedo articular palabra aunque hago un enorme esfuerzo por gritar. Salgo del baño y enfrentado a Jorge lo interrogo con furia.
-¡¿Quién es la rubia que se está duchando en mi baño?!
-¿Qué rubia? -contesta calmo Jorge.
-La que está bajo la lluvia de la ducha susurrando una canción y enjabonándose -exclamo sacada.
-¡Ay, Clara, Clara, vamos de mal en peor! Estoy solo, en la casa no hay ninguna rubia.
En ese momento la rubia sale del baño como Dios la trajo al mundo, me vuelve a saludar con una sonrisa, toma un toallón de la cómoda y comienza a secarse.
-¡De esta rubia te hablo! ¡Desgraciado! -exclamo enloquecida.
-Basta, Clara. Aquí no hay ninguna rubia, es tu mente atormentada que no hace más que ver mujeres desnudas por todos lados.
-Las veo porque vos me metes los cuernos con infinidad de tipas de todo modelo y color.
-¡No te permito, Clara, que dudes de mi fidelidad! -retruca Jorge, al tiempo que la rubia le pide que le alcance la bombacha y el corpiño que quedaron entre las sábanas.
-Esto es el colmo. Esta maldita hija de su madre te pide la ropa interior delante mío y vos me negás su presencia -chillo con la voz enronquecida.
-No necesito negar lo que no existe. Como siempre, Clara, estás alucinando.
-¡Alucinando las pelotas! -grito fuera de mí, agregando - no sólo me metés todos los cuernos posibles sino que querés volverme loca.
-Eso es muy injusto -afirma impávido Jorge-. Yo te respeto y respeto esta casa -sostiene mientras levanta el cierre del minivestido de la rubia.
-¡Encima la ayudás a vestirse!, ¡Vamos, ahora dale un beso de despedida! -vocifero.
Jorge, con toda la tranquilidad del mundo, se levanta de la cama desnudo y besa intensamente a la rubia que dice:
-¡Hasta mañana, papito, pasaremos la mejor semana de vacaciones en París! -cierra la puerta luego de avisar a Jorge:- ¡A las cinco en punto en el aeropuerto!
-Ah no, además te vas de vacaciones a París con la rubia, sos un miserable caradura, hijo de perra -lo insulto entrañablemente.
-Terminado, Clara, acá no hay, no hubo ni habrá ninguna rubia. Sí, mañana viajo a París por negocios. Pero antes iremos a ver a siquiatra para hablar de este delirio.
-¡Yo no voy nada y te voy a matar! –amenazo.
-Me pego una ducha y consultamos con Raúl, tu especialista preferido.
Me quedo inmóvil, me dejo caer sobre el sillón. Esto no puede estar pasando. Sin duda soy una gran pelotuda. En minutos reaparece Jorge, elegante, fresco y sonriente, con las llaves del auto en la mano. Me levanta suavemente del sillón y me dice:
-Vamos, querida. Consultemos con Raúl. Te hará bien.
Raúl, compañero inseparable de andanzas con Jorge, me saluda al llegar a su clínica y me invita a pasar a su consultorio.
-Clarita, mi querida. Te ves muy mal. Debes descansar unos días y empezamos un buen tratamiento.
-No, Raúl. Yo estoy bien, no deliro, este turro de Jorge no tiene vergüenza, me engaña con todas la mujeres del mundo e invoca una afección mental que yo no tengo.
-No creo, Clarita. Jorge es un hombre de bien. Jamás te engañaría. La traviesa realidad a veces nos hace ver y sentir cosas que en la realidad no suceden.
-¡Sí suceden! -grito absolutamente sacada.
-Bueno, Clarita, por el momento vamos a comenzar un descanso en mi clínica, a partir de mañana. Es absolutamente necesario. Facilitame la tarea. Es odioso tener que recurrir a la fuerza.
-¡No descanso una mierda! ¡Vos y Jorge son dos turros desalmados! –le grito en la cara a Raúl y salgo dando un portazo que hace temblar el edificio.
Al día siguiente, yo estoy en el aeropuerto a las dieciséis y treinta horas. Impaciente busco por todos lados. En el mostrador de venta de pasajes descubro a Jorge y a la rubia espectacular abrazados, acariciándose, besándose sin ninguna prudencia, sin ningún pudor. Corro a enfrentarme con Jorge.
-Ahora también me vas a decir que esta rubia que te abraza y acaricia es una ilusión, un delirio -exploto al borde de la rayadura total.
-Clara, se acabó. Acá no hay nadie. Yo voy a mi viaje de negocios y a la vuelta hablamos.
-¡Vos no vas a ningún lado! -aúllo, mientras mi mano busca furiosa la cara de Jorge y antes de impactar soy sometida por dos musculosos enfermeros que la sujetan mientras un tercero me coloca una camisa de fuerza.
-¡Déjenme! ¡Suéltenme! Estoy bien. Es Jorge que quiere enloquecerme. ¡Déjenme! -ruego a los enfermeros entre llantos y gritos.
-Descansá esta semana, Clara. Cuando vuelva del viaje de negocios hablamos -dice mansamente Jorge, mientas toma a la rubia de la cintura y sin dejar de mimarse marchan rumbo al avión de Air France.
Desde el interior de la ambulancia veo despegar la nave rumbo a París. Hasta me parece que la rubia me saluda desde una de las ventanillas del avión.

no niegues

Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de
ayudarle a levantarse. (Gabriel García Márquez).

No le niegues a tu hermano
la misma sangre en las venas
hoy es tristeza y la pena
ya precisa de tu mano

La vida tan aleatoria
y todo puede pasar
será lamento y llorar
si reniegas de tu historia

Tú eres lo que has vivido
la familia, los amigos
el transcurrir es testigo
bueno y malo compartido

Abandonar es pecado
actitud irreverente
es negligencia insolente
jamás serás perdonado

gentileza

-Buen día, señor.
-Buen día, señora.
-Estoy buscando la calle Irigoyen.
-Irigoyen, Irigoyen, sí, sí, haga dos cuadras y al llegar a la esquina doble una a la derecha.
-No, no puede ser. Irigoyen es a la izquierda de esta calle en la que estamos. Sólo no sé a cuántas cuadras, si me conviene tomar un taxi o ir caminando.
-¿Cómo sabe?
-Ya vinimos con los chicos. Me acuerdo que de esta esquina donde está la confitería Las Palmas tomamos hacia la izquierda.
-¿Qué Irigoyen buscan?
-No sabemos.
-Puede ser que sea Irigoyen pero con otro nombre.
-Puede ser. ¡Ya sé! Solari Irigoyen, eso, Solari Irigoyen.
-Solari Irigoyen no es una calle señora. Es el nombre de un diputado.
-Es una calle, estoy segura. No me va a decir a mí. Ahí viven mi tía Eulalia y mi primo Gervasio. ¡Las veces que habré ido!
-Señora, no hay ninguna calle en Buenos aires que se llame Solari Irigoyen.
-¿Y usted qué sabe? ¡Es un mocoso insolente! Fui mil veces. Esta maldita memoria y los años hacen que no me acuerde.
-Señora, usted es una persona joven. Entienda que esa calle no existe.
-No se haga el piola conmigo. ¡No soy joven, soy vieja! y Solari Irigoyen ¡existe!
-Claro que existe, pero es un diputado, no una calle.
-Usted se está abusando de una vieja del campo.
-Yo no me abuso de nadie y usted no es una vieja del campo. Tiene puestos unos jeans Legacy, una camisa Pierre Cardin, mocasines artesanales, es rubia de ojos celestes y ese corte de pelo que le debe haber costado una fortuna.
-¿Y a usted qué le importa? Las viejas del campo también somos rubias y de ojos celestes como las pitucas de la Capital y nos vestimos y peinamos como se nos antoja. ¿O no podemos? Usted me discrimina. Es un vulgar discriminador. Usted está violando mis derechos humanos.
-Señora, yo no discrimino ni estoy violando nada. ¡Déjeme en paz!
-Encima me grita. ¡No me grite! ¡No me grite! ¡No me tutee!
-Señora, ni le grito ni la tuteo. Le repito que me deje tranquilo.
-¡No lo dejo nada! Primero se burla, después se abusa, me discrimina y ahora me grita y me tutea. ¡Lo voy a denunciar!
-Señora, haga lo que quiera.
-¡Señor Policía! ¡Señor Policía!
-Si, señora, ¿qué sucede?
-Este señor me abusó.
-No, oficial, yo sólo quería ayudarla.
-Todos dicen lo mismo. Porque una es confiada y tonta. ¡Proceda, señor Oficial, proceda!
-Señor, acompáñeme a la Seccional por favor.
-No, Oficia,l es un error. Tengo que llegar a mi casa. Mi esposa y mis hijos me esperan.
-Todos dicen lo mismo para burlarse de la ley.
-Acompáñeme, señor.
-¡No, no y no! Yo no hice nada para que me demore. Haga un acto de bien y llévese a esa loca.
-¡Ahora me dice loca! ¡Es intolerable! ¡No lo permita, señor Oficial! ¡No tiene vergüenza! ¡Es un degenerado!
-Suba al móvil, señor.
-¡No subo un carajo!
-Señor, no insulte. Se está resistiendo a la autoridad.
-¡Qué corno me importa!
-Tendré que esposarlo.
-No se anime.
-Necesito dos testigos, voy a esposar al señor.
-No, esto no puede ser. Es una pesadilla.
-No forcejee que las esposas lo pueden lastimar. Comando, sospechoso dominado, esposas colocadas, me dirijo a la base.
-QSL móvil.
-QSL comando.
-¡Loca de mierda! ¡Loca de mierda! ¡Me las vas a pagar!
-¡Encima insulta y amenaza! ¡Hoy la gente honrada ya no puede salir a la calle! Bien hecho por el señor. Oficial. Ese desaforado era un insolente mal educado. Chicos, vamos, ya me acordé: la casa de tía Eulalia queda acá a la vuelta.

mi mano en tu vientre

He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño,
por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
(Gabriel García Márquez)


Maravilla de sorpresa en la mañana
la tibieza del hogar, el fiel cobijo
me dijiste que tendríamos un hijo
se hizo luz, pleno sol a hora temprana

Experiencia genial de vez primera
emoción en el alma y en la piel
es más dulce el gusto de tu miel
es milagro total en primavera

Tu serás orgullosa la mamá
la más bella de todas , tan hermosa
cuidaremos los detalles, cada cosa
pura magia y feliz. Seré papá

Es mi mano en tu vientre, la tibieza
pedacito de mi que va creciendo
partecita de ti, voy presintiendo
será niña luciendo tu belleza

aquello que pareces

Respetuoso de Dios y de las normas
una vida que no sabe de dobleces
porque sos aquello que pareces
es tu firme convicción, tu vera forma

Nadie habrá de alejarte del camino
ni el dinero, los placeres o el poder
por derecha habrás de recorrer
travesuras y riesgos del destino

Tu palabra, la joya más preciada
no hay contrato que tengas que firmar
lo que debas puntual has de pagar
absoluta confianza bien ganada

Y tu mano generosa has de ofrendar
todos saben que habrás de responder
no hay excusas que vayas a poner
ni jamás te habrás de lamentar

un tipo con buen humor

Levantarse de buen humor es una virtud invalorable. Es el primer paso para disfrutar de un día pleno de buenas cosas. No es una cuestión genética sino un atributo que se va desarrollando en el ejercicio de la vida.
Día a día, la buena onda, el pensamiento optimista, el presentimiento esperanzado, la generosidad con las necesidades del otro, la mano presta a dar la justa ayuda, van forjando esa sonrisa que cada mañana aparece apenas se abren los ojos luego de disfrutar sueños maravillosos.
Miguel era uno de esos tipos afortunados. Ese domingo, como cada día, despertó con el mejor humor, se levantó con envidiable decisión, se pegó una ducha, tomó un par de mates y a disfrutar de ese feriado a pleno sol.
A las diez pasaría por la casa de la morocha que había conocido la noche anterior para dar un paseo por la costanera. Después ambos planearían la actividad para el resto de la jornada.
Se sentía cómodo, rejuvenecido, subió a su automóvil le dio marcha y el motor le respondió con el silencio. Volvió a intentar y nuevamente el mutismo absoluto del corazón de fierro de su automóvil. No podía ser, pensaba, es un cero kilómetro, tres días de uso, no se pudo haber agotado la batería.
¡Eso, la batería!, Miguel había olvidado de apagar las luces y la batería se había descargado. ¿Quién lo podría ayudar? En la calle no había un alma, lo talleres cerrados por ser domingo. Era la segunda vez que le ocurría en tres días, en tres días. ¡Cabecita de novia, cabecita de novia!, murmuró Miguel.
Recordó que un amigo que administraba un restaurante a quince cuadras de allí tenía los elementos para darle vida a la batería. La mañana se iba tornando calurosa, pesada insoportable y las secuelas ambientales se hacían sentir en el físico y la ropa de Miguel.
Mejor que transpire, hago ejercicio y bajo de peso, pensó el optimista Miguel. Luego de cuarenta y cinco minutos llegó a la casa de su amigo. Se cansó de tocar timbre. Una vecina que pasaba le dijo:
-No se gaste don, Javier está de vacaciones en Mar del Plata.
-Y bueno, son cosas que pasan -afirmó Miguel dirigiéndose a la vecina.
Pegó media vuelta, encaró rumbo al lugar donde estaba su auto sin vida. Al subir el cordón de una vereda no vio un pozo que se ocultaba tras una trampa de pasto y su pierna derecha se introdujo en él. Liberarse le costó media hora de su precioso tiempo, la rotura del jean y una profunda herida de la que no dejaba de manar sangre. Entró a una casa, se lavó en una canilla que estaba en el jardín y cuando se colocaba un pañuelo para parar la hemorragia, un agresivo rotterweiller se apoderó de la pierna izquierda de su pantalón sin intención de desistir. Sus filosos dientes lastimaron la otra pierna de Miguel, que tironeando logró zafar y huir mientras de sus miembros inferiores manaba sangre a raudales.
-Ah, qué mal genio su perrito -le dijo Miguel al dueño del can mientras atinó a acariciarlo.
Pasó por una sala de primeros auxilios., lo curaron y le dijeron que hiciera estricto reposo, sin levantarse de la cama durante un par de días, sin hacer trampa; las heridas eran profundas y requerían de cuidado riguroso.
Al llegar al lado de su auto un vecino lo estaba mirando.
-Hola, Miguel, ¿Que le pasó? ¿Por qué tanta sangre?
-Es largo de contar, José. Ahora voy a ver si encuentro algún taller en la guía para conseguir darle carga a la batería.
-¡Pero me hubiera dicho, Miguel! Usted sabe que yo estoy equipado con todos los chiches para salir de cualquier emergencia. Que soy un fana de los autos.
- Tiene razón, José, no me acordé. Soy un bobo -dijo un sonriente y agradecido Miguel.
En un instante, la batería del auto de Miguel volvió a la vida. Miguel agradeció a José, fue a su departamento, se cambió el pantalón y a pesar de la recomendación médica se llegó hasta la casa de Isabel, la morocha que había conocido la noche anterior.
Golpeó a la puerta y un grandote lleno de músculos, con mil cicatrices en la cara y cientos de tatuajes en el pecho, abrió la puerta y preguntó:
-¿Y vos quien sos? ¿Qué querés?
-Yo soy Miguel y vengo por Isabel.
Sin decir palabra, el tipo entró y volvió con un cuaderno.
-Perdiste, viejo. Vos tenías turno a las diez. Ahora la Isabel está trabajando con el cliente de las doce.
-¿Trabajando? ¿De qué?
-¿Está fifando! ¿Qué va a hacer la Isabel?
Asombrado, Miguel sólo atinó a decir:
-Bueno, vengo en otro momento.
-¿Qué otro momento? -dijo la pila de músculos-, antes tenés que pagar los quinientos mangos por el turno.
-Entiendo -dijo Miguel- pero olvidé la billetera.
- Olvidaste la billetera, olvidaste. Llevate este recuerdo de la Isabel, dijo la bestia mientras su puño derecho destrozaba la cara de Miguel. A duras penas y luego de recuperarse de la inconsciencia, Miguel logró levantase del piso. Sus huesos rotos por el golpe del patovica habían deformado su cara, que chorreaba sangre por todos lados.
Subió a su auto, pasó por la sala de primeros auxilios. La enfermera no podía creer el destrozo que podía hacer un solo puñetazo. Lo curaron como pudieron y una ambulancia lo llevo a un centro más complejo para hacer estudios radiológicos y neurológicos.
Todo salió bien y, finalmente, lo que quedaba de Miguel llegó a su departamento. Se miró en el espejo. No se reconoció, se acostó en su cama mientras los calmantes lo adormecían y ensayando una sonrisa pensó: Bueno, al menos con los estudios que me hice comprobé que no tengo nada malo. Seguro mañana será un gran día.
Al día siguiente, por la tarde, la policía, a requerimientos de los vecinos y su empleador, preocupados por no haberlo visto en todo el día ni concurrido al trabajo, forzaron la puerta del departamento de Miguel.
Estaba muerto. Los golpes del gigante le habían provocado una lesión cerebral que no se detectó en el examen neurológico.
En el velorio todos comentaban acerca de la sonrisa que se dibujaba en sus labios grises.

por unas monedas

Juan era el empleado de confianza de la empresa, pero además su buen humor contagioso atraía a la clientela. Feliz de indicar el cerámico más adecuado o la pintura que jamás se alteraría, el artefacto justo para el pequeño ambiente familiar, la herramienta tan buscada que aparecía mágicamente ante los ojos del comprador. Era un tipo feliz con su trabajo. Jamás dudó en quedarse después de hora para terminar de acomodar todo y al final, silbando, marchaba hacia su casa, a dos cuadras apenas del negocio. Solterón empedernido, disfrutaba de la escritura y las buenas películas. Un gran tipo.
La crisis apareció como un impensado terremoto. Una a una fueron cerrando las pequeñas empresas del pueblo. El corralón en que trabajaba Juan no fue la excepción.
Los dueños, gente de bien, le pagaron la justa indemnización. Con ese dinero Juan puso un kiosco que inventó en la ventana del comedor que daba a la calle. Duró unos meses y, acosado por las deudas, no le quedo otra alternativa que cerrar.
Gastó varios pares de zapatos buscando trabajo. Alguna changa de vez en cuando y nada más.
Solo en el mundo, las cosas se le hacían cada vez más difíciles. Comenzó a tener problemas para dormir, a tomar de más, a pelearse por cualquier tontería.
Una tarde que venía de hacer una changa de pintura, pasó por la puerta del casino. Se detuvo, retrocedió y decidió probar suerte. En instantes el dinero ganado con la changa desapareció en la máquina tragamonedas. Esa noche no pudo comprar el pan y fiambre de costumbre. Se acostó sin comer.
Comenzó a mendigar, a mentir, todo por unas monedas, para dejarlas en la casa de juego. Hombre inteligente a pesar de todo, se dio cuenta que se estaba enfermando. Fue a ver a un amigo psicólogo que lo atendió gratis y le advirtió que nunca más pisara ningún casino, que se estaba transformando en un ludópata, en un adicto al juego, que entrar allí era condena a reclusión perpetua, no se salía nunca más.
Juan caminaba todas las mañanas kilómetros y kilómetros para cansarse y así dormir profundamente, para que la tentación del juego no lo atrapara. Escribía sin cesar, hacía cualquier cosa para llenar su tiempo libre hasta que llegara el trabajo salvador que le habían prometido.
Una noche llega Mario, el dueño de la pequeña envasadora que le había hablado del posible empleo. Se abrazó llorando a Juan mientras repetía una y otra vez ¡lo lamento!, Juan, ¡lo lamento! La envasadora también había sido víctima del caos económico y financiero.
Juan retornó a las changas y al casino. Volvió a mendigar, a mentir, a pedir prestado, hipotecó la casa. La rueda de la mala fortuna y la máquina tragamonedas le arrebataron todo. Llorando asistió al remate inexorable de su casa. El oficial de justicia, el doctor Cuervo y la policía sacaron sus pocos muebles y la ropa que arrojaron en la vereda. Juan tomo unas pocas cosas, las colocó en un carrito de supermercado y en el primer baldío hizo su refugio. Siguió pidiendo unas monedas al ocasional transeúnte y cada moneda se perdía en el casino.
Una tarde, mareado por el vino barato que lo consumía tanto como el juego, buscó entre sus trapos algo para comer. No halló nada para su estómago, sólo una vieja pistola de juguete del tiempo que había intentado una familia. La colocó en un bolsillo de su sobretodo. Trataría de venderla, algo le darían y podría ir al casino a hacerse unos tiritos.
Se acercó a la juguetería del barrio y extrajo el arma de fantasía para ofrecérsela en venta al dueño, que al ver la pistola, en un movimiento instintivo, sacó su revólver del cajón de la caja registradora. Le disparó al aparente ladrón y la vida de Juan dejó de ser.
Corriendo hacia el cuerpo inerte de Juan, el comerciante tiró el cajón de la caja registradora con la recaudación del día. Veinte pesos en monedas rodaron velozmente escondiéndose en los rincones del negocio para no ser atrapadas.

ojo por ojo

La propaganda televisiva lo había atrapado. Un cero kilómetro por un ínfimo anticipo y cincuenta cuotas con un interés bajísimo. Tan deseado el automóvil nuevo, sin que nadie lo haya tocado antes, el gran berretín del licenciado Miguel Rayé.
Al día siguiente fue a ver a su mejor amigo Ricardo Mauro y le pidió el favor que lo comprara a su nombre. Se estaba divorciando y quería evitar problemas con su esposa.
Necesitaba regalarse algo y para él, ese pequeño automóvil full llenaba todas sus expectativas. Su amigo no tuvo inconvenientes en adquirirlo a su nombre. Fue a la agencia con él, pagó el anticipo y la primera cuota; la entrega fue inmediata. Auto mediano, cuatro puertas, negro hermoso.
Agradeció a su amigo y fue con su chiche terapéutico a buscar a su mamá. La vieja aplaudió a rabiar para el contento de Miguel, aunque en realidad le parecía un bicho bolita con ruedas. Su progenitora lo felicitó, dieron una vuelta, Miguel la retornó a su casa y fue a su departamento para entrevistar al administrador: quería alquilar una cochera.
Jorge, el administrador, se alegró con la alegría de Miguel, pero le anunció que por veinte días todas las cocheras estarían ocupadas. Que le reservaría una perpetua a la primera vacante y que por el momento dejara estacionado el auto junto al cordón de la vereda. Era un lugar seguro y tranquilo donde nunca pasaba nada.
Con alguna inquietud, Miguel aceptó. Dejó su cero kilómetro estacionado frente a la entrada del edificio previo, pasarle una franela en todo su aspecto exterior que lo dejó brillante, una maravilla. Probó el cierre de las cerraduras una y otra vez y cuando se dio por satisfecho se fue a su departamento.
Le costó dormirse. No podía creer que por primera vez en su vida disfrutaría de un cero kilómetro. Paulatinamente el sueño lo fue venciendo hasta que un ruido intenso en la calle lo despertó.
Se levantó y con horror vio que un auto estaba incrustado en el suyo. Se puso una bata y en pantuflas bajó gritando ¡No puede ser! ¡No puede ser! Al abrir la puerta del edificio se dio cuenta que sí podía ser.
-¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -gritaba Miguel.
-Nada, viejo -lo encaró un gigante totalmente borracho-, se me escapó el volante y justo estaba tu auto. Es un bollito nada más, que te garúe finito -dijo el orangután con apariencia humana y luego de liberar su auto del vehículo de Rayé dio marcha atrás y aceleró sin rubor, desapareciendo en la negra noche.
Miguel comprobó los daños del vehículo. Apenas tocó el paragolpes delantero se cayó integro. El capot era un enorme volcán, el paragolpes trasero siguió la suerte del delantero y las ópticas eran un montón de cristales rotos que vestían la acera.
-¡No! ¡No! y ¡No! Era mi auto cero kilómetro -gritaba Rayé enloquecido.
La gente pasaba y lo miraba llorar desconsoladamente. Su lamentable figura llamaba más la atención que su auto nuevo destartalado.
Rayé se vistió y con los papeles del auto fue a la compañía de seguros. Eran las cuatro de la mañana; se sentó en el frío umbral de entrada y a las ocho lo despertó el primer empleado en llegar a su trabajo.
Se entrevistó con el gerente, que se encargó en explicarle que debía llevar dos presupuestos, fotos del los daños sufridos, denuncia policial y que volviera con toda esa papelería.
-¡Esto es un bochorno! ¡Me aseguré para que me pagaran si chocaba y todo tengo que hacerlo yo!
-Es la ley, amigo. Es la ley -afirmó severamente el gerente.
Muerto de frío, pasó todo el día reuniendo la documentación pedida. Al anochecer llegó a su casa descompensado y con los ojos rojos de tanto llorar y lamentarse.
Se acostó vestido en la cama y apenas despertó fue a la compañía de seguros.
-Aquí traigo todo lo que me pidieron. ¿Cuándo vengo a cobrar?
-No, amigo, eso lleva tiempo, inspectores, ver actuaciones policiales y esperar la autorización de la compañía para iniciar los arreglos.
-¡Quééééé! -exclamó Rayé con esa voz aflautada que le salía cuando se sacaba-. ¡Yo quiero que me lo arreglen ya!
-Primero las formas, mi amigo, primero las formas -dijo el gerente sin inmutarse
-¿Y cuándo vengo?.
-Y… dentro de diez días -le apuntó un empleado de la agencia.
-¿Diezzzzzz días? ¡Esto es una estafa!
-Mire -dijo el gerente agresivamente, ostentando sus poderosos bíceps- dentro de diez día y se va de acá ¡Ya!
-¡Ladrones! ¡Estafadores! ¡Ya me vengaré! -gritó Rayé.
A los diez días estaba en la oficina del seguro. Apenas entró, el gerente lo tomó de un brazo y sin dejarlo decir palabra lo llevó a su oficina.
-Mire, lo traje de una a mi oficina pues tengo que anunciarle que el individuo que chocó su automóvil estaba en estado de ebriedad, había cometido un robo y el auto que conducía lo había sustraído. En esos casos la cobertura no rige.
-¿No me van a pagaaaaar? -grita enloquecido Rayé.
-¡No, la compañía no le va a pagar!
Sin decir palabra, Rayé levanta la silla en la que está sentado y la estrella contra la mampara que dividía la oficina del gerente de los empleados, patea las macetas que ornamentaban el lugar, rompe los vidrios de entrada del local a piedrazos, se tira al suelo mientras ya el Gerente había llamado a la policía.
En el suelo Rayé gritaba, en pleno desatino:
-¡No, no, hijos de puta! ¡Perdí a mi auto! Me la van a pagar.
En instantes entró la policía y personal de la división psiquiatría. A duras penas lograron sujetarlo, mientras Rayé arañaba a todo el que podía. Lo llevaron a una celda acolchada sujetado con una camisa de fuerza.
En ningún momento, aún dentro de la celda, Rayé dejó de llorar y putear universalmente.

nada le debo

-Hola, doctor Cuervo.
-Hola, Miguel, ¿como está?
-Aquí me ve, con las vendas. Perdí cuatro dedos de la mano derecha en la máquina delaserradero.
-¡Qué barbaridad, Miguel! ¡Cómo lo lamento!
-Me convertí en un inútil, doctor Cuervo. Era la mano que usaba para trabajar. Sólo me queda el dedo meñique.
-¡Terrible, Miguel, terrible!
-Sí, doctor. Una desgracia y no se qué hacer. No sé si usted podrá ayudarme.
-Por supuesto, Miguel. Por supuesto.
-¿Y qué puedo hacer, doctor?
-Juicio, Miguel Juicio. ¡Y lo ganará!
-¿Le parece, doctor?
-Seguro, Miguel, seguro. ¿Tiene testigos, la carpintería es de su empleador, usted tiene bienes?
-Sí, doctor.
-Seguro ganamos, Miguel. Seguro.
-¿Qué necesita, doctor?
-Sus datos completos, Miguel. Nada más y déjelo a mí.
-Doctor, con esto del accidente no tengo un peso, ¿podría prestarme algún dinero para tirar un par de meses?
-Por supuesto, Miguel. El doctor Cuervo siempre está al servicio de sus clientes.
-Gracias, doctor. Necesito unos tres mil pesos.
-Sin problema, Miguel. Fírmeme estos pagarés, déme los datos de su casa y acá tiene su plata.
-Gracias, doctor Cuervo. Le agradezco tanto.
Miguel firmó hasta el agua de los floreros y se fue con los tres mil pesos que perdió en dos noches en el casino de la esquina. Meses de hambruna y mendicación para Miguel. Hasta que llegó una optimista misiva del doctor Cuervo: ¡Ganamos Miguel ganamos! ¡Pasá por el estudio!
Se acabó la malaria, pensó Miguel. ¡Gané!.¡Lo destruí a ese turro!
A primera hora del día siguiente Miguel estaba en el estudio del doctor Cuervo que lo llamó con una sonrisa y un apretón de manos.
-¡Ganamos, amigo!
- Bien -dijo Miguel- ¿Dónde está la guita?
- Bueno, Miguel, tenemos que hacer números -dijo el doctor Cuervo-. La demanda prosperó por sesenta mil pesos. Yo te presté tres mil pesos en efectivo, que con el interés según INDEC llegan a veinte mil. De actualización por depreciación monetaria otro tanto, lo que hace cuarenta mil pesos. Mis honorarios sobre el monto del juicio son veinticinco mil, más los gastos y costas del juicio que me hago cargo yo. En suma, sólo me debés cinco mil pesos, los detalles obviémoslos.
-¿Usted dice que gané el juicio y tengo que pagarle cinco mil pesos?
-Exacto, Miguel, y esto por ser vos y yo un tipo de un honor insobornable.
Miguel se quedó pensando, inmutable, una estatua.
-Bueno -dijo Miguel-. Le agradezco, doctor Cuervo. No tengo dinero pero ¿aceptaría que le pagara con algún bien?
-Por supuesto -dijo el doctor Cuervo.
Miguel metió la mano en el bolsillo derecho de su saco- campera-sobretodo y extrajo una poderosa nueve milímetros. El doctor Cuervo se tiró bajo el escritorio.
-¿Qué hace, doc? -preguntó Miguel.
-Na...da dijo el doctor Cuervo incorporándose.
- Esta pistola es todo lo que tengo. Vale más para usted de lo que me pide, pero mucho más para mí ¡No me suicidaré! Siempre viví como águila, libre, sin sometimiento ni rencor, nunca lo aprecié. Hoy sé que puedo vivir de la mano de Dios y con mi esfuerzo y voluntad llegando al fin con dignidad. Un Cuervo siempre será un carroñero, sin ilusión ni esperanza. Lo lamento por usted, doctor Cuervo. Aquí tiene la nueve milímetros. Es suya. Sólo déme un recibo que nada le debo.

omisión

El Tribunal de Ética del Colegio de Psicólogos estaba atosigado con denuncias de pacientes y colegas que afectaban al licenciado Miguel Rayé. Para los pacientes era un profesional irrespetuoso, de mal carácter, que no cumplía con el deber del debido respeto para con quien acudía a consultarlo por alguna patología. Para sus colegas estaba totalmente desquiciado y clamaban por una junta psiquiátrica que lo alejara del ejercicio efectivo de la profesión.
Rayé hacía caso omiso a la repetidas citaciones del Tribunal de Ética. Él continuaba trabajando a full y las convocatorias a dar cuenta de sus actos tenían como único destino el cesto de papeles más cercano.
A la novena vez se le hizo saber que si no concurría a la audiencia fijada se le suspendería automáticamente la matrícula. Eso ya era algo serio y decidió asistir, obviamente de mala gana y dispuesto a hacer valer su punto de vista.
Ya en la audiencia se explayó con amplitud. Señaló que los pacientes acudían a verlo por problemas que no tenían que ver con ninguna patología que fuera objeto de la psicología, ya que la mayoría de los asuntos eran problemas de familia o personales que mostraban un conflicto social o personal y no una enfermedad que afectara la psiquis del paciente.
En cuanto a sus colegas, los tildó de envidiosos. Les molestaba que fuese el profesional que más facturaba y que sus terapias rápidas tuvieran en su mayoría un resultado positivo.
Los miembros del Tribunal de Ética se vieron sorprendidos por la coherencia y solidez de la exposición de Rayé. Y luego de un intercambio de opiniones con el licenciado, le aconsejaron que hablara menos sin hacer valer su punto de vista respecto de la solución del caso sino que apreciara primordialmente aquello que fuese más aconsejable de acuerdo a la personalidad y manera del paciente aunque él fuera partidario de otra solución.
Enfadado, como siempre, Rayé salió de la audiencia dando un portazo y minimizando las recomendaciones impartidas por los integrantes del tribunal.
-¡Son un montón de imbéciles que se reúnen a jugar al póker todas las tardes en lugar de ejercer la profesión! ¡No tienen autoridad moral o profesional para aconsejarme nada! -gritó Rayé en la cara de la secretaria del Colegio de Psicólogos, quien, asustada, se refugió en el primer rinconcito que encontró.
Al llegar a la clínica se había calmado. La audiencia con sus éticos colegas era historia y ahora se dedicaría de lleno a sus pacientes. Tomó las fichas de las personas que concurrirían a su consultorio ese día y llamó al primero de ellos.
-¡Medroso! ¡Carlos Medroso!
-Sí, licenciado -respondió el señor Medroso ingresando al consultorio de Rayé.
-Siéntese, Carlos. Elija el sillón que más le guste.
Mientras Medroso elegía el sillón, Rayé pensó llevar a la práctica esa aburrida manera de hacer terapia de sus colegas y que le fuera recomendada por el tribunal ético. Escucharía y se limitaría a realizar algunas observaciones.
-Listo, doctor -dijo Medroso, como a punto a iniciar una competencia de cien metros llanos.
-Bueno, Carlos, cuénteme qué le sucede.
-Mire, licenciado, tengo miedo a las alturas. Vértigo. Cuando estoy en cualquier lugar elevado me mareo, siento temor a caerme e incluso tengo como un impulso a tirarme. Como ya está por empezar la temporada de esquí vine a verlo, ya que subirme a las sillas que llevan a la cima del cerro me provocan pánico. Es todo un trauma, un deseo frustrado, es un enorme placer desplazarme por la nieve, pero cuando estoy en la silla que me lleva a la cima cierro los ojos. No sé porque será.
-¡Ahá! ¿Y a usted qué le parece?
-¿Qué me parece qué? -contestó Medroso desorientado como Adán en el día de la madre.
-¿Qué va a ser? ¿Qué va a ser? -exclamó Rayé-. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué, le tiene miedo a las arañas? ¡No, Medroso, estamos hablando de que le tiene miedo a las alturas! Luego, le pregunto: ¿qué le parece a usted el motivo, la causa de ese miedo?
-Y... no sé, licenciado. Vine a verlo para que Ud. me lo diga.
-¡Carlos! ¡AAAAAYYYY Carlos! Usted es el que tiene miedo a las alturas, ¡el que se hace caquita en la silla que lo lleva a la cumbre del cerro! A mí me encanta pasear en los medios de elevación, disfruto la vista desde las alturas. ¡Usted es el cagón! ¿Ahora dígame, sencillamente, por qué usted piensa que le pasa eso?
Aterrado, hecho un bollo en el sillón ante los gritos y las expresiones de Rayé, Medroso atinó a decir.
-En verdad, licenciado, no sé cuál es el motivo. ¡Se lo juro por mi madre! ¡Ayúdeme, déme una pista!
-A ver, Carlos -continuó Rayé, bajando la voz-. Intentemos. ¿Su madre cuando era chico lo obligó a tirarse en paracaídas?
-No, licenciado.
-¿En su juventud, para ganarse a una bella mocosa, se subió cancheramente a la montaña rusa y bajó vomitando?
-No, licenciado.
-¿En su edad madura tuvo que trabajar limpiando vidrios en un piso veinte desde el lado de afuera?
-No, licenciado.
-Medroso, me parece que usted no tiene vértigo, ni nada por el estilo. Es un simple caprichoso que quiere molestar a los demás haciéndose la víctima. ¡Ay, tengo miedo a caerme! ¡Ay, tengo miedo a tirarme! ¡Ay, tengo miedo a marearme! Usted es un mañoso, Medroso.
-No licenciado, es verdad.
-Mire si tiene vértigo hay una sola manera de curarlo. Enfréntese a él. Ve el edificio que está justo del otro lado de la calle. Súbase a la terraza y en el borde, mirando hacia abajo. Al principio le va a costar, pero de a poco le va a gustar y las sillas que lo llevan a la cima van a ser cómodas como el sillón de su casa.
-Bueno, licenciado, lo intentaré. Usted ya me atendió una vez y me fue bien. Ahora sucederá lo mismo.
-Vaya que yo de aquí lo miro -dijo Rayé.
Medroso salió, pagó y partió hacia el edificio indicado. Rayé se tomó un café antes de atender al otro paciente. En el interín, la secretaria le apunta que había quedado en el casillero la primera ficha de Medroso.
-A ver, a ver -dijo Rayé tomando la ficha.
Pega un grito. No podía creer lo que leía resaltado con verde y escrito con su propia mano. CARLOS MEDROSO PACIENTE CON GRAVES TENDENCIAS SUICIDAS.
-¡Se tira! -gritó, mientras salía corriendo a detener a Medroso y se insultaba a sí mismo y a la secretaria por la negligencia. Justo se había trabado el ascensor. Bajó los diecisiete pisos haciendo un record mundial en descensos. Llegó a la calle. Miró hacia el techo del edificio y allí vio vacilante a Medroso. Le gritó, hizo señas, logró que lo mirara. Extendió el brazo queriendo expresar que aguardara.
Tarde. En una palomita perfecta Carlos Medroso se arrojo al vacío y su cuerpo se estrelló sobre el duro piso de cemento de la Avenida Rivadavia.
Cayó a centímetros de Rayé, la sangre de Medroso se impregnó irreverente en el blanco guardapolvo del licenciado.
- ¡Estas terapias de enfrentar el riesgo son tremendamente selectivas! -comentó doctrinariamente ante un par de individuos que lo reconocieron-. Carlos no quería escaparle al temor a la altura, deseaba escaparle a la vida. ¡Nunca hay que esconderle nada al terapeuta o podemos toparnos con desgracias como éstas!
Eso afirmó Rayé naturalmente, mientras terminaba de masticar el último pedazo de la primer ficha que su negligente soberbia había pasado por alto.

débil corazón

Juan era un joven de diecinueve años, atractivo, lleno de sueños e ilusiones. Corrían los años setenta y tantos; los militares tenían el poder y la última decisión sobre la vida de los habitantes. Ello no era de inquietud para Juan. Su vida era trabajar, estudiar abogacía y pasar todo el tiempo que podía con su novia, María.
Ese 26 de julio fue una de las jornadas mas frías que se recuerden. La madre de María invitó a Juan a que se quedara a dormir. Su cachivache se había descompuesto y andaba de infantería. Ello se sumaba al intenso frío; el débil corazón de Juan imponía que aceptara el convite.
Se durmió en un sillón del living. A la una de la madrugada, el padre de María, José, se despertó con un intenso dolor en el estómago, acompañados de hemorragias intensas.
María y su madre, Ángela, impotentes, lloraban desconsoladamente. Se necesitaba un médico y eso estaba a treinta cuadras de la casa de María.
Juan no dudó. Se abrigó con cuanta prenda encontró y salió rumbo al Hospital Vecinal a buscar una ambulancia y asistencia médica. Sabía que salir caminando de noche, un joven solo y sin documentos –los había olvidado en su casa-, podía ser fatal. A paso firme encaró el camino al nosocomio. Cada dos cuadras descansaba pues el problema cardíaco lo dejaba sin aire. Finalmente, y con la suerte de no haberse topado a ninguna patrulla militar en el camino, llegó al Hospital.
Con desconfianza lo atendieron en la guardia. Un cabo que estaba de custodia lo revisó con minuciosidad. Juan pidió hablar con el médico a cargo. Todo el mundo desconfiaba; eran tiempos violentos y las trampas y celadas estaban a la orden del día. El llanto desconsolado de Juan imaginando la muerte de José desangrado en la cama, terminó convenciendo al médico de turno y con una enfermera, guiados por Juan, se llegaron hasta la casa de María. José estaba muy mal. Lo sujetaron a una camilla y al llegar el quirófano fue el destino inmediato de José.
Luego de tres largas horas de trabajo médico, el cirujano salió satisfecho. Le dijo a Juan que todo estaba bien, que él se encargaría de avisar a María y su madre, que se fuera a su casa a descansar. Había sido demasiado trajín para su enfermo corazón.
Ya a una cuadra de su casa lo para un móvil militar. Bajan dos soldados y un jefe. Enfocan su cara con una linterna y el jefe, luego de aplicarle a Juan un terrible puñetazo en pleno rostro, le dice:
-¡Te atrapamos al fin, Bilar! Te descuidaste y vas a hablar.
-¡Están equivocados! ¡No soy ese tal Bilar! ¡Soy Juan Rodríguez! Vivo en la otra cuadra, llévenme y comprueben que digo la verdad.
-¡Querido Jorge Bilar! Te busco hace tres meses, sos el jefe de la guerrilla en el Sur, tengo el rostro del guerrillero marcado a fuego en la mente y ese rostro es el tuyo.
-¡No, se equivocan! ¡Pregunten en casa!
-¡Vamos, subí al auto! ¡En el destacamento nos contás!
Al llegar a la sede militar lo desnudaron y lo colocaron en una camilla ubicada en un calabozo. Lo sujetaron y comenzaron a hacerle submarino seco. La muerte parecía inminente. Lo levantaron y lo comenzaron a golpear entre cuatro mientras le gritaban que diera los nombres y ubicación de sus compinches.
Juan se cansó de decir que no sabía nada, que era un error. Volvieron a colocarlo en la camilla. Lo bañaron en agua fría y comenzó la picana. En los genitales, las encías, el corazón.
Fue el fin. El alma noble de Juan dejó su cuerpo duramente maltratado, cruelmente lastimado. Al día siguiente los militares llamaron a Ricardo y Mabel, los padres de Juan. Le dijeron que lo habían encontrado muy golpeado en el medio de la calle.
-Alguna patota, seguramente -dijo el capitán a cargo-. Los médicos hicieron todo lo posible, pero fue inútil, lo lamento.
El llanto desconsolado fue la respuesta de Mabel mientras se aferraba al cuerpo inerte de Juan. El silencio y la mirada fija y hostil puesta en los ojos del capitán le hicieron saber al oficial que era un miserable asesino.

amigas

Luego de tomar una ducha ligera, Marta se secó cuidadosamente y enfrentándose ante el enorme espejo del baño dejó caer la toalla. Se quedó largo tiempo examinando su cuerpo. Su conclusión fue altamente satisfactoria. Su figura esbelta de formas perfectas, los ojos grises y brillantes, la plena armonía en su cara aniñada; sin duda era una bella mujer.
Tal confirmación, sin embargo, no coincidía con su abstinencia sexual de toda la vida. Jamás un hombre se había interesado en ella, nunca una cita, un piropo, una invitación a cenar. Nada, absolutamente nada. Quizás la rigidez exagerada, la estrictez, el rigor que imponía en sus clases del quinto grado de la escuela treinta y dos se habían comentado en el pequeño pueblo en que vivía, generándole una injusta fama de inabordable, de intolerante.
Se colocó su guardapolvo y marcho al colegió que la albergaba desde siempre. Sus pequeñas blancas palomitas eran toda su alegría. Llegó, dejó sus cosas en el aula y respondió al requerimiento de Graciela, su amiga, que junto a su nuevo compañero había concurrido para consultarla por algunas cuestiones que había detectado en su hija, alumna de Marta.
Pasaron a una pequeña oficina y allí se debatieron todos los detalles de un par de problemas comunes y de fácil solución. Durante el transcurso de la reunión, a Marta no se le pasó por alto que Jorge, la nueva pareja de Graciela, no le sacó los ojos de encima. A esa mirada se sumaban sonrisa, gestos pícaros. Al finalizar el encuentro, Graciela se despidió de Marta con un beso en la mejilla deseándole feliz cumpleaños. Lo mismo hizo Jorge, aunque quedándose un tiempo exagerado con sus labios en la mejilla de la cumpleañera, al tiempo que su mano introducía disimuladamente algo en el bolsillo del guardapolvos de Marta, que se sonrojó.
Ya a solas, su mano investigó en el bolsillo topándose con un papel con un número de teléfono y la expresión ¡llámame! Al terminar la doble jornada, bien entrada la tarde, Marta llegó a su casa inquieta, ansiosa, confundida. Sin dudar llamó al teléfono que le había dado Jorge.
-Hola -dijo Marta tímidamente.
-Hola Martita. Soy Jorge, en verdad no sabía que en la escuela treinta y dos trabajaban maestras tan bellas como vos.
-Mirá, Jorge. Te equivocaste. No soy del tipo de mujeres que traiciona a sus amigas.
-Y si no es así, ¿por qué llamaste? -preguntó Jorge.
-No sé -murmuró Marta-. Quizás por curiosidad.
-Mirá, esperame esta noche a las veintiuna en la esquina de la torre. Iremos a algún lugar íntimo, festejaremos tu cumpleaños.
-Ni loca. No voy a ir.
-Yo estoy seguro de que sí -afirmó Jorge-. Allí estaré.
-Chau, Jorge. No vayas porque no acudiré.
-Hasta luego. Nos vemos.
Apenas colgó, Marta se dirigió al baño, se miró en el espejo y dirigiéndose a la imagen que en él se reflejaba repitió:
-¡Ni loca! ¡Ni loca! ¡Ni loca voy a perder esta oportunidad!
Inmediatamente dejó correr el agua en la bañera, mucha espuma, tibieza y en la cara una sonrisa de picardía, absolutamente decidida a enfrentarse con un desliz de aquellos.
A las veintiuna horas estaba en la esquina de la torre coincidiendo con la llegada de la camioneta de Jorge. Un ¡Hola! fue suficiente. Marta accedió al vehículo de Jorge que aceleró bruscamente. A los cien metros, y a velocidad normal, Jorge le propuso una comida especial en un restaurante algo alejado y acogedor. Marta obviamente no puso objeciones y allí fueron.
La comida deliciosa y el vino generoso hicieron ligera y pícara la charla. Jorge pagó y la pareja se retiró del local en penumbras; en tácito acuerdo se detuvieron en el primer hotel alojamiento que encontraron.
Marta se sorprendía de la naturalidad con que actuaba. Como si mil veces hubiese estado en una situación similar. Ya en la habitación, el abrazo y el beso interminable mientras se despojaban de las ropas. Fue el preludio de un acto de amor intenso, lleno de pasión, inolvidable para Marta. La noche pasó rápido y al momento de partir, Marta tenía la absoluta convicción de que se había enamorado de Jorge para siempre.
Los encuentros, los besos, la pasión el amor sin prejuicios se prolongaron sin solución de continuidad, día a día. En la mente de Marta, el tiempo que Jorge le dedicaba a Graciela comenzó a ser una molestia, no lo aceptaba. Jorge era su Jorge. Debía pensar la manera de desembarazarse de su amiga. Comprendió que sólo existía una sola manera terminante, definitiva.
Un día cualquiera Marta citó a Graciela en un paraje despoblado, huérfano de cualquier vestigio humano con la excusa de tener que hablar con ella de problemas de su hija.
Graciela no desconfió y se llega hasta el lugar del encuentro. Desciende del auto y no observa a su amiga en el lugar. Se acerca al coche de Graciela que estaba estacionado con el baúl abierto y trata de ver si algo pasaba. Así se acerca a la parte posterior del rodado, se inclina levemente y allí recibe un fuerte golpe en la cabeza que le aplica Graciela con un fierro grueso y punzante. Cae desmayada. Ya en el suelo se cansa de someterla con el letal instrumento hasta que la muerte de su amiga aparece inevitable.
Haciendo gala de una fuerza poco común, la sube al baúl de su auto y a alta velocidad toma una ruta desértica hasta detenerse en un pequeño monte con árboles. Camina unos pasos y ubica el lugar exacto donde había cavado la tumba para Graciela, lejos de las miradas indiscretas de los automovilistas que podían pasar ocasionalmente.
Baja el cuerpo inerme de su amiga del baúl del auto, lo arrastra jadeando hasta la fosa y haciéndolo rodar lo arroja en ella. Coloca el cuerpo boca arriba, baja del automóvil una pala y una botella con acido para desfigurar el rostro de Graciela. Destapa la botella y arroja el ácido en el rostro de su amiga que, ante el estupor de Marta, por el dolor causado por el líquido pega un saldo como si fuera a volar y comienza a correr.
Como repuesta del suceso imprevisible, Marta corre a Graciela sin éxito pues la oscuridad de una noche sin estrellas juega en su contra; no logra encontrar ningún rastro.
Vuelve al automotor, enciende las luces y al hacerlo allí, frente a ella, aparece desorientada Graciela que luego de tanto correr había llegado al mismo lugar. Sin dudar Marta la encandila, acelera, la atropella. Una y cientos de veces recorre el cuerpo inerte de su amiga. Cuando acaba la furia se detiene, recoge el cuerpo deshecho de Marta, lo ubica en la tumba, lo tapa con cuidado, asciende al automóvil y como si no hubiera pasado nada. Al llegar a su casa, ingresa directamente al garaje y apaga el motor. Lava el auto cuidadosamente.
Graciela ya era un recuerdo, Jorge era su hombre exclusivo, para siempre. Se pega una ducha ligera, se introduce en la cama y duerme en paz y profundamente.
Al día siguiente, al atardecer, golpean a la puerta de Marta. La policía procedió a detenerla por el asesinato de Graciela Nogues. Testigos, indicios, rastros, y la declaración incriminatoria de Jorge fueron solo el comienzo. Luego el interrogatorio, la confesión y el juicio.
Ya en prisión, juró que nunca más confiaría en un hombre. Al tiempo de celebrarse el juicio la acompañó una reclusa, Jorgelina, el nuevo gran amor de Marta. Al declarar como testigo, Jorgelina juro y rejuró sobre la Biblia que una prisionera que había compartido el calabozo con la dicente le comentó que ella, una tal Mabel, había sido autora del terrible crimen de Graciela.
Por algún motivo, el Fiscal tuvo piedad de esa frágil y bella mujer asesina. Un largo alegato no alcanzó a justificar los ocho años de prisión con que Marta quedaba mano a mano con Graciela.

sólo un juez

En este momento, no hay otra salvación. Debemos movilizar todos
nuestros recursos para combatir la mentira, el odio, la pobreza y la injusticia.
Debemos llevar la virtud a este mundo.
(Nikos Kazantzakis)


No eres Dios, sólo un juez únicamente
un asunto terrenal y relevante
decidir con prudencia lo importante
resolver de manera inteligente

Ni de más ni de menos, lo adecuado
es la ley con criterio de equidad
y buscar afanoso la verdad
que tu fallo sea sabio y acertado

Es tarea difícil sin dudar
tantos años de estudio, la experiencia
las secuelas de los hechos, tu conciencia
mil matices que tienes que evaluar

No es cuestión para joven principiante
importante la densa trayectoria
los valores resalten en tu historia
del favor y el poder siempre distante

como el trigo

Froilan tenía pasión por los cementerios. Estaba seguro de que la expresión "la paz de los cementerios" la había escrito alguien involucrado en sus pensamientos. Era el remanso buscado cada día.
Entraba a media tarde, luego de un ligero almuerzo y cumplir las formalidades de la jornada. Allí llegaba su momento, el instante de sosiego, de dejar volar la mente, atreverse a mil fantasías, a convertirse en el verdadero Miguel, el ingenuo soñador, el amante del mar y de las rosas, de la vida sencilla y silenciosa.
Caminaba por las sendas de asfalto, cortaba camino por el césped hasta llegar a su lugar preferido. Árbol frondoso, flores blancas en primavera y que casi llegando el verano se convertían en damascos dulces como la miel. Frente a él cuatro tumbas separadas del resto, idénticas, de mármol gris y siempre bien cuidadas.
En ellas descansaban los restos de Manuel y Juana y de sus hijos, Francisco y Mariana.
Cada día renovaba las rosas, aunque no disimulaba su preferencia por Mariana, una joven que había partido de este mundo el mismo día de su decimonoveno cumpleaños. Ella recibía las rosas más frescas y fragantes. Quizás fueran igual que las otras, pero la diferencia estaba en Froilán. Las colocaba una a una, limpiándolas, acomodándolas en forma de corazón. Fantaseaba una idea: si hubieran coincidido en el tiempo se habrían amado. Ilusiones, utopías de Froilan, el ingenuo soñador.
Continuaba allí, aun llegada la noche, sentado en el banco que había convertido en su secreto y preferido refugio.
Cerca de las tres de la mañana se marchaba; un paredón accesible le permitía salir sin dificultades. Se dirigía a su casa relajado, una suave canción en sus labios, una sonrisa al llegar, su tibia cama y en sus sueños, obstinada e insistente, Mariana, la bella joven de blanca piel, suave como la seda, pelo de trigo, sus ojos verdes como preciosas esmeraldas y su voz, apenas un murmullo, fresco y manso como la corriente del arroyo. Amable y deseada rutina.
En sus sueños paseaban por la orilla de la blanca laguna, un refugio secreto, siempre solos. Únicamente las aves y ese pedacito de mar en el medio del desierto. La piedra, donde hacían una pausa, humedecía sus pies y charlaban de todo. Mil confidencias, maravilla entre bardas, piedras y espina.
Esa noche Froilan había llegada al sitio de siempre cansado; excesivas responsabilidades, plazos que cumplir, obligaciones pendientes, la vida. Arregló las flores en las tumbas como de costumbre, nunca el banco de mármol le pareció más blando, los párpados luchaban para que no fueran derrotados por el sueño, y en un instante una tibia mano de mujer se hizo compinche de la suya.
Miró a su lado y se encontró con la dama de ilusión. La hermosa visitante de sus sueños vagabundos. La suavidad de la caricia delató a Mariana. A pedido suyo, Froilán cerró los ojos, cuatro labios hicieron un beso y al abrirlos la bella ya no estaba. Una brisa fresca jugaba con las hojas secas en el cemento.
Aguardó un momento, se levantó y susurrando una canción volvió a su hogar se acostó y en sus sueños esa noche no encontró a Mariana.
Froilán volvió al cementerio al lugar habitual al día siguiente, al otro y al otro. No faltó una sola noche. Cada vez Froilán se sienta en su banco mirando sin ver la tumba indicada.

equilibrio

El licenciado Miguel Rayé llegó a su consultorio. Obsesivo compulsivo, comprobó que los diez lápices de distinto colores estuvieran acomodados en el orden pertinente, todos del mismo largo e idéntico grosor; el libro de visitas debía estar colocado con la base a la misma altura de los lápices; la agenda diez centímetros más arriba, hecho comprobado diariamente y en forma personal con una pequeña regla de plástico. El grabador en el centro exacto de la mesa ratona, las cortinas transparentes se cambiaban cada día, el dedo sobre la biblioteca comprobaba la ausencia de algún vestigio de polvillo o alguna pelusa arriesgada que era aplastada sin compasión en el supuesto de comprobarse tal anomalía.
Hecha la inspección de rutina, llamó a su primer paciente.
-¡Señor Juan Elmanso!
-Sí, doctor, aquí estoy -contestó Elmanso mientras accedía al santuario de Miguel.
-Mucho gusto, Juan, soy el licenciado Miguel Rayé. Siéntese.
-Gracias, licenciado -dijo Juan y eligió un sillón particularmente pequeño ubicado en un rincón.
-Acérquese si quiere, Juan -invitó Miguel.
-Gracias, licenciado, acá estoy bien.
-¡Acérquese le digo! ¿No ve que el grabador está muy lejos?
-¡Es su problema! ¡Yo acá estoy cómodo y no me voy a mover!
-Mire, Juan, yo no puedo echar al paciente que vino a buscar un alivio a sus aflicciones pero le ordeno: ¡acérquese que necesito grabar la sesión!
-Licenciado, reitero que no me acerco nada. Soy Elmanso hasta que me buscan y me encuentran así que ¡termínela!
-¿Pero usted qué se cree? ¿Que puede hacer lo que quiere en mi consultorio? Si le digo que se acerque, ¡usted se acerca!
-Y si yo le digo que no me busque, no lo haga. ¡Juro que me va a encontrar!
-Mire, Juan ¡o se acerca o se va!
-Ni me acerco ni me voy. Pagué esa truchada de los cincuenta pesos por izquierda con la que curran al Instituto y a los pacientes y no me voy hasta tener mi sesión.
Miguel buscó como loco dinero en los bolsillos del pantalón, del saco, y no encontró un solo peso. Encima de tener que soportar las impertinencias de Juan, comprobó que había perdido la billetera. Abrió la puerta del consultorio y comenzó a los gritos a llamar a su secretaria.
-¡Adriana! ¡Adriaaaana! ¡Alcánceme del cajón del dinero cincuenta pesos, por favor!
-Si, licenciado, enseguida -dijo Adriana. Tomó los cincuenta pesos, levantó la vista sorprendida por la cara roja de ira de Miguel y al hacerlo su zapato se engancho con la alfombra cayendo de bruces al suelo.
-¡La nariz! -gritaba Adriana-. ¡Me rompí la nariiiz!
Tal diagnostico parecía certero. Su pequeño y perfecto apéndice nasal aparecía sangrando profusamente y, con orientación Sur-Norte, unos milímetros corrido del eje originario.
-¡La alfombra! ¡La alfombra está llena de sangre! -gritaba el licenciado con un sospechoso matiz de dama en pleno ataque de histeria-. ¡La sangre no sale! –seguía gritando cada vez más amanerado y lloriqueando comenzó a lamentarse- ¡Era nueva! ¡Recién la pusieron hoy!
Miguel se dio vuelta con furia, se introdujo en el consultorio y tomando a Juan del cuello de la camisa, con un tono de voz cada vez más agudo, estridente, gritaba:
-¡Por tu culpa desgraciado! ¡Todo por tu culpa! ¡Andate de acá!
Miguel hizo el intento para levantar a Juan pero solo fue eso, un intento que se vio frustrado por un fornido cuerpo armado en tardes y tardes de hombrear bolsas. Viendo que su esfuerzo era inútil. Con voz casi de niña malcriada, con el dedo apuntando la puerta de consultorio comenzó a amenazar:
-¡Juan, andate de acá o llamo a la policía! ¡Andate de una vez negro groncho!
Juan se levantó, se sacó la campera del sindicato de camioneros que revestía su espalda, lo tomó a Miguel del cuello y lo llevó en vilo hasta el escritorio de la secretaria. Lo sentó en una de las puntas del mueble y su puño derecho impactó pleno, absoluto, sobre la tez de Miguel mientras la sangre salpicaba alfombra, paredes, escritorio. Un par de dientes volaban hacia algún rincón de la recepción. Knock Out, estado de inconciencia largo y profundo.
El gigante Juan tomó la campera del sillón mientras explicaba a los pacientes cuando se retiraba:
-Le dije al licenciado yo soy Elmanso hasta que me buscan y cuando me encuentran, me ciego. No puedo reprimir el impulso. Por eso venía a consultarlo. ¡Será otra vez! -dijo, mientras no pudo retener una cruel sonrisa de sus labios.
Desmayado, desparramado en el suelo, Miguel fue rápidamente atendido. Se comprobó fractura de los huesos propios de la nariz y del maxilar superior. Interrogado por Raúl, un colega de la clínica, acerca de por qué no había optado por acercar el grabador a Juan, Miguel, con voz aflautada, adoptando gestos y posturas poco, poco...masculinas, digamos, repitió una y otra vez:
-¡Ni loco! ¡Ni loco! El grabador estaba en el centro justo de la mesa ratona, en el lugar que le correspondía, como los lápices, el cuaderno y la agenda y ¡nadie! ¿me entendés? ¡nadie! lo iba a mover de ahí, ni un milímetro fuera de su lugar. ¡A veces hay que jugarse por mantener el equilibrio!, ¡Sin concesiones y a cualquier frecio! -mientras una efe se escapaba por el espacio de los dientes faltantes.

pensar diferente

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un
idiota; quien no osa pensar es un cobarde. (Sir Francis Bacon)

No se acepta que pienses diferente
que lo pongas por escrito es desatino
molestar al perverso es tu destino
denunciado por felones y obsecuentes

Porque el otro te importa, es tu hermano
para darle lo suyo que trabajas
no lo acepta el señor de las barajas
y te quieren lastimar, cortar las manos

Ya soportas zancadillas y empujones
perseguirte es costumbre cotidiana
destruirte, que no llegues a mañana
pretensión de ladinos y bocones

Es el precio por ser independiente
tu criterio no se alquila ni se vende
absoluta convicción que no se entiende
de decencia y libertad sabe tu mente

por ambición

Alicia estaba quebrada por su adicción al juego. Las maquinitas eran más fuertes que su voluntad y a pesar de la suma importante que le enviaba puntualmente su ex esposo, Juan, y la ayuda de algún hijo ya a mitad de me,s tenía que andar pidiendo fiado en los comercios del barrio pues el monedero vacío, ausente de cualquier residuo dinerario, era inapelable.
Ya había vendido hasta el agua de los floreros y los floreros también. Comenzó a pensar que la cuota de Juan era escasa y que por eso no le alcanzaba. Un par de amigas ladinas y envidiosas alimentaron esta intención de Alicia y allí marchó ella, con más dudas que certezas, hacia el estudio del doctor Cuervo. Su intención era pedir un aumento de la cuota alimentaria.
Sorprendentemente, la sala de espera del estudio del doctor Cuervo estaba vacía. Alicia aparecía como única víctima a la vista y rápidamente el secretario del letrado la hizo pasar, sin titubear.
-¡Hola, mi querida Alicia! -exclamó el doctor Cuervo.
-Y..bien, doctor -contestó tímidamente Alicia.
-Qué gusto verla, sus hijos, todos bien seguro -añadió Cuervo-. ¿En qué puedo ayudarla, mi querida amiga?
-Mire, Juan me pasa alimentos pero no me alcanza, doctor.
-Llega un momento en que nada es suficiente. ¡Esta maldita inflación!
-Eso, doctor. La inflación, eso.
-Y usted pretende un aumento en la cuota, ¿no? -preguntó el Dr. Cuervo.
-Sí, doctor, si se puede.
-¿Cómo no se va a poder? Mi querida Alicia, usted merece lo mejor y lo tendrá. No lo dude.
-¿Y cuánto puedo pedir, doctor?
-Mire, Alicia, usted tiene el legítimo derecho que le aguardan la doctrina y urisprudencia, además de la ley, de mantener el mismo nivel de vida que disfrutaba cuando estaba unida en matrimonio con Juan.
-¿Y cuánto es eso? -pregunta Alicia.
-¿Cuánto le pasa Juan?
-Tres mil pesos, doctor. Además paga los impuestos y el seguro del auto.
-Alicia, no dude que a usted le corresponde no menos de un veinte por ciento más.
-¿Y eso cuánto es doctor?
-Mil pesos más, Alicia. Esto es cuatro mil pesos por mes.
-¿Y cuánto me cobra usted, doctor?
-Nada, Alicia. Esto es gratis, gentileza del doctor Cuervo. Espéreme un segundo que me firma el escrito y nos vemos.
En minutos el escrito de aumento de cuota alimentaria estuvo listo. Alicia lo firmó y marchó sin culpa a jugar veinte pesos que le había pedido a un verdulero amigo para pagar la luz que no debía.
El doctor Cuervo era eficiente en su trabajo. En un abrir y cerrar de ojos, Juan se encontró con una demanda que debía contestar por aumento de los alimentos. Contrató al doctor Carancho.
-No se preocupe, mi amigo -le dijo Carancho a Juan-. En diez días está todo resuelto. Pase mañana a firmar la contestación.
-¿No hay una audiencia antes, doctor Carancho, para ver si podemos arreglarnos?
-Sí, pero la obviaremos. En esto hay que ser firme. Usted no debe nada.
Siguieron los trámites, testigos, informes de salarios de Juan, asistente social, etcéteras. Los abogados alegaron y el expediente estuvo listo para dictar sentencia. La jueza se pronunció en favor de Alicia fijándole una cuota de cuatro mil pesos por mes, con más la de cien mil pesos en concepto de alimentos atrasados y setecientos mil pesos en concepto de intereses y actualización monetaria sobre el capital debido. Fijó en doscientos mil pesos los honorarios del doctor Cuervo y cien mil los correspondientes al doctor Carancho.
Esa tarde, Alicia acudió llorando al estudio del doctor Cuervo que la hizo pasar de inmediato para no atemorizar a las otras víctimas que aguardaban en la sala de espera.
-¡Ganamos Alicia! ¡La felicito!
-¿Qué me felicita, doctor, cómo va a pagar Juan los trescientos mil pesos de honorarios con los intereses y no sé qué más?
-Mi querida Alicia, ese es problema de él, no suyo. Disfrute de su crédito.
-Pero doctor, Juan no gana esa plata, tiene un salario de seis mil pesos y me daba la mitad a mí. De bueno que era nomás.
-Pero tiene su casa, Alicia, y ya estamos iniciando lo trámites de remate, dice el doctor Cuervo.
-Pero doctor, ¡la mitad de esa casa es mía y era la herencia para nuestros hijos!
-¡Ah, Alicia! Ese no es mi problema. Yo y el doctor Carancho hicimos nuestro trabajo con profesionalidad y eficiencia y obviamente debemos cobrar.
-Pero, doctor, Juan y yo nos quedamos sin nada. Era lo único que le dejábamos a nuestros hijos.
-Alicia, no trate de hacerme sentir culpable. Usted me encargó un trabajo y lo hice a conciencia, sus dificultades no puede cargarlas en mi cuenta. Es injusto. ¡Sumamente injusto!
-Pero, doctor… ¡Usted y Carancho son dos turros! ¡Ustedes sabían!
-No insulte, Alicia. ¡Retírese! Resuelva sus problemas familiares con otro letrado. ¡Ni se le ocurra acudir a mi asesoramiento! ¡No pise más este estudio! ¡Nos vemos en el acto del remate! ¡Y no golpee la puerta al salir, que va a romper los vidrioooos!